El fantasma de Villa Jupersim

Os presento mi segunda creación. Hay que ver lo truculenta que era, y eso que no me dejaban ver películas de dos rombos… o quizás, precisamente por eso. Sería en esta época, aunque en la novelilla anterior ya se percibe, que comenzaron a fascinarme los chicos nerviosos. A saber el atractivo que le encontraría a dicho rasgo, incluso, a saber qué entendía yo por nerviosos. Todo un misterio. No dejaréis de advertir que fui capaz de convertir un fantasma que se filtraba por las paredes en una persona. A mí no me digáis que esto no era imaginación…
Os dejo con tormentass, viejas casas y terrinles asesinos… inofensibles. ¡Menudo adjetivo!

Índice:

Inicio de la obra

Capítulo 1

Del viejo carro tiraban dos caballos pintos que pronto se vieron obligados a detenerse porque la nieve les impedía el paso.
——¡Maldita sea! ——gritaba Adam, el padre de familia——. ¡A este paso no creo que lleguemos nunca a nuestro destino!
—Es mejor que bajemos, cojamos las maletas y los caballos y vayamos andando a casa, padre –decía Andy.
—¡Tú estás loco, con la nieve que ha caído!, ¿crees que llegaríamos?
—Si te lo propones y no te pones terco creo que Sí.
—Pero, ¿y la abuela?
—La abuela iría montada en el caballo.
—Está bien hijo, tú ganas.
Andy era un chico de 18 años, muy aventurero y de ideas muy atrevidas. Era alto, cabellos rubios y ojos azules.
Así lo hicieron. Descargaron las maletas, y desengancharon los caballos. Andy tomó a su hermana pequeña, Luisy que tenía 10 años. El padre tomó a su mujer, Margaret, y la ayudó a caminar por la espesa capa blanca. Miriam de 15 años, guiaba los caballos.
Al fin, después de andar un largo rato, llegaron a la gran puerta de la casa. Sobre ésta había un gran letrero que decía: “Villa Jupersim”.
—¡Por fin hemos llegado! –decía la abuela Mónica—, ¡estoy muerta de frío!
—No eres la única madre –dijo Margaret—, creo que todos tenemos el mismo frío que tú, por eso vamos a entrar ya en casa.
Miriam entregó los caballos a Andy:
—Toma, llévalos al establo.
Andy cogió a los dos caballos y los condució hacia el establo.
Mientras tanto, el resto de la familia había entrado en la mansión y habían encendido la lumbre en una gran sala. Cuando Andy llegó, el viento soplaba cada vez más fuerte. Cuando entró…, la puerta se cerró de golpe,, tirándole al suelo.
—¿Te has hecho daño, hijo?
—No, no es nada.
—Antes no hacía este viento –dijo el padre—, parece mentira que en tan poco tiempo este viento azote más fuerte.
—Es que yo –dijo Andy sonriendo—, traigo el mal tiempo.
—Se ve que Sí –dijo la abuela.
—Será mejor que cenemos y nos vayamos a dormir, pues con este tiempo…
Durante la cena, todos hablaron sobre los planes que tenían. Los chicos hablaron sobre lo que pondrían en sus respectivas habitaciones. Miriam tenía intención de decorar su habitación al estilo clásico. Luisy quería poner todas sus muñecas en estanterías y los juegos en armarios, y dejar toda su habitación para los juegos de bailarina. Andy, al contrario, quería colocar todas sus colecciones en vidrieras, y tener la habitación preparada para hacer sus experimentos. La abuela escogió la habitación más pequeña de la casa. Sólo quería en ella su máquina de coser, su tocador y su armario ropero.
—Todo se hará, con paciencia. Mañana empezaremos a realizar vuestros sueños.
—¡Yo quiero la habitación que da al jardín de las rosas! –gritó Miriam.
Era una chica graciosa, rubia como toda la familia. Su cabello era largo y llevaba dos trenzas que le llegaban hasta la cintura.
—De acuerdo –decía la madre—, ya veréis como todo se soluciona.
Cuando terminaron de cenar, subieron a las habitaciones que estaban amuebladas. Miriam y Luisy dormían juntas, sólo por esa noche. Andy durmió en una habitación con su padre, y Margaret durmió con la abuela.
Por la mañana, al salir el sol, Andy se levantó, pues era muy nervioso y no podía estar en la cama hasta más de las 7 de la mañana. Se vistió sencillamente, y salió a la calle. Cuál fue su sorpresa al ver el carro delante de la puerta. Se acercó a la tartana y se asomó a ver si estaban los pequeños paquetes que habían dejado. Pero, ya no estaban.
—Qué raro; sea quien sea el que lo haya traído no puede vivir lejos de aquí, porque se necesita pasar por el camino donde dejamos este trasto para ir a las casas de por aquí cerca.
Andy se sentó a pensar en una maceta sin flores. Más de una vez estuvo a punto de salir en busca del que había traído el carro y robado los paquetes que habían dejado en él. Pero el frio era más fuerte que la tentación, así que entró en la casa.
—¡Buenos días, hijo!
—Hola madre, buenos días.
—¿Qué te ocurre? Tienes una cara no muy común.
—Es que cuando he salido, he visto delante de la puerta el carro.
—¿Queeeé, el carro?
—Sí, pero sin los paquetes que dejamos dentro.
—vaya vaya. Dejamos el carro en la nieve por una necesidad, y va un caradura y se lleva lo que había dentro.
—Es así.
>—Pero, ¿las casas que hay por aquí están muy lejos?—
—Sí, bastante..
—Entonces, si han venido andando todavía estarán por el camino..
—¿Qué había en el carro?.
—Alguna ropa, y todas mis colecciones..
—Pues Sí que estamos bien, tendremos que ir a ver quién ha sido..
—Eso es lo que yo pensaba hacer; en esas colecciones hay mucho dinero, sobretodo en la de monedas. Si eso se vende en un museo te pueden dar muchos dólares..
Poco a poco bajó al comedor el resto de la familia. Andy les explicó lo que había pasado..
—Tendremos que ir a investigar –dijo Adam—, tú Andy irás conmigo, los demás os quedáis a poner la casa en orden..
—Andy ve a ponerte la cazadora y coge una navaja de tu colección..
—¿De mi colección? –gritó Andy enfadado—, ¡si se la han llevado, junto con alguna ropa tuya!.
—Bueno, bueno, tranquilízate, ya lo encontraremos..
Andy subió las escaleras de tres en tres y cuando entró en su habitación, creyó ver alguien sentado en su cama.
—¿Quién hay ahí? –gritó.
Pero nadie contestó, sólo pudo oír una carcajada agoniosa.
Después vio encima de la almohada un papel que decía: “vale más que no vayáis a buscar a la persona que ha traído el carro, os puede costar muy caro, sobre todo a ti, rubito, por descubrirlo”.
Andy leyó y releyó una y otra vez aquella nota misteriosa, pero la guardó en el bolsillo de su pantalón y no la enseñó a nadie. Se puso la cazadora y bajó al comedor.
—¡Ya estoy preparado!
—Bueno. ¿Se puede saber por qué has gritado cuando has llegado arriba?

Capítulo 2

Andy no respondió y salió a la calle.
—¡Andy, te he preguntado algo!
Pero era inútil, él no respondía. Miriam, su confidente, al ver la seriedad de su hermano, siguió sus pasos.
—¡Andy, espera! ¿Qué te ocurre?
—Nada, déjame.
—Pero… tú siempre me has contado tus problemas, ¿por qué ahora tiene que ser distinto?
—Mira Miriam, te repito que no me ocurre nada, sólo chillé porque al entrar en mi habitación vi alguien sentado en mi cama. ¿Convencida?
—No mucho. Pero, en fin, si te empeñas…
—Está bien, sígueme y te lo diré.
Miriam siguió a su hermano.
—Siéntate aquí. Toma.
Entrególe la nota que había encontrado en su cama.
—¿Quién dejó esto?
—No lo sé. Por eso grité cuando entré en la habitación, porque vi un rostro blanco ahí sentado. Y ese monstruo se filtró por la pared soltando una carcajada de muerte.
—A lo mejor fueron visiones tuyas.
—¡De qué me ha servido contártelo si no me crees!
—Bueno no te enfades, no era mi intención ofenderte.
—Pues si de veras no quieres ofenderme, vete, y no digas nada a nadie.
—Palabra.
Miriam se alejó de su hermano. No acababa de comprender lo que él le había narrado. Andy era muy nervioso, y la luz que entraba por la ventana, se hubiera podido convertir en una silueta.
El padre de Andy salió de la casa y se acercó a su hijo.
—¿Me acompañas?
—Sí. Empecemos por ese camino.
Durante el largo atajo, no se dirigieron la palabra. Pero… al llegar a la primera casa Andy dijo:
—Creo que hemos hecho el camino en vano.
—¿Por qué lo dices?
—Padre, me he comportado como un idiota. Debí decírtelo antes, pero estaba muy nervioso.
—Habla.
Andy le enseñó la nota a su padre, y le relató lo que había visto.
—Pero… ¡no es posible!
—Sí, lo es. Yo no sé qué hacer. Pero, si esa nota estaba allí en la cama, quiere decir, que en esta casa no estamos nosotros solos.
—Hijo, si no ha sido una broma de tu hermana pequeña, tendremos que ir con cuidado.
—Luisy no tiene esa letra tan pequeña, y tan mal hecha.
—Tienes razón, volvamos a casa. Pero no digas nada a tu madre, ya sabes que padece del corazón.
—Descuida.
Para volver entablaron una descuidada conversación para disimular su nerviosismo.
—¡Hola madre!
—¿Tan pronto venís?
—Sí –sonrió Andy—, hace demasiado frío, se está mejor aquí arreglando las habitaciones. ¿No padre?
—Sí, y tanto.
—Pues ya que os encontráis aquí para eso, manos a la obra. Las habitaciones ya están listas.
Cada uno se dirigió a la habitación que le correspondía.
Al mediodía, todos estaban muy cansados, y la mayoría, como Andy la abuela y Luisy, no quisieron comer nada.
—Yo me voy a acostar un rato –dijo Andy—, estoy cansado.
—Que duermas bien.
Lo único que hizo, fue pensar y pensar. Le dio muchas vueltas a la cabeza pero no pudo sacar ninguna conclusión.
Pasó el día. Todos se fueron a la cama agotadísimos.
Eran las 11 y la tormenta volvió a asomarse a la gran ventana negra. Andy no había visto visiones. Alguien bajaba por la larga escalera que subía a la buhardilla. Ésta aún no había sido explorada por la familia. Los escalones eran de madera, por eso a cada paso, cada ruido que se hacía en aquel lugar, era devuelto por el eco. La figura blanca, seguía bajando lentamente. Llevaba un largo cuchillo colgado de un cinturón de terciopelo gris. Sus ojos estaban casi salidos de las órbitas. Eran de un color negro—rojizo. La cara estaba desfigurada, llena de grandes cicatrices.
Iba descendiendo por la inacabable escalera. Cuando llegó abajo, desenvainó su cuchillo, y lo tomó fuertemente por el mango. Cuando llegó a la entrada del largo y floreado pasillo, soltó una carcajada horrorosa.
Andy, que no dormía, la oyó y se levantó precipitado. Salió de su habitación, y cuando cruzó el pasillo pudo ver la terrorífica figura que se acercaba a él. Por un momento, creyó que era su nerviosismo, quien le hacía ver semejantes cosas. Pero después vio que no.
El rostro lanzó el largo cuchillo que pasó rozando el brazo de Andy. Él se echó a correr a la persecución del espectro, pero ya no lo vio más. Volvió a su cuarto y se echó en la cama, pero no pudo dormir. Había tomado el cuchillo y lo dejó sobre la mesita de noche, para enseñarlo por la mañana a su padre y hermana.
Durante toda la noche vio en la ventana caras desfiguradas llenas de sangre y cuchillos amenazadores.
A la mañana siguiente se levantó y se dirigió al sitio donde había visto al monstruo, pero no pudo ver nada, solo un pequeño tiesto volcado, que lo habría tocado el cuchillo al ser lanzado. Lo colocó bien, y se fue al comedor, a esperar que bajara el resto de la familia.
Sobre las 9 bajaron los demás.
—¡Buenos días a todos! –gritó la abuela.
—Hola mamá –respondió Margaret—, ¡esta noche he dormido más bien!
—¡Qué suerte! –burlóse Andy—, yo no he pegado ojo.
Adam entendió la expresión de su hijo y dijo:
—Ayer, si mal no recuerdo, me dijiste que te tenía que ayudar a colocar tu colección, ¿no?
—Sí.
—Pero si vamos a desayunar –protestó Margaret.
—Bueno, así tendremos más hambre. Anda, vamos.
Al llegar a su habitación…
—¡Padre mira!
—¡Un cuchillo!
—Esta noche, oí una carcajada espantosa, me levanté, y al llegar al pasillo vi una horrible figura que me lanzó esto.
—¿Te ha hecho daño?
_No, sólo me rozó un poco el brazo.
—Hijo yo también oí esa carcajada, pero fui un cobarde y no me levanté.
—Hiciste bien.
Entonces alguien llamó a la puerta.
—¡Adelante!
Era Miriam.
—¿Estáis hablando de lo que ha ocurrido esta noche?
—¿Lo has oído? –preguntó Andy.
—Sí. Me asusté mucho, pero no me atreví a levantarme.
—Me tiraron este cuchillo –dijo Andy—, pero no me ha hecho daño.
—¿Te levantaste?
—Claro, no pude resistir.

Capítulo 3

—¿Entonces lo viste?
—Sí.
—¿Y cómo era?
—Pues tenía la cara muy desfigurada, y vestía un traje blanco con un cinturón de terciopelo gris y…
—¡No sigas! –gritó horrorizada—, se me ponen los pelos de punta nada más pensar en lo que me acabas de decir.
—Esta noche estaremos en guardia para averiguar quién puede ser el que trata de asesinarte –dijo Adam.
—¿Creéis que tiene algo que ver con el papel que encontró Andy?
—Creo que Sí –dijo éste—, todo concuerda. En la nota ponía que tuviera cuidado.
—Pues lo debes tener hijo, y mucho.
—Mamá lo sabe ¿papá?
—No, y será mejor que no le digamos nada. Dame ese cuchillo que lo guarde en mi habitación.
—No. Será mejor que lo tenga yo, mamá no entra en esta habitación si no es para lavar, y de mi armario no toca nada.
—Tienes razón, y ahora bajemos a almorzar, si no sospecharán.
Cuando bajaron, todos habían acabado ya de desayunar.
—¿Ya habéis colgado la colección?
—Sí. Y tenemos mucha hambre.
—¿Qué queréis hacer ahora?
—Yo me iré a dar un paseo y a ver si encuentro piedras para aumentar mi colección –dijo Andy.
—Y yo, iré a montar a caballo –prosiguió Miriam.
—¡Ahora que lo dices, yo te acompañaré! –gritó Andy.
Cuando terminaron de almorzar, colocaron la silla a los caballos, y salieron a todo galope hacia el bosque, que no estaba tan cubierto de nieve.
—¡Pararemos aquí, parece un sitio bonito! –gritó Miriam.
—¡De acuerdo!
Desmontaron, y se sentaron bajo unos árboles que conservaban sus hojas.
—¡Qué bonito paisaje! –suspiró Miriam.
—Sí, pero hace demasiado frío. ¿Por qué no vamos a un sitio más soleado?
—Bueno.
Y tal como se había acordado, se hizo, pero quizá se alejaron demasiado. Miriam observó un gran lago lleno de hielo, y decidió ir a patinar por él, sin obedecer los gritos de su hermano.
—¡Miriam, vuelve, es peligroso!
—¡No te preocupes, no pasará nada!
Y así se fue alejando. Andy la seguía con su caballo intentando por todos los medios alcanzar a su hermana. Pero, le fue imposible, ella le llevaba mucha distancia.
De pronto el caballo de Andy brincó de tal manera que él salió por los aires y cayó en una piedra dándose un gran golpe en la cabeza. Medio inconsciente, pudo ver cómo de su caballo brotaba una gran cantidad de sangre del costado, pero después, el campo se le puso tan borroso que no pudo ver nada, y cayó sin sentido.
Miriam había llegado ya al lago, y desmontando, se lanzó al hielo, como águila que se lanza a su presa. Estuvo deslizándose por la fría capa mucho tiempo, después, se dio cuenta de que su hermano no estaba y se escandalizó.
—¡Andy, dónde estás! ¡Tratas de hacerme una broma, contéstame!
Pero no recibía respuesta alguna. Miró su reloj, y vio que ya eran las dos de la tarde.
—Tengo que encontrar a Andy y regresar a casa –pensó.
Tomó el caballo y a todo galope regresó al bosque, pero Andy no estaba allí.
—¡Por mi culpa, por ser tan desobediente! –se decía llorando.
Al fin llegó a una explanada, y vio el caballo que montaba su hermano en el suelo muerto. Y metros más allá, cubierto por la nieve que caía de los árboles, estaba el cuerpo de Andy sin sentido.
—¡Andy! –gritó mientras corría a buscarle.
Cuando estuvo junto a él, le cogió por la cabeza y le quitó la nieve de sus rubios cabellos.
—¿Andy qué te ha pasado?
Pero no contestaba. Miriam asustada, empezó a chillar, pero estaba muy lejos de su casa. Estaba perdida. Quitó del cuerpo de su hermano la nieve, y le echó sobre un trozo de hierba, tapándole con su abrigo. Andy no respondía a sus preguntas, ni cedía a sus caricias. Miriam pensando que estaba muerto, se echó sobre su pecho y empezó a llorar.
—¡Andy, por mi culpa, no te mueras, no me dejes aquí!
Al cabo de una o dos horas, Andy abrió los ojos.
—¿Dónde estoy? —sollozó.
Al oír sus palabras Miriam se lanzó a él.
—Estás conmigo, Andy, no pasará nada.
Andy se sentó sobresaltado.
—¡Mi caballo!
—No lo busques, tu caballo está muerto.
—¿Por qué? ¿Quién le ha matado? –gritaba desesperado.
—No sé, pero, por lo que he podido ver, creo que tiene una bala en el costado.
—¡Maldito!
Andy se levantó y dio un puñetazo al aire, pero no pudo aguantar el mareo y volvió a caer.
—¡Andy, no te muevas!
—¿Que no me mueva? ¿Tú crees que podemos estar aquí?
—Sé que no podemos quedarnos aquí, pero tú no te puedes mover.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro y media.
—¿Queeé?
—Lo que oyes, papá nos vendrá a buscar.
—¡Pero si estamos muy apartados!
—Pero…
—No hay peros que valgan, tenemos que irnos de aquí, antes de que oscurezca y nos helemos.
—¡Y todo por mi culpa, por qué no te haría caso!
—¡Cállate! –gritó—. ¡No es momento para lamentaciones, ayúdame!
Miriam ayudó a Andy a levantarse y a montar en el caballo.
—¡Andy, tienes sangre en la cabeza!
—Lo sé, pero eso no importa ahora, lo que importa es regresar.
Miriam subió en el caballo y tomó el mando de éste. Empezaron a andar sin rumbo, y cada vez iban a parar al mismo sitio.
—¡Estamos perdidos, Andy!
Pero él no contestó. Había perdido tanta sangre, y se había levantado tan pronto sin hacer caso de sus mareos, que había perdido de nuevo el sentido. Miriam sin saber qué hacer, se paró y encendió una hoguera. Al cabo de un rato oyó unos galopes y tuvo miedo, pero pronto escuchó la voz de su padre.
—¡Miriam, Andy, dónde…!
—¡Aquí, padre, estamos aquí!
—¡Hijos! ¿Qué os ha pasado?
—¡Padre, Andy está inconsciente, cayó de su caballo!
—¡Andy, hijo mío!
—Padre, el caballo está muerto, creo que tiene una bala en el costado.
—Ha perdido mucha sangre, puede morir.
—¡No digas eso! –y apartándose de ellos corrió hacia un árbol y se puso a llorar.
—¡Miriam, ven a ayudarme, no te quedes ahí parada!
Entre los dos, consiguieron llevar a Andy hacia el camino que llegaba a la casa pero, el caballo estaba demasiado cansado, y tuvieron que parar antes de llegar a la casa.
—El caballo está agotado, tendremos que detenernos.

Capítulo 4

Adam bajó a su hijo del caballo, y cogiéndole entre sus brazos, lo agitó suavemente para ver si reaccionaba. Andy abrió los ojos poco a poco. No veía nada. Ante él, una espesa nube gris le impedía la visión. Asustado se levantó y dijo:
—¿Dónde estoy? ¡No veo nada!
Pero volvió a caer a los brazos de su padre.
—Tranquilízate, no pasará nada. Lo que tienes que hacer es levantarte poco a poco, y no tan bruscamente. Y todavía mejor si no te levantas.
—¿Qué me ha pasado? ¿Por qué no veo nada más allá de mi nariz, sólo te veo a ti?
—Eso es el golpe.
—¿Qué golpe?
Andy no recordaba nada. En su cabeza todo era una mezcla de cosas, no tenía nada claro.
—No recuerdo nada.
—Eso no importa ahora, descansa, dentro de unos momentos iremos a casa.
Andy reclinó su cabeza contra el hombro de su padre y agotado por el mareo, y paralizado por el frío, se durmió. Poco después, volvieron a emprender el camino de regreso. Éste fue muy duro, porque Andy dormía, y su cuerpo estaba muerto, pesado.
Al llegar a casa, Margaret estaba esperando en la puerta, sola, llorando; y cuando les vio llegar corrió hacia ellos.
—¿Dónde estabais? Estaba muy preocupada.
—Chisss –dijo Miriam llevándose el dedo a la boca—, no preguntes y ve a hacer la cama de Andy.
Margaret no dijo nada y obedeció.
Más tarde Andy ya estaba en la cama, con una fiebre muy alta y delirando.
—¡Andy, hijo mío! –Sollozaba Margaret—, ¿qué ha pasado?
Pero Andy no decía más que:
—¡No quiero morir!
Adam insistió en quedarse a solas con su hijo, y mandó a Margaret que se quedara con la abuela y con Luisy.
—Andy, ¡cuéntame qué ocurrió!
—¡Padre, no quiero morir!
—No digas tonterías, no vas a morir; no hay motivo.
—No recuerdo nada.
—Vamos, haz un esfuerzo.
—Pues, pues… Creo, creo que iba a la búsqueda de Miriam…
—Anda, sigue. ¿Qué pasó luego?
—No sé. Lo tengo muy confuso, me parece que…
—Anda, sigue, sigue.
—¡Ah! –gritó llevándose la mano a la cabeza y levantándose de la cama.
—¿Recuerdas algo?
—Sí, Sí. Miriam quería ir al lago de hielo. Yo no quería y empecé a perseguirla, pero no pude alcanzarla, me llevaba mucha ventaja. Entonces, alguien disparó contra mi caballo.
—¿No viste quién lo hizo?
—No, no lo vi.
—¡Qué lástima!
Los dos estaban confusos. No sospechaban de nadie, no tenían a nadie en sus memorias a quien echar la culpa, no sabían qué hacer. Adam dejó a su hijo solo. Quería meditar sobre el accidente, o quizá incidente.
Aquella noche Andy no quiso comer, se negó rotundamente. Estaba inseguro, no quería conciliar el sueño por miedo a las pesadillas, no quería dormir. Entonces cogió un libro, y aunque le dolía mucho la cabeza, se puso a leer.
Todos se fueron a la cama, todos menos aquel rostro aterrador de la noche anterior. Quien soltara el cuchillo tirándoselo a Andy. Estaba sentado en un sillón apolillado sucio. Parecía cansado. Su rostro mostraba inquietud. Había cambiado su traje tres o cuatro veces aquella noche, buscando la forma más horrible que pudiera encontrar en su repertorio. Pero nada, nada le parecía lo suficientemente adecuado para causar un infarto a Margaret. Había probado ponerse el traje de “Burghon”, el asesino que cortó su mano para colgarla de su cuello. También había probado su traje de vampiro, pero nada le parecía satisfactorio aquella noche. Pensó, qué hacer. Dio vueltas y más vueltas a su desnuda cabeza. Por fin tuvo una idea. Se conformaría con pasearse por el salón y colocar algunas cosas mal. También haría sonar el viejo reloj cada diez minutos para despistar a la familia. Y para no aburrirse, leería algún que otro libro de la biblioteca.
Cambió una y otra vez las figuras de sitio, se llevó algunas a su cuarto, tiró las cortinas al suelo, y como había planeado, hizo sonar el reloj cada diez minutos.
A medianoche, Luisy llamó a su madre.
—¡Mamá, mamá!
Margaret corrió a la habitación de su hija y la tomó entre sus brazos.
—¿Qué te ocurre?
—Mamá, tengo miedo.
—¿Por qué motivo?
—No sé, pero creo que el reloj suena muchas veces, y se oyen cosas raras.
—No temas, pequeña, estarías soñando. Buenas noches.
Margaret se retiró, y se dirigió a la habitación de su hijo para ver qué tal estaba. Andy al oír pasos escondió el libro bajo las sábanas y hizo ver que dormía. Margaret le acarició la melena y le besó en la frente. Después regresó junto a Adam que se había despertado.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, la niña que estaba soñando. Dice que oía sonar el reloj muchas veces.
—Sí, estaría soñando.
Adam se giró y empezó a pensar. ¿Sería un sueño lo que su hija decía? ¿Había posibilidad de que fuese otra vez ese maldito fantasma? Claro que la había. Pero, qué lejos estaban de pensar que en el salón de la casa se encontraba el “fantasma” como le decían. Éste estaba ya cansado de agitar los huesos y regresó a la habitación, pero se llevó el cuadro de Margaret.
Aquella noche, transcurrió tranquilamente. Por la mañana, como siempre, Andy se levantó cerca de las siete y terminó de leer el libro que había estado hojeando durante toda la noche. Más tarde bajó a la cocina donde se encontraba Miriam.
—¡Buenos días, patinadora!
—¡Oh, Andy, lo siento mucho, muchísimo, no pensé…!
—Calla, calla –le dijo dándole un golpe en la espalda para animarla.
—Yo no creí que podría pasar eso.
—He dicho que no se hable más.
Andy se tiró contra su hermana y le hizo cosquillas:
—¡He dicho que te calles!
Con el grito bajó Margaret y la abuela.
—¡Buenos días!
—Hola qué tal.
—¿Pero, qué haces levantado?
—¿Por qué había de estar en la cama? ¡No tengo ganas!
—Pero…
—Anda, anda, iros al salón que hoy me toca a mí hacer el desayuno, ¿no lo recordáis?
—Está bien –suspiró Margaret—, pero después a la cama.
Andy sacó los cacharros de la leche y sirvió el té y las pastas.
Pero…
—¿Quién ha tirado las cortinas?
—¿Y quién ha roto estas figuras?
—¿Y quién se ha llevado mi retrato?
Todas las preguntas quedaron en el aire, nadie las respondió.

Capítulo 5

Aquel almuerzo fue algo pesimista. Margaret y la abuela miraban las cosas siempre por el lado malo.
—De veras que no sé quién demonios ha podido entrar aquí –repetía una y otra vez Margaret—. Lo más seguro es que haya sido un ladrón, y puede estar todavía por la casa.
—Mira Margaret –dijo Adam—. Recuerda que esta noche ha habido una tormenta muy fuerte y el viento soplaba sacudiéndolo todo. Ayer, nos dejamos la ventana del salón abierta, y con este viento se habrán caído las cortinas y las figuras.
—Papá tiene razón –dijo Andy que ya sabía por dónde iba la cosa.
—Sí, pero… ¿Y mi regalo de Navidad, aquella figurita tan bonita? ¿Y mi retrato? –preguntaba Margaret intentando sacar algo positivo.
—¡Margaret, por dios, deja de hacer preguntas!
—Está bien, pero yo os aseguro que aquí hay gato encerrado.
Al finalizar la pesada comida, cada uno se fue a hacer su trabajo, excepto Andy, que marchó a la cama porque le dolía la cabeza de tanto parloteo. Adam fue al bosque a buscar leña para la lumbre. Margaret y Miriam arreglaron un poco la casa. Luisy jugaba con sus trastos y la abuela, como siempre, tejiendo una preciosa falda para su nieta.
Cuando terminó en el trabajo de la cocina, Miriam se retiró a la habitación de su hermano.
—¿Puedo entrar?
—Pues claro. Aquí siempre serás bien recibida –contestó Andy bromeando.
—¿Cómo estás?
—Como de costumbre, leyendo aventuras de miedo.
—Por favor, escucha un momento.
—Te escucho, habla.
—¿Crees que ese monstruo, o como quieras llamarle, ha sido el provocador de todo esto que ha pasado?
—Pues claro.
—Entonces… ¿Qué hacer?
—Muy fácil. Revisar la casa de arriba abajo.
—Pero ¡tú no puedes moverte de la cama!
—Estoy harto de repetir que me encuentro perfectamente bien.
—Como quieras. ¿Por dónde empezamos?
—Por el sitio más bajo. Ahora vete y aguarda a que salga.
—De acuerdo.
Pocos minutos después, Andy estaba vestido y a punto para empezar la exploración. Procurando no ser vistos, llegaron a la escalera de los sótanos. Cuando estuvieron delante Miriam empezó a temblar.
—Tengo miedo Andy.
—No seas cobarde, ese tipo es inofensible.
—Andy, las apariencias engañan.
—Si fuera así, ¿por qué no ha hecho nada esta noche y se ha dedicado tan sólo a quitar cosas de su sitio?
—No sé, pero vamos.
Descendieron lentamente, para no ser oídos. Pero, alguien oyó sus pasos, alguien les vio pasar. Y ese alguien no dijo nada, no dio señal de vida. Se limitó a seguirles y descubrir qué hacían.
Cuando Andy y Miriam llegaron al final de las escaleras, alguien les dio la bienvenida tirándoles un cubo de agua.
—¡Aaaaah! –gritó Miriam desesperada.
—¡Tranquilízate y no chilles!
—¿Quién ha sido?
—No sé, pero debemos seguir adelante.
Siguieron adelante, tal y como había dicho Andy. Revisaron los sótanos de este a oeste, pero no encontraron nada, sólo cajas de fruta, latas de conserva y algunos trastos de Luisy y del abuelo Victor que ya había muerto. Salieron de los sótanos y se dirigieron a la escalera, donde noches antes Andy había visto el fantasma.
—Esta escalera parece interminable, no quiero subir.
—Anda, si no quieres subir tú, iré yo solo.
—No, no, eso sí que no. Yo te acompaño.
Empezaron a subir por esas escaleras que no parecían tener fin. A cada paso, los dos sentían más pánico, más terror al futuro. Pero seguían adelante, con paso firme, pero lento. Cada vez la escalera se estrechaba más. Y cada vez estaba más sucia y llena de telarañas. Poco a poco iba disminuyendo la luz y los ánimos.
—¿Dónde llevas la linterna?
—Creo que la he perdido por el camino.
—¡Pero, esto está muy oscuro!
—Lo sé, pero ahora que estamos arriba, no podemos volver a descender, y dejarlo sin explorar.
—A… ¿a dónde lleva esta escalera?
—Creo que al desván. Pero, está todo muy desordenado.
—Andy, si tú viste a ese hombre bajar de aquí, ¿no estará aquí su escondrijo?
—Lo que tú tienes es miedo. Ya te he dicho abajo que te quedaras. Y respondiendo a tu pregunta te diré que no tengo ni idea.
Cuando llegaron a la última piedra, que estaba puesta como peldaño, oyeron el viento que azotaba fuertemente las ventanillas rotas de la buhardilla, se dieron cuenta que subir allí, había sido un gran error. Ahora se encontraban solos, sin linterna, y sin ninguna clase de arma con la que defenderse.
—Hemos hecho mal con subir aquí –decía una y otra vez Miriam.
—Eso ya me lo sé de memoria, pero ahora ya estamos arriba, y vamos a entrar al desván.
Andy tomó el grueso mango de la puerta, y lo estiró una y otra vez.
—¡Maldita sea, esto está cerrado por dentro!
Al ver que no podía abrir, esperó a ver si recibía alguna señal del interior. Al cabo de un rato, y pillándoles desprevenidos, se abrió lentamente la puerta. Miriam soltó un grito que asustó a su hermano.
—¡Calla loca! La puerta ha cedido y ya está.
—¡De eso me quejo, que ha cedido en el momento en que tú no intentabas abrirla!
Andy sabía que Miriam tenía razón, pero no quería abandonar la expedición.
—Ponte detrás de mí y sígueme sin hacer ruido.
—Pero… ¿piensas entrar ahí?
—Pues claro.
Al entrar, lo único que se veía, eran muebles viejos, ropa, y telarañas que colgaban de las esquinas. Estuvieron observando largo rato, el valor que tenían aquellos muebles.
—Parecen muy valiosos.
—No es que lo parezcan, es que lo son. Están bordados con piedras preciosas, y tapizados en oro.
—¿No será que alguien quiere que dejemos la casa, para tomar todas estas riquezas?
—Todo podría ser. Pero, el mal, es que no tenemos ninguna pista.
—Podríamos tomar algún objeto de estos. Si el fantasma vive aquí, a lo mejor los ha tocado, y podríamos identificar sus huellas dactilares –propuso Miriam.

Capítulo 6

Andy estuvo meditando un minuto.
—Se podría hacer pero, no me gustaría que este caso quedara en manos de la policía. Entonces…
—Lo que podríamos hacer, es dejar una nota escrita a ese fantasma, y citarnos con él, para ver qué es lo que está tramando.
Miriam soltó una carcajada de burla.
—¿Tú estás bien de la cabeza? Entrevistarnos con ese loco.
—Todo es posible en este mundo. Y ahora sigamos investigando.
Cuando terminaron de investigar, al acercarse a la puerta para regresar a la planta, encontraron en un mueble, papel y un lápiz. Como si alguien hubiese oído sus propósitos y les hubiera dejado la tarjeta de visita. Andy anotó el día y la hora en que deseaban encontrarse con el fantasma. Pero, para que llegara tenían que pasar tres días.
Andy y Miriam regresaron a la planta baja, donde la abuela Mónica esperaba impaciente.
—¿Dónde demonios os habéis metido? Protestó.
—Hacía calor aquí dentro, y pensamos ir a pasear.
—Andy, eres bastante mayor para no darte cuenta del peligro que corres levantándote de la cama tan pronto.
—Abuela, sólo he salido al jardín, y me he sentado a la sombra de un viejo sauce.
—¿Dónde está la familia?
—Han ido a la ciudad, pero Luisy está en su habitación jugando con las muñecas.
—¿A la ciudad? –preguntó Andy extrañado.
—A mí también me extrañó, pero sólo me dijeron que iban de compras.
Después de un pequeño aperitivo, Miriam fue a dar una vuelta con su hermana, y la abuela y Andy fueron a descansar un rato. Durante el paseo por el jardín, Miriam iba explicando a su hermana, que debido a su temprana edad no conocía la larga historia de la familia Jupersim.
—Aquí en este jardín descansa el abuelo Victor. Murió hace cinco años y por eso tenemos esta casa, porque la dejó como herencia. También está la tumba del tío Jerry, hermano de mamá. La herencia pertenecía a él porque así lo testamentó el abuelito. Pero se ve que tío Jerry murió de un ataque al corazón, y ahora esta mansión es de mamá.
—¿Qué quiere decir testamentó, Miriam?
—Mira cariño. Cuando una persona muere, y tiene alguna riqueza en este mundo, para que esta riqueza no quede en manos de una persona a la que no pertenece, se deja escrito en un papel, que se llama testamento, el nombre de la persona a quien quiere dejar esa riqueza. ¿Lo entiendes ahora?
—Sí, creo que sí.
—¿Qué te parece si vamos a la carretera a esperar a papá y a mamá?
—Espera, espera. ¿Si no hubiera muerto el tío Jerry, la casa esta la tendría él?
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Anda, vamos a la carretera.
Los padres de Miriam llegaron mucho más tarde de lo que todos suponían. Por eso a su regreso, cenaron y fueron a dormir.
Una noche más, sonaba en el viejo reloj de pared, la hora de las brujas. Las doce. Todo estaba en calma. Sólo en las alturas de la casa, se oía el maullar de un gato hambriento. La luna era llena. La forma más apreciada por el fantasma para sus noches de terror.
Se deslizó de nuevo por la escalera. En sus pies, colgaban unas enormes cadenas oxidadas. De su cinto de terciopelo, colgaba el gran puñal, que había sido afilado.
“Antes de que cante el gallo, Margaret Jupersim ha de morir, sea como sea.»
Con esta esperanza, corría de nuevo por los pasillos, seguido por un rayo de luz que entraba por la ventana del recibidor. Aquel gato, que maullaba incesantemente en el tejado, hacía más terrorífica la escena. Eso, favorecía los ánimos del fantasma. A las doce y media, y después de soltar algunas carcajadas sin éxito, el fantasma lanzó el cuchillo en la puerta de la habitación de Margaret. Ésta se movió en sueños, y volvió a reposar tranquilamente.
“¡Este es tu fin, querida mía!”
Abrió la puerta lentamente y poco después irrumpió en la sala. Pero al ver que Adam estaba molesto, retrocedió y esperó a que se durmiera profundamente. Cuando Adam dejó de moverse, el fantasma se propuso, de nuevo entrar en la habitación, pero entonces Luisy llamó a su madre a grandes voces. Pero, en vez de retroceder hacia la escalera, se escondió en la esquina, y esperó a que Margaret fuera al encuentro de su hija. Al ver que Margaret era una presa inútil, porque no llevaba cuchillo, pero sí unas grandes cadenas que le impedían avanzar con rapidez, pensó en la abuela.
Cuando Margaret regresó a su habitación, sin ver el cuchillo en la puerta, el fantasma penetró en la habitación de la abuela. Como estaba durmiendo profundamente, no esperó mucho tiempo, y clavó sus largos dedos en la garganta de la pobre abuela. Después, regresó lo más rápido que le permitían sus cadenas, a su escondite.
A la mañana siguiente, todos bajaron al comedor a almorzar.
—¿Dónde está la abuela?
—No sé, pero debe de estar descansando. Ayer cargó todo el día con Luisy y eso es demasiado para ella. Dejadla dormir.
—Está bien, pero a la hora de comer la despertaremos.
Terminaron de almorzar, y cada uno tomó su camino. Margaret limpió la casa con ayuda de Miriam. Y los tres restantes fueron al campo a por leña.
Cuando Luisy se alejó un poco de su padre y hermano, éstos aprovecharon para hablar.
—Ayer me dijo la abuela que habíais ido al jardín, tú y tu hermana. ¿Es cierto?
—No, no fuimos al jardín, fuimos a dar una vuelta por la casa, hacía tiempo que no íbamos por el sótano y fui a ver si encontraba algo nuevo.
—Es ese el motivo por el que fuisteis a investigar.
—Soy demasiado sincero. No fue ese el verdadero motivo por el que fuimos a los sótanos y al desván. La verdad es que me interesaba saber si ese monstruo vive aquí. Por eso le dejé una nota y mañana me citaré con él en el desván.
Adam soltó una carcajada.
—Pero tú estás loco. ¿Cómo quieres entrevistarte con una persona, o un fantasma, que ha intentado matarte dos veces?
—Puede que sea divertido pero es…
En aquel momento Margaret interrumpió la conversación con sus gritos.
—¡Horrible, horrible! ¡La muerte ha visitado nuestra casa!
—¿Qué ha ocurrido?
—¡Nooo!
—¡Margaret, por Dios! ¿Qué ha ocurrido?
—¡La abuela, la abuela, mi madre!

Capítulo 7

Adam intentó calmar a su mujer.
—¿Qué le ocurre a tu madre?
—¡La muerte ha venido!
Comprendiendo las palabras de su madre, Andy corrió como un rayo hacia la casa, mientras su padre acompañaba a Margaret.
—¡Abuela!
En la habitación estaba Miriam llorando junto a la cama, con la mano de la difunta en su pecho. Andy se arrodilló y tomó la otra mano.
—¡Abuela, abuela! ¿Por qué nos dejas ahora?
Más tarde, Adam y Margaret entraron en la habitación. La última se sentó al lado de su madre, llorando desconsoladamente. Cuando Andy terminó de sollozar, entornó su cabeza para mirar por última vez la sedosa cara de la abuela. De pronto observó detenidamente su cuello, y… todavía se veía la marca de los dedos. Andy comprendió que su abuela no había muerto de vieja, del corazón, sino que la habían asesinado. Se levantó, salió de la habitación chillando y se dirigió hacia la escalera que conducía al desván. Adam le siguió pero no pudo darle caza hasta el final de la larga escalera.
—¿Dónde vas?
—¡Papá, suéltame, suéltame! ¡Tengo que matar a ese asesino!
Adam comprendió las palabras de su hijo.
—¡Cálmate, cálmate, o me veré obligado a darte una bofetada!
—¡Dámela, haz lo que quieras conmigo, pero vengaré la muerte de la abuela!
—¡Detente!
Andy se soltó de los brazos de su padre, y corrió hacia la puerta, que como siempre, estaba cerrada. Al ver que no podía hacer nada, Andy se arrodilló ante la puerta, y empezó a llorar y a dar gritos. Su padre se le acercó.
—Andy por favor no me pongas las cosas más difíciles de lo que las tengo. Sé que es un golpe muy duro, para ti y para todos, pero debes de ayudarme.
—Lo siento, me he comportado como un crío de tres años.
—Cuando lo hayamos superado, abandonaremos esta casa.
—¡No, eso sí que no!
—Bueno, haremos lo que queráis, pero ven conmigo.
Andy y Adam regresaron a la habitación de la abuela donde se encontraba el resto de la familia. Andy tomó a su hermana y a su madre y las llevó al comedor, mientras Adam se encargaba del cuerpo sin vida de la abuela.
—¡Por qué ha tenido que morir!
—Mamá, no te pongas así, sabes que para tu corazón no es nada bueno.
Cuando Adam acabó de cavar la tumba de la abuela, al lado de la de Victor, Margaret salió al jardín para ver por última vez a su madre. Entonces Andy aprovechó la ocasión para hablar con Miriam.
—Escucha Miriam, debo de decirte, aunque me duela mucho, que la abuela no ha muerto del corazón ni de vieja, sino que el hombre que me quiso matar a mí, y que seguirá matando a muchos más si no le pillamos, la estranguló con sus propios dedos.
Miriam soltó un grito de angustia.
—Por favor, solo lo sabemos papá, tú y yo, así que no lo comentes con mamá, podría acabar con ella.
Cuando la abuela estuvo enterrada, Adam y Margaret regresaron al comedor y se reunieron con la familia. Aquel día fue angustioso, doloroso y muy triste.
Al día siguiente se habrían de enfrentar con la realidad. Pero Adam estaba decidido a acompañar a sus hijos en la entrevista. Él también quería conocer la verdad de todo aquello. Pero, no iría visiblemente, sino que esperaría un rato, y cuando hubiera empezado la reunión, irrumpiría en la sala para dar caza al fantasma.
Claro que éste, no esperaba la visita de Adam, ya que suponía que se quedaría a hacer compañía a su mujer.
Al despertar el día, el primero en levantarse fue Margaret, y fue al jardín a visitar la tumba de su madre, en la cual estuvo largo rato. Después hizo el desayuno y se sentó en el comedor para esperar a que llegara el resto de la familia. Eran las diez cuando bajaron las chicas, y a las once y media se levantaron los hombres.
—Buenos días.
—¿Por qué te sientas ahí sin hacer nada y sin mirar a ninguna parte, mamá?
—Escucha hija, cuando se pierde un ser querido no se tiene ganas de hacer nada, sólo de sentarte en un sillón, y pensar en el pasado.
—Con eso no estoy de acuerdo. Mamá, la abuela Mónica era tan querida por ti, como por mí, como por todos. Pero no veo el motivo de destruir tu propia vida, por una pobre persona que ha muerto por la vejez.
—Miriam tiene razón. No debes destruir tu vida sin hacer nada, por el hecho de que la abuela se haya ido.
—Tenéis toda la razón. A todos nos llega nuestra hora, tarde o temprano, pero llega.
—Así me gusta. Ahora ve con Luisy a dar una vuelta por el jardín, mientras papá, Andy y yo nos encargamos de limpiar todo esto.
Margaret tomó a la pequeña de la mano, y como se lo había dicho Miriam, salió al jardín y paseó largo rato bajo los sauces.
Mientras tanto, Miriam y Andy se disponían a entrevistarse con el criminal fantasma.
—Debemos ir con mil ojos por delante, ahora ya sabemos que es un verdadero asesino, y no te extrañe que la mala suerte caiga sobre nosotros.
Empezaron a subir por la interminable escalera. Andy llevaba consigo una navaja de bolsillo para prevenirse, y Miriam sostenía la linterna. Adam les seguía varios escalones más atrás.
La puerta del desván estaba abierta. El fantasma les esperaba sentado en un gran sillón de mimbre.
—Suerte ——dijo el padre en voz baja.
Andy y Miriam entraron en la sala donde estaba el fantasma. Su rostro había cambiado. Ahora vestía con poca ropa, sin traje largo, y su cara estaba revestida por una careta blanca. Sus grises melenas se dejaban caer más abajo de los hombros, y sus ojos no brillaban como la primera noche en que lo vio Andy.
—Pues bien, asesino de pobre familia ——empezó Andy——. Parece que está un poco triste. ¿Le apena su último asesinato? Sea bueno y explique por qué nos hace todo esto. ¿Acaso quiere las riquezas que hay en este desván?
—No quiero las riquezas, quiero recuperar lo que me pertenece.
—Ahora sí que no le entiendo.
—Es muy fácil de explicar, pero no me molestaré, me basta con teneros aquí presos. Y no os dejaré hasta que me deis esta casa.
Diciendo esto se abalanzó sobre Miriam y la cogió por los cabellos. Entonces…

Capítulo 8

Adam que estaba detrás de la puerta, la abrió bruscamente e irrumpió en la sucia sala.
—¡Suelte a mi hija, sinvergüenza asesino!
El fantasma al ver aquel hombre tan colérico, soltó a Miriam y quiso correr para esconderse en otra habitación y encerrarse con llave. Pero Andy y Adam llegaron antes de que el asesino pudiera penetrar en la otra sala, y esconderse para huir quizás por la ventana.
—¡Dejadme, no tenéis ningún derecho!
En una brusca pelea entre Andy, Adam y el fantasma, cayó de la cara del último, una máscara de plástico, y quedó el rostro descubierto. Cual fue la sorpresa de Adam y de sus hijos al quedar identificado aquel hombre. No era un fantasma, ni un monstruo. No era nada de todo aquello que habían creído desde un principio. Era…, era Jerry, el hermano de Margaret.
—¡Tú, Jerry!
—¡Tío!
Jerry quiso deshacerse de las manos que tan fuertemente le agarraban, pero no consiguió nada. Después ambos perdieron las fuerzas de la sorpresa, y desecho, Jerry cayó al suelo.
—¡Tú, miserable asesino, has matado a tu madre, has intentado asesinar dos veces a Andy, matando su caballo primero, y luego con un cuchillo, o al revés!
—¡Tío, por qué!
—¡Tú no sabes la que vas a armar, cómo se lo digo yo a Margaret, si se entera le dará un ataque al corazón!
—Eso es lo que quiero ——respondió Jerry.
Adam le dio una bofetada.
—Tú, querido cuñado, no tienes ni idea de todo lo que hay metido aquí dentro, no sabes nada. Sólo tu mujer, que es igual o más asesina que yo.
Adam reflexionó.
—¡Todo cuanto dices es pura mentira!
—¡Sabes, y esto desde que nos conocimos, Adam, que yo no tengo pelos en la lengua, y no los tendré para contarte toda la verdad, del principio al fin! Pero no lo haré hasta tener a mi hermana delante, para que veas tú y mis sobrinos, que yo no soy el único culpable de todo lo que ha pasado estos últimos años.
Adam tenía miedo, no sabía si creer o no, lo que decía Jerry, estaba demasiado colérico para pensar que todo aquello tenía alguna relación con Margaret. Jerry se quitó los trajes, la peluca y el cinto del que colgaba el cuchillo.
—Podréis llamar a la policía para que me detenga, pero después de que os lo haya revelado todo, absolutamente todo.
—Pero… ¿no serás capaz de contar esa verdad que dices delante de mis hijos y de tu hermana que sufre del corazón?
—Pues claro que sí, ya te he dicho antes que no tengo pelos en la lengua, y que quiero que se entere todo el mundo, hasta la pequeña Luisy. Y sé, que mi madre me perdonará cuando se entere de la verdad.
—¿Tan importante es esa verdad, o lo que haya escondido detrás de tus planes, que hayas matado a tu madre, y hayas intentado asesinar a Andy?
—No me hubiera gustado hacerles daño a ellos, pero no tuve más remedio.
El ambiente era tenso. Andy estaba sentado en un rincón, pensando en su pasado. Su tío, aquel hombre que había jugado con él, que habían ido a pescar juntos, que le quería tanto, y que después murió del corazón, resulta que ahora ni estaba muerto ni le quería como antes cuando era pequeño.
Miriam estaba fuera de sitio, ella también creía que Jerry había muerto, pero, ahora al verle vivo, había sido un gran golpe para ella. Jerry estaba sentado en el suelo, esperando el momento en que pudiera revelar toda la verdad sobre todo aquello.
Mientras tanto en el comedor, Margaret estaba leyendo un libro de hadas a su hija, esperando que llegara Andy, Miriam y su marido.
—»Entonces la vieja cayó al suelo y una mano se llevó su cuerpo para que se reuniera con su hija a quien tanto quería. Pero un día…»
—Mamá, no sigas por favor, ese cuento me da miedo, me recuerda a la abuela.
—Está bien. Lo que puedes hacer es ir al jardín, y ver si viene tu padre y tus hermanos, están tardando demasiado.
—Sí, mamá, iré a esperarles.
Luisy salió a la carretera a esperar el regreso de los demás.
Adam se adelantó al bajar las escaleras, para avisar a su mujer, y para darle una pastilla por si le daba su ataque.
—Margaret, tómate tu pastilla.
—Pero, ¿por qué?
—Lo que vas a ver no será muy agradable, será un golpe muy duro para ti, como lo ha sido para mí.
—Escucha, ¿cómo es que has bajado de la escalera del desván?
—De eso precisamente me quejo, que he tenido que subir ahí arriba para conocer una verdad muy desagradable.
—Pero ¿quieres explicarme lo que está pasando aquí?
—Espera, y tendrás tiempo de verlo con tus propios ojos, y oírlo con tus propias orejas.
—Pero…
—Dile a Luisy que se vaya a jugar, y que no entre hasta que la llamemos.
—Está bien, como quieras.
Luego…

Capítulo 9

Andy y Miriam bajaban la escalera seguidos de Jerry.
—Margaret, creo que ha llegado la hora.
Al ver a Jerry salir de la puerta no pudo más que levantarse y gritar: ¡Jerry!
Luego cayó sentada en el gran sillón y echóse a llorar.
—Hola querida hermanita. Siento estar aquí, por razones tan desagradables, pero ahora y delante de los nuestros, voy a contar toda la verdad, esa verdad que tú conoces tan perfectamente.
—¡Nooo!
—Lo siento. Y ahora escuchadme bien. Hace pocos años, todos vosotros creíais que yo había muerto del corazón. Pero, todo eso era mentira. Lo único que había pasado en todos esos años era que, Margaret, mi hermana, había querido heredar esta casa. Y no por ser de sus padres, y de los míos, sino, por la gran riqueza que vosotros tres habéis visto en el desván. Pues bien. Como esta casa, mi padre la había dejado para mí, Margaret empezó a maniobrar un plan.
—¡No sigas, no sigas!
Margaret se aferraba fuertemente al sillón, y cubría la cara con un cojín mientras lloraba.
—Lo siento. Como que había muerto Ana, mi mujer, Margaret aprovechó el gancho para hacerme ver durante las noches su rostro, y hacerme creer que Ana estaba viva. Así lo estuvo haciendo largo tiempo, y también me daba droga, y cosas por el estilo, para que me volviera loco, y…
—¡No es posible! ——gritó Adam.
—Para no ser posible, pero lo es. Cuando me tuvo lo bastante obsesionado, me encerró en un manicomio, diciendo a la justicia, que yo no podía hacerme cargo de esta casa. Hizo creer a la familia, no sé cómo, que yo había muerto del corazón, y mientras yo lo pasaba malísimamente mal en el manicomio, ella disfrutaba junto con vosotros esta mansión. ¿Por qué creéis que mi nombre no está en el cementerio? Qué preguntas, si no vais nunca. La tumba de mi padre está en el jardín de esta casa, pero su nombre está en el cementerio también. Pero, sería muy arriesgado dar mi nombre, ¿no?
—¿Tienes alguna prueba para afirmar lo que dices?
—Sí, la gran prueba es que no estoy muerto, o acaso esta no sirve.
Adam tomó a su mujer.
—¡Nunca pude imaginar cosa semejante, por tu culpa han matado a tu madre, han estado a punto de asesinar a tu hijo, y ahora, esta es la verdad! Se ve que no te importa tu familia.
—¡Papá, no sigas! ——gritó Andy.
Adam soltó a su mujer y le dio la espalda.
—A mí, me pueden tener dos años en la cárcel o más ——dijo Jerry——, por haber cometido un crimen, pero es que lo que has hecho tú, es peor que un crimen, y te puede costar la vida.
—No se hable más ——ordenó Adam——, ahora llamaré a la policía y todo eso se solucionará.
No tardó en llegar la policía. Interrogó una y otra vez a Jerry y a Margaret. También interrogaron a Andy y a Miriam. Al final quedó la solución. A Jerry se le condenaba a cuatro años de cárcel por crimen. Y a Margaret, dejando aparte los diez años de cárcel por provocación de la locura o intento de homicidio, le costó el divorcio de Adam. La policía tomó a Margaret y a Jerry, y allí en aquella puerta, se separarían para no verse nunca más.
Adam y los chicos quedaron en la puerta con lágrimas en los ojos.
—¿Papá, Andy, por qué se llevan a mamá? ——preguntó Luisy.
—Digamos ——respondió Andy——que mamá ha hecho algo muy grande y muy grave, y tiene que ir a un colegio para corregirse, y no volver a cometer ese error.
Miriam se sentó en la acera.
—Adiós, mamá, te quiero y nunca te olvidaré.
Por las mejillas de todos, menos de Luisy que creía haber entendido lo que le habían dicho, pero de la manera que lo había enfocado Andy. Y la casa quedó solitaria, para luego ser vendida. Y nunca más Adam volvió a pensar en casarse, y los chicos en volver a aquella casa que desde aquel triste día, dejó de ser lo que había sido siempre para ellos.
Sant Pere de Ribes, abril de 1980.