Así no habló Saratrasto

Hoy abandonaré mi montaña, la cueva en que convertí la habitación. Llevo veinte días encerrada, pero estoy decidida.
Conseguiré que mis padres comprendan que ya no soy su trasto caprichoso, que puedo tomar decisiones. Tres semanas son tiempo suficiente para que se hayan dado cuenta de que mi propósito es firme. Tengo diecisiete años, mi vida me pertenece, y quiero estudiar Filosofía.

Hablando se entiende la gente o, por lo menos, así lo proclaman los que se consideran adultos.

Abro la puerta del cuarto y, despacio, desciendo por las escaleras, como el profeta. Un camino de quince peldaños, quince razones de peso para no retroceder que voy enumerando a cada paso: confianza, seguridad, madurez, equilibrio, firmeza, libertad, libertad, libertad, libertad…

Mi madre levanta la cabeza, emerge de sus papeles y asiente complacida. Mi padre deja de teclear, se quita las gafas y señala una silla vacía.

Me acerco y sonrío, dispuesta a incorporarme a su mundo durante unos minutos en busca de un instante de comprensión, de un puente de contacto que nos una. Ellos me miran serios, esperanzados, con esa luz que se enciende en sus ojos cuando se creen victoriosos.

—Sara, hija, me alegro de que por fin hayas entendido que no tenías razón. La Filosofía es una carrera trasnochada. El conocimiento útil no procede de lo que otros pensaron a lo largo de los siglos.

—Estaremos felices de pagar tus estudios de Ingeniería Informática, cariño.

Intento articular el alegato minuciosamente preparado en defensa de mis intereses. Separo los labios, muevo la lengua y gesticulo.

—No, cielo, no digas nada, no es necesario. A menudo nos equivocamos, y no hay nada que perdonar cuando se reconoce, aunque sea tres semanas más tarde.

Silenciosa, doy media vuelta y emprendo el ascenso de regreso a mi habitación. Quince peldaños desnudos de razones. Vuelvo a la montaña, a mi cueva.

Quizá sea necesario morirse primero para que te entiendan y acepten después.

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