Kati en la montaña

Aquí tenéis mi primera creación, sin duda influenciada por la lectura de un par de libros de la colección de Lisbeth Werner, Puck y la fierecilla y Puck en la nieve. Es muy divertido comprobar ahora con qué libertad me lanzaba a escribir. Normal, tenía trece años recién cumplidos. No me importaba, o no me daba cuenta, de las incongruencias, las incoherencias, los desfases temporales. Al más puro estilo Agatha Christie, pero con deducciones descabelladas y gratuitas. Eso sí, no se puede negar que contaba con una buena cantidad de vocabulario para esa edad.
Es curiosa la casualidad (o no), de la aparición del alpinismo y la montaña, dos elementos recreados de algún modo en mi primera novela publicada Un refugio para Clara. Esto me hace pensar en el equipaje que vamos reuniendo desde pequeños, del que tarde o temprano echamos mano.
Bueno, si decidís leer, podéis reíros a placer, no me enfadaré. Yo también lo he hecho.
 

Inicio de la obra

En el internado de la señora Sara Inger habían empezado los concursos del verano, es decir, el alpinismo, la natación, el esquí acuático etc.
Kati y sus tres compañeras Sandy, Elisabeth y Karen, estaban encerradas en su habitación planeando nuevas aventuras mientras que los demás alumnos estaban disfrutando del bello sol que hacía esa mañana.
En dicho internado había unas reglas que debían ser cumplidas al pie de la letra, por ejemplo, los horarios de clase. Durante el día sólo tenían cuatro horas libres, una por la mañana y las restantes por la noche. Los días festivos tenían de tiempo hasta las once de la noche para irse a pasear fuera del internado. La señora Sara Inger era muy estricta a las horas de clase pero muy simpática a la hora de las risas.
Kati y sus tres compañeras eran unas chicas muy activas, siempre dispuestas a correr aventuras. Por eso recibían el nombre de “Los Torbellinos”. La más traviesa era Sandy, la que recibía el nombre de Dinamita.
Todas las chicas estaban en la piscina, gritando y riendo alegremente. Era fiesta; no había clase. Pero nuestras cuatro amigas no parecían estar muy contentas.
—¿Vosotras creéis que los concursos de este verano serán interesantes? –preguntó Karen como algo preocupada.
—No lo creo –respondió Kati.
—¡No importa! Si son aburridos nosotras…
—No te alborotes, Dinamita, si son aburridos nosotras no podremos hacer nada.
—¿Estás segura? –preguntó Dinamita. Y levantándose rápidamente desapareció por la puerta cerrando ésta con un gran golpe.
—¿Dónde irá? –preguntó Karen.
—Déjala, estoy segura que va a hacer una de las suyas.
—Elisabeht tiene razón, Karen; será mejor que la dejemos, no nos metamos en líos que a la señora Sara no le gusta mucho.
—¿Sandy, qué deseas? –preguntó la señora Sara.
—Me gustaría saber por anticipado lo que piensa hacer este verano para los concursos.
—Pues claro, hijita, no faltaría más. Mira, este año vamos a hacer alpinismo.
—¿Alpinismo? –preguntó asombrada Dinamita.
—Escalaréis el pico de Wisvirk.
—Pero, ¿no es demasiado peligroso?
—No te preocupes; prometo que no pasará nada.
—Muchas gracias.
Y después de pronunciar estas palabras subió a su habitación para reunirse con sus amigas.
—¡Hola, ya estoy aquí!
—¿Dónde has ido? –preguntó Kati.
—Al despacho de la señora Sara y me ha dicho que este año haremos alpinismo y que escalaremos el pico de Wisvirk.
—¿De veras?
—Sí, chica; esto promete ser realmente interesante.
—¿Sabes quién competirá, Dinamita?
—Pues no, pero pronto lo sabremos.
—¡Bueno! Pues ya que sabemos esto –dijo Elisabeth—, ¿por qué no vamos a la piscina?
—Me parece formidable –prosiguió Karen.
Al bajar al jardín todas las chicas estaban disfrutando de la cristalina agua de la piscina mientras que los chicos practicaban el tenis y el fútbol en las pistas del internado.
—¡Buenos días, chicas! –gritó Dinamita.
—¡Y tan buenos! –prosiguió una chica, Elsy en particular.
—¡Al agua, chicas, está en su punto!
En aquel momento la señora Sara apareció en el jardín y gritando para que fuera oída, reunió a las chicas y a los chicos:
—¡Escuchadme!, mañana empiezan los concursos de este verano. Seguidamente citaré a los que van a participar en los distintos juegos y especialidades. ¡Concurso de natación !: Kati Blaker, Albert Winter, Karen Müller, Elisabeth Bradford, Joseph Andrews, David Hansen, Sandy Billy, Elsy Grein, Andy Ingels y Roger Harby.
Gritos de alegría y desilusión surgieron de las bocas de los alumnos.
—¡Silencio! –exigió la señora Sara—. Los de alpinismo serán los mismos que he dicho más Greta Gali y Henry Werter.
—¡Estupendo, maravilloso! –dijo Kati—. Hemos conseguido que nos clasifiquen para concursar. Esto promete ser algo estupendo. ¡Vamos a celebrarlo!
Una vez en la habitación Elisabeth sacó una tableta de chocolate; Karen, unas latas de bebida; Dinamita, unas pastas, y Kati, unos panecillos con mantequilla y mermelada de ciruelas.
—¡Brindemos por nuestra felicidad! –gritó Dinamita.
—¡Eh, no te olvides de los demás! –sonrió Kati.
—Tienes razón, ¡por todos!
Y así, alegremente, transcurrió la tarde, la dulce tarde.
El día despertó como de costumbre, con alegría e ilusión.
—¡Maravilloso! –gritó Karen—. Hoy será un día fantástico.
—¡Buenos días a todas! ¿Qué hora es? –preguntó Elisabeth con cara de sueño.
—Son las ocho de la mañana y hoy empiezan los concursos.
—Es verdad, ya no me acordaba –prosiguió con más alegría.
—Pues a qué esperáis, ¡anda, arriba! –gritó Kati, tan bromista como siempre.
Cuando se hubieron vestido y hubieron desayunado bajaron al jardín donde estaban preparando la piscina para el concurso.
–¡Buenos días, chicos! –gritó Dinamita—. ¿Estáis preparados para competir?
—¡Claro que Sí! –gritaron todos a coro.
Uno de los chicos se acercó a Kati; era David.
—Hola, campeona, ¿estás preparada?
—¡Toma, pues Sí! Y con muchas ganas de ganar.
—No serás la única. ¿Crees que podrás con Albert Winter?
—No sé, chico; pero me parece que Sí.
—Pues te parece bien porque no está en forma. Bueno, ¡adiós!
—¡Adiós, hasta luego!
Kati se reunió de nuevo con sus amigas.
—¿Qué te ha dicho?
—Que creía que ganaría a Albert.
——A ese mocoso le gana cualquiera, ¿no, Kati?
—Sí, pero estoy segura que a David no le podré ganar; está muy entrenado.
Mientras hablaban todo se puso en orden y pronto todo estuvo a punto para empezar las carreras de natación.
—¡Todos los concursantes que se coloquen en su sitio, y buena suerte a todos! –gritó la señora Sara.
Los chicos se desearon suerte entre ellos y cuando dieron la señal se lanzaron todos al agua. Había gritos para todos y el ambiente era fenomenal.
Un altavoz anunciaba:
—¡Va en primer lugar david, seguido por Kati! ¡Van a poca distancia y les siguen Karen y Albert! ¡Quedan atrás todos los restantes!
La cosa estaba muy interesante. ¿Quién ganaría? Pronto se sabría.
Al cabo de unos minutos el altavoz volvía a sonar:
—¡Primer puesto, David, segundo Kati, tercero Karen!
Los gritos decían “¡viva!” al ganador y también al segundo y tercer lugar.
—¡Viva! –gritó Kati—. Lo he conseguido.
—Enhorabuena –dijo David—, eres una campeona. Te dije que ganarías a ese mocoso de Albert
pero no me lo imaginaba.
—No hay para tanto. También yo he de darte mi enhorabuena; has quedado número uno y todas las chicas están locas por ti, ¡campeón!
Kati con sus compañeras, después de la larga carrera, se retiró a su habitación.
—¡Lo he conseguido!
—Sí, chica Sí, eres toda una campeona, y tú también Karen, porque has quedado delante de Albert.
—Lo que más miedo me da son los concursos de alpinismo –dijo Kati.
—Pero si son los más fáciles –dijo Karen.
—¡Y los más divertidos! –añadió Dinamita.
—¡Todo saldrá bien, ya lo veréis!
Kati estaba algo preocupada pero en su interior deseaba que llegaran los días de las competiciones de alpinismo.
Mientras estaban celebrando aquella pequeña fiesta que significaba tanto para las cuatro, en la primera planta estaban ocurriendo cosas no muy agradables. Tres chicos, Joseph, Albert y David habían ido a entrenar, o mejor dicho, a practicar el alpinismo. Antes habían pedido permiso a la señora Sara puesto que estaba prohibido salir sin permiso. Al regresar, sólo volvieron dos de los tres chicos, Joseph y David. Como es natural, la señora Sara exigía una explicación pero los dos chicos se negaban a darla diciendo una y otra vez que ellos no sabían dónde estaba Albert.
En vista del jaleo, nuestras cuatro amigas bajaron al despacho pidiendo, por favor, qué pasaba. Había un ambiente de nervios, la señora Sara gritando y los chicos muy nerviosos pensando en el castigo que les esperaba.
—En vista de que no me queréis dar una explicación me veré obligada a castigaros sin ir al concurso de alpinismo.
La cosa terminó con un tremendo grito de desesperación por parte de la señora Sara. Entonces fue cuando Kati dijo:
—Me parece inútil que los castigue, señora Sara; yo creo que ellos dos no tienen la culpa. Sin embargo, no me extrañaría nada que Albert, con lo malo que es, se hubiera escondido para que fueran castigados, ¿no cree?
—Puede ser –respondió, quitándose las gafas bruscamente—. Sin embargo, puede ser una invención tuya pues sé que no te cae muy bien. Si es así, tú vas a ser castigada.
—De acuerdo, señora Sara.
Kati salió del despacho cabizbaja y con cara de pocos amigos. En su camino se encontró con David.
—¿Qué te ha dicho?
Kati, alzando la cabeza, preguntó:
—¿De veras no sabes dónde está Albert?
–Si lo supiera no me habría dejado perder el concurso. Además, Albert se separó de nosotros a medio camino diciendo que tenía unos amigos cerca de allí.
—Pero si en esa montaña no vive nadie, ¡es imposible! –exclamó Kati.
–Lo sé, por eso me extraña tanto.
—Será cuestión de investigarlo, ¿no?
—Creo que has tenido una buena idea. Iré a comunicarlo.
Kati subió rápidamente las escaleras que conducían a su habitación.
—¡Eh, chicas! ¿Sabéis lo que ocurría allá abajo?
—No tengo ni idea –respondió Karen.
—Os lo explicaré. Se ve que David, Joseph y Albert salieron a practicar el alpinismo y…
—¿Con ese mocoso de Albert han ido? –interrumpió Dinamita.
—Se ve que Sí. Pues bien, acaban de llegar pero sin Albert.
—¿Cómo, se ha escapado?
—No digo eso. Lo más seguro es que se haya escondido para que castigaran a Joseph y David sin asistir al campeonato de alpinismo.
—¡Ese sinvergüenza! Lo mataría de buena gana –dijo Elisabeth con el ceño fruncido.
—Todavía no se ha asegurado nada por eso hemos decidido que vamos a investigarlo.
——¡Estupendo! –gritaron a coro.
Después del inmenso grito de alegría alguien llamó a la puerta.
—¡Adelante, la puerta está abierta! –gritó Kati.
—Soy yo, David.
—Hola, chico, ¿cuándo empezaremos a investigar? –preguntó Dinamita.
—No sé, pero me temo que nos será algo difícil.
—¿Por qué?
—No nos dejará salir de aquí hasta el día de los concursos.
—Entonces…
—Entonces –prosiguió David—, eso quiere decir que no podremos investigar.
—Eso no lo permito yo –saltó Dinamita, y saliendo por la puerta como una centella, bajó al despacho de la señora Sara.
—¿Puedo entrar? –preguntó.
—Pues claro Sandy, ¿qué deseas?
—Pues verá, yo quiero decirle que…
—Anda, sigue.
—Verá, mis amigas y yo hemos decidido hacer una fiesta y…
—¿Una fiesta, para qué?
—Pues para celebrar el… aniversario de los padres de Kati; ella siempre lo celebró junto con ellos.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Pues… que si nos deja salir al pueblo a comprar pasteles.
—Tengo terminantemente prohibido que salgáis de aquí hasta el día de los concursos.
—Lo sé, pero es que a Kati le haría tanta ilusión…, se siente tan triste…
Y en vista de la tristeza de Dinamita la señora Sara accedió.
—¡Muchas gracias!
Dinamita, un poco avergonzada por sus mentirijillas, pero muy contenta porque se había salido con la suya, subió las escaleras y se dirigió a la choza, como ella solía llamarla.
—¡Lo he conseguido, lo he conseguido!
–¿Has conseguido el qué? –preguntó David.
—¡Que nos deje salir! –sonrió Dinamita.
—¿Y cómo lo has hecho? –preguntó Elisabeth.
—¡Eso no importa ahora! Lo importante es que podemos salir y ahora mismo.
—Eres un sol –dijo Karen.
—Pues si es así, vámonos ya.
—¿No vamos a buscar a Joseph? –preguntó Kati.
—No –dijo David.
Dicho esto salieron todos de la habitación y se dirigieron a la calle.
Bajaron al pueblo. Dinamita se dirigió hacia una pastelería, la del señor Bouster. Los demás no sabían el porqué de ir a una pastelería, pero ellos seguían a Dinamita.
—¡Buenos días, pequeños! –dijo el señor Bouster—. ¿Cómo estáis y qué queréis?
—Vengo a comprar dos pasteles –dijo Dinamita.
Sus compañeros no sabían para qué compraba aquellos pasteles pero no hicieron caso.
—¿Vais a celebrar una fiesta?
—Sí –respondió Dinamita—, se trata del aniversario de bodas de los padres de Kati.
Al instante, todos lo comprendieron y se echaron a reír.
—¿Os habéis enterado de algo horrible? –preguntó el pastelero.
—No, ¿de qué se trata?
—Me han informado que se acaba de escapar de la cárcel el asesino de Jack Gilbert.
—¿Qué? ¿Jack el Destripador? –preguntaron todos con cara de horror.
—Sí, o sea que ya podéis ir con cuidado, es muy peligroso, mucho.
Los rostros de los chicos demostraban horror, miedo, pánico. ¿Podría haber sido Jack el Destripador quien se hubiese apoderado de Albert?
Despidiéndose del pastelero salieron rápidamente a la calle y tomaron el camino del internado. ¿Se encontrarían por el camino con Jack el Destripador?
No tardó mucho en oscurecer. Nuestros amigos aún no habían llegado al internado.
—Tengo miedo –exclamó Karen.
—Vamos, tenemos que llegar, no podemos quedarnos aquí –dijo Kati.
De repente, David gritó:
—¡Me parece que nos hemos equivocado! Esta no es la carretera que conduce al internado.
Fue entonces cuando Karen estalló en un llanto no muy corriente en ella.
—Vamos, Karen, no llores. No será ni la primera ni la última vez que nos ocurre esto. Anda, enjúgate esas lágrimas y no llores más.
—¿Cómo sabes que esta carretera no es la que va al internado, David? –preguntó Dinamita.
—Pues porque cuando vinimos no estaba esta casa.
—Ni tampoco estos bosques –añadió Elisabeth.
—Debemos seguir adelante pase lo que pase y encontrar a Albert –animó David.
—¿Crees que Albert tiene algo que ver con Jack el Destripador?
—Que tenga algo que ver, no; pero que le haya podido coger, Sí.
—Entonces… ¿Pensáis que Albert pueda estar en manos de ese asesino? –preguntó Karen horrorizada.
—No se ha confirmado nada, pero no os debe de extrañar.
Linterna en mano y paso firme continuaron su camino.
—A algún sitio llegaremos –suspiró Elisabeth.
—De eso estoy segura –contestó Kati burlándose.
En el recodo de un camino había un coche. Negro, tan negro que parecía carbón; en fin, que a nuestros amigos les olía a asesino.
—Este coche no me gusta nada.
—Y menos en una montaña así –exclamó David.
—¡Oh, es cierto! –gritó Dinamita—; estamos en la montaña.
—¿Cómo hemos venido a parar aquí? –preguntó Kati.
—Os conduje yo hasta aquí –respondió David—; pensé que sería más prudente. Por la carretera nos podrían ver, ¿no?
—Creo que tienes razón –dijo Kati.
—¡Chssss! –exclamó David bajando la voz—, creo que viene alguien.
En efecto, alguien venía, pero esa persona no hacía cara de asesino, al contrario.
—Podríamos pedirle ayuda –propuso Karen.
—Nunca confíes en una persona con buena cara –dijo David—. Tú, Elisabeth, ve con Karen y con Dinamita.
—Pero, ¿las tres solas?
—¿Y por qué no? Tú, Kati, ven conmigo.
—Pero ¿qué quieres hacer? –dijo Kati.
—Vamos a investigar en la casa y en el coche que hemos visto antes, pero separadamente. Dentro de un cuarto de hora os espero aquí, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo! –respondieron a coro.
Y cada grupo tomó su camino. ¿Qué ocurriría? Sólo Kati iba segura con David; pero las demás caminaban con tanto miedo que las piernas les flaqueaban.
Todo transcurría en silencio. Kati y David habían llegado ya a las alambradas de la casa. Las demás también se habían acercado al coche.
—Tú ve por ahí –dijo David en voz baja para evitar ser oído.
Kati obedeció y caminó hacia una de las ventanas principales mientras que su compañero se dirigía al balcón.
En cuanto a las chicas, no pudieron descubrir nada en el coche, sólo una pequeña marca que hacía algo así como un águila, o algo parecido. En cuanto esa marca fue vista, Dinamita exclamó:
—¡La contraseña!
Sus compañeras le dieron un golpe de codo.
—¡Estás loca, no chilles tanto!
—Perdonadme –suplicó Dinamita—; no era mi intención.
—¿Por qué has chillado “la contraseña”? –preguntó Karen.
—Este bicharraco lo vi dibujado en la puerta de la pastelería del señor Bouster.
—¿Estás segura?
—Segurísima.
—Será su coche –dijo Elisabeth.
—Ya ha pasado el cuarto de hora y debemos reunirnos con David y Kati.
Corriendo, pero sin hacer mucho ruido, las chicas llegaron al sitio donde debían encontrarse todos.
—¡Todavía no han llegado! –gritó Elisabeth.
—¿Les habrá pasado algo?
—Ya sabes Dinamita que a David le gusta mucho investigar; habrán encontrado algo.
—Tienes razón.
Y en efecto, Karen tenía razón, y mucha. David y Kati habían conseguido entrar en la casa.
—Esta casa no me gusta nada exclamó David en voz baja.
A Kati no le gustaba tampoco y estaba deseando salir de allí para reunirse con sus compañeras.
—David tengo miedo, salgamos de aquí –suplicó.
—Aguarda un momento –y dirigiéndose hacia una alacena, exclamó—: ¿Qué animal tan curioso, no Kati?
—Sí, parece un águila.
—No lo parece, lo es. Bueno, marchemos ya.
Kati suspiró y, agarrada del brazo de David, salió de la casa.
Por fin se reunieron todos.
—¿Habéis descubierto algo? –preguntó Karen.
—Hombre, se puede decir que no –respondió Kati.
—Pues nosotras Sí. ¿Me podéis decir lo que había en la puerta de la pastelería? –preguntó Dinamita.
Nadie contestó durante unos instantes; hubo un silencio absoluto. Después, Kati gritó:
—¡David, el águila!
Todos se escandalizaron.
—¿Habéis visto lo mismo que nosotras, el águila? Preguntó Elisabeth.
–Creo que Sí, si es la misma que hay en la puerta de la pastelería, Sí.
—Pues ya está –sonrió Dinamita.
—Tenemos que volver a la pastelería, quizá Albert esté allí.
–Pero si nos hemos perdido, ¿cómo quieres que regresemos? –sollozó Kati.
—Eso de que estábamos perdidos era antes –dijo David.
—¿Qué quieres decir, que ya no lo estamos?
—Lo de que estábamos perdidos era una equivocación; mirad allí –y extendió el índice hacia una montaña.
—¡El pico Wisvirk! –exclamaron.
—¿Qué os parece? Si tenemos el internado ahí mismo.
—¿Tanto hemos andado? –preguntó Kati.
—Sí, chica, Sí.
—¿Pues a qué esperamos? Que si no llegamos antes de las cinco podemos despedirnos de los concursos.
Corriendo como locos llegaron al internado donde en la puerta parecía haber alguien y no muy contento.
—¿Será la señora Sara? –preguntó Dinamita.
En efecto, era la misma.
—¿Se puede saber dónde habéis estado, sinvergüenzas?
—Celebrando el aniversario de los padres de Kati –dijo Dinamita muy abiertamente.
—¿Cómo, toda la noche? Esto os puede costar las competiciones.
Cuando oyeron estas palabras los chicos ya no hicieron tan buena cara.
Entonces fue cuando Kati dijo:
—Verá, es que nos perdimos al salir de la pastelería del señor Bouster.
—Esto no me sirve como excusa.
—No tenemos la culpa de habernos perdido, señora.
—Eso de que os habéis perdido habrá que comprobarlo. Iré a la pastelería del señor Bouster a ver si estuvisteis allí.
Y girando el rostro, desapareció.
Cuando hubo desaparecido la señora Sara los cinco chicos se quedaron mirando.
—¿Será capaz de ir a la pastelería para saber si hemos ido?
—Ya sabes, Dinamita, que ese diablo es capaz de todo –respondió David.
—Será mejor que subamos a nuestra habitación y hablemos sobre el hecho –propuso Kati.
Subieron a la habitación de las chicas.
—Sentaos, traeré algo de beber –dijo Karen.
—Esto habrá que investigarlo paso a paso –dijo Kati.
—¿Y para qué querrá ese Jack a Albert? –preguntó Elisabeth.
—No te precipites –dijo David mientras acariciaba el pelo rubio de Elisabeth—. Nosotros no sabemos si Albert está en manos de ese asesino. Si es así, quizá lo quiera como rehén, o para matarlo.
—Era sólo un ejemplo.
—Ahora –dijo Kati—, ¿por qué no hablamos del águila misteriosa?
—Tienes razón, lo había olvidado. Decís que ese águila estaba en la puerta de la pastelería. También está en el coche y en el interior de la casa. Eso nos puede llevar a la conclusión de que ese coche es o debería ser del pastelero.
—Pero, ¿no creéis que si ese coche fuera suyo, o que él fuera el destripador lo hubiera dicho? –preguntó Karen exaltada.
—¡Quién sabe! –suspiró Kati.
En ese momento alguien llamó a la puerta.
—¡Soy la señora Sara!
—Pase –contestó una voz débil.
—Acabo de llegar de la pastelería –dijo nada más entrar—. El señor Bouster me ha dicho que ayer y anteayer no ha ido nadie a la pastelería.
—¡Maldición, lo sabía! –gritó Dinamita.
—¿Sabías el qué, que ese buen hombre diría la verdad; que os castigaría por el hecho? Pues yo también sabía, querida Sandy, que me habías engañado. Mañana hablaré con vosotros. Tú, David, ya te puedes ir a tu habitación.
Cuando la señora Sara se hubo marchado, Dinamita se desahogó.
—¡Sabía que ese hombre era el asesino! Sabía…
—Tranquilízate, Dinamita.
—Lo que más me fastidia es que nos vamos a quedar sin concurso de alpinismo –dijo Kati.
—Tienes razón, y eso será dentro de pocos días.
—Será mejor que nos acostemos. Mañana nos espera un día agotador.
Y así lo hicieron. Se acostaron sin cenar.
Cuando estaban medio dormidas, alguien dio con los nudillos en la puerta. Kati se levantó con miedo y abrió. Era David.
—¿Qué haces por aquí?
–Tengo algo muy importante que deciros. Albert no está perdido ni en manos de Jack. Albert está en su habitación armando un gran alboroto con sus compañeros.
—¿Estás seguro de que es él?
—Segurísimo. Y ahora me voy. No sea que me pillen levantado.
—Maldito crío… –Y se tiró de tal manera en la cama que acabó de despertar a las demás.
—¿Qué ocurre, Kati?
—Ha venido David y dice que Albert está en su habitación.
—¿Qué? –chillaron las tres a la vez.
—Sí, chicas, como oís. Lo peor del caso es que no sabemos por qué se ha escondido y por qué el señor Bouster dijo que no había ido nadie a la pastelería desde hacía dos días. De verdad que no lo entiendo.
—¡A lo mejor Albert tiene algo que ver con ese hombre! –poniéndose las manos a la cabeza, gritó Elisabeth.
—Quién sabe, todo esto es tan raro…
Las cuatro chicas se pusieron a dormir, cada una envuelta en sus pensamientos: Kati pensaba en la relación que podía existir entre Albert , el pastelero y Jack el Destripador; Elisabeth pensaba en las montañas, es decir, “el águila”; Karen, por más que daba vueltas a sus pensamientos no conseguía entender por qué el señor Bouster le había dicho a la señora Sara que no había ido nadie a comprar en dos días; y Dinamita, como ya estaba harta del tema, se puso a pensar en los concursos que faltaban.
A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol entraron por las rendijas de la ventana.
—¡Buenos días! –saludó Kati.
—Buenos días –respondieron las demás con voz de sueño.
Mientras éstas se vestían, la señora Sara había llamado a David para interrogarle.
—Quiero que me expliques todo cuanto pasó, desde que os fuisteis con Joseph hasta que desapareció Albert Winter.
—Sí, señora.
David empezó a hablar:
—Nosotros salimos después de que usted nos diera el permiso. Nos dirigimos a los montes que hay detrás de las ruinas de la vieja iglesia. Empezamos a subir la cuesta que lleva a la cima.
—Pero esto no es practicar el alpinismo –interrumpió la señora Sara con tono severo.
—Ya lo sé, pero nosotros no íbamos a practicar el alpinismo sino a andar para estar en forma.
—Bien; sigue explicando tus mentiras.
David se enfureció y tuvo la tentación de gritar.
—Cuando llegamos arriba nos sentamos para descansar. Después de estar sentados un largo rato, charlando, volvimos a bajar y regresamos aquí.
—¿Se puede saber de qué hablabais?
—Pues de nuestras cosas.
La señora Sara se molestó.
—Seguro que hablabais del plan que estáis llevando a cabo, ¿no?
—No, señora, nosotros no llevamos ningún plan. El que debe de llevar un plan, y gordo, es Albert.
—Albert llegó ayer y me reveló que vosotros le habíais atado en la montaña y que no pudo librarse de las cuerdas hasta ayer.
Los ojos azules de David se oscurecieron de ira, apretó los puños y dijo:
—¡Ese idiota de Albert!
—¡No permito que uses ese vocabulario delante de mí! Quedas castigado y no participarás en el concurso de alpinismo. Yo resolveré esto.
David salió del despacho dando un gran portazo. Subió las escaleras corriendo y se dirigió a la habitación de las chicas.
—¡Buenos días, David!
—Buenos días –respondió David sentándose en una de las camas.
—¿Qué te pasa? –preguntó Kati mientras le servía una chocolatina.
—Que esa mujer me ha castigado y me ha dicho que Albert…
David les explicó la entrevista que había tenido con “La Joyas”, mote que obtuvo la señora Sara desde que David se enfadó con ella.
—¡No es posible! –dijo Karen.
—Sí que lo es –respondió David—, y ahora ese mocoso sabrá quién soy yo.
—¡No le hagas nada, David, te pueden expulsar! –suplicó Kati.
—No importa; quiero dejar este caso bien claro.
Y dicho esto desapareció, dirigiéndose a la habitación de Albert.
—¿Qué quieres tú ahora? –preguntó Albert con voz despectiva.
—Vengo a ajustarte las cuentas. ¿Por qué le dijiste a la señora Sara que te habíamos atado?
—Porque es verdad –respondió Albert mientras le tiraba a David agua en la cara.
—¡Eres un…!
David se lanzó hacia Albert y le dio el primer puñetazo de la pelea. A mitad de la invasión llegó Kati seguida de las demás.
—¡Albert, déjalo! –gritó Kati.
—¡David, por favor, le vas a matar! –gritó Karen.
En efecto, David le llevaba ventaja puesto que tenía quince años mientras que Albert sólo tenía doce. Cuando terminó la pelea David salió corriendo para lavarse la cara que le sangraba mientras que Albert se sentó en la cama y se quedó mirando a las chicas.
Como la señora Sara había oído el jaleo subió a la habitación de Albert y al verle lleno de morados, preguntó:
—¿Qué ha pasado aquí?
—Nos hemos peleado –contestó Albert.
Y al ver a las chicas allí pensó que eran ellas las que se habían peleado.
—Bueno, bueno, ya son cinco sin concursar.
Las chicas trataron de protestar pero la Joyass se fue. Las chicas dieron su última mirada a Albert y se fueron.
—¡Maldita mujer! –dijo Kati dando una patada al suelo.
Llegaron a la habitación y allí estaba David echado en una cama.
—¿Te ha hecho daño? –preguntó Elisabeth.
—Más que yo a él, no creo.
—¿Por qué te has peleado?
—Porque quería darle su merecido.
—Ahora somos cinco sin concursar –dijo Dinamita lamentándose.
—¿Cinco, por qué? –preguntó David.
—La Joyass se pensó que nosotras nos habíamos peleado con Albert, como tú no estabas…
—¡Eso no lo permito yo!
Y dicho esto, David salió de la habitación. Bajó al despacho de la señora Sara.
—¿Qué quieres, David?
–Vengo a aclarar una cosa.
—¿Qué llevas en la cara?
—Eso venía a aclarar. Fui yo quien me peleé con Albert, no ellas. Quiero que no las castigue, no tienen la culpa.
—Está bien; pero no creas que porque hayas sido honrado quedarás libre de tu castigo.
—Eso ya lo sabía.
Y salió de la sala.
—¡Chicas, estáis libres de castigo!
—¿Qué?
—Lo que oís.
—¿Y cómo lo has hecho?
—Pues muy sencillo, diciendo que vosotras no os habéis peleado con Albert.
—¡Oh, gracias, David! –dijo Kati—, pero ahora eres tú quien no va a concursar.
—Es igual, no me importa.
—Me gustaría ir a casa del señor Bouster —dijo Dinamita.
—¿Y qué vas a conseguir con eso? –preguntó Karen.
—No sé, a lo mejor descubro algo.
—¡Ahora que me acuerdo! Joseph fue contigo, ¿no, David? –preguntó Elisabeth.
—Tienes razón; con todo el jaleo me he olvidado.
—¿Por qué no habrá venido? –preguntó Kati.
—¡Iré a buscarlo! –dijo David.
—Pero no le digas nada de nuestra investigación –advirtió Karen.
—¡Descuida! –gritó David mientras salía de la habitación.
—¡Eh, Joseph! Ven un momento, por favor.
—¿Qué quieres?
—¿Puedes subir conmigo a la habitación de Kati Blaker?
—¡Bueno, aguarda, ahora subo!
David regresó a la habitación seguido por Joseph.
—Problemas –dijo Dinamita—. Entra.
—¿Qué llevas en la cara? –preguntó Joseph mirando a David.
—Me he peleado con Albert.
—¿Con Albert, acaso está aquí?
—Sí, chico, Sí –dijo Kati—. Está aquí y, además, con mentiras.
—¿Por qué? –preguntó Joseph.
—Albert ha confesado que le habíamos atado.
—¡Maldito crío!
—Lo que me extraña –dijo Karen—, es que la Joyas no te entrevistase a ti, Joseph, porque lo ha hecho con todos.
—Y que no te castigara –incluyó Dinamita.
—Será porque Joseph es el preferido de la Joyass –bromeó Karen.
—No creo, con lo mal que me cae esa mujer…
—A lo mejor a ti te cae mal, pero tú a ella, no.
—Bueno, de todas maneras se tendrá que averiguar por qué no te ha entrevistado.
—Como queráis.
Joseph, después de tomar unas pastas con sus amigos, regresó a su habitación. “Yo no sé qué pasa, pero la Joyass siempre me excluye de todo, de cualquier trastada, de cualquier desaparición”, se decía Joseph a Sí mismo. Él no comprendía el porqué de todo aquello, no se hacía la idea de que él podía tener algunas relaciones con la señora Sara.
En efecto, Joseph era pariente de la señora Sara. El hermano de ésta estaba casado con la madre de Joseph; por lo tanto, la señora Sara era la tía más próxima de Joseph, hijo de Tom Andrews. Pero lejos estaba Joseph de sospechar cualquier relación familiar con la Joyass.
Mientras tanto, en la habitación habían organizado una asamblea.
—¿Qué vamos a hacer para averiguar lo de Joseph? –preguntó Elisabeth.
—No sé; sería bastante arriesgado pedir una explicación a la Joyass, es capaz de armar la marimorena.
—Me parece que tienes razón, Kati –dijo David—; esa mujer es capaz de todo.
—Lo podemos intentar –dijo Dinamita—; después de todo, ya estamos castigados.
—Pero, ¿quién se entrevistará con ella? –preguntó Elisabeth.
—Yo mismo –se ofreció David.
—Está bien –dijo Kati—, pero ten mucho cuidado; depende del día que tenga es capaz de sacarte del cole.
—Tendré cuidado.
—¡Trato hecho! –gritaron.
Al día siguiente, David bajó a entrevistarse con la señora Sara. Ésta le recibió como de costumbre, con mala cara últimamente.
—¿Qué se te ofrece? –preguntó.
—He venido a hablar seriamente con usted.
—¿Más excusas para que te quite tu castigo?
—Pues no, sólo he venido para aclarar una cosa y preguntarle otra.
—Te escucho –dijo con impertinencia.
—Verá, quiero aclarar en nombre de Kati, Dinamita, Elisabeth, Karen y Joseph y…
—¿Has dicho Joseph? –preguntó levantándose con un gesto brusco.
—Sí, he dicho Joseph, por eso estoy aquí; pero deje que termine con mi aclaración. Todo lo que usted imagina, todo lo que usted crea sobre nosotros es mentira.
—¿Y qué querías decirme sobre Joseph? –preguntó, volviendo su rostro para que David no percibiera su enrojecimiento.
—Quería preguntarle por qué usted no interrogó a Joseph; él también vino conmigo cuando desapareció Albert.
La señora Sara no contestó. Después de un prolongado silencio cogió a David por el brazo y dijo:
—¿Cómo te has atrevido a hacerme esa pregunta? ¿No sabes que podría echarte de aquí por grosero?
Los ojos azules de David se oscurecieron de ira; sus rubios cabellos parecían tornarse grises. Después, la señora Sara le soltó y señaló la puerta con el índice.
—Por ahí has venido y por ahí te irás, puede que para no volver.
David cruzó la puerta tan veloz como un trueno en la noche. Después abrió la puerta de la habitación de las chicas donde éstas esperaban con impaciencia.
—¿Qué te ha dicho? ¿Has averiguado algo?
David tuvo que contestar a un millar de preguntas. Al final, dijo:
—Creo que tendré que deciros adiós; será un adiós muy triste.
—¿Te ha echado? –preguntó Kati tomando a David de las manos.
—Sí, creo que Sí.
—¡Oh, David, no te mereces semejante cosa! Tú, sólo tú te has atrevido a conversar con esa bruja; sólo tú le has arreglado las cuentas a Albert, tú dices la verdad. ¿Por qué?
—Será por eso; el porqué. No entiendo por qué uno diciendo toda la verdad salga con todas las penas por delante. ¡En fin! –suspiró.
—¡Esto no puede quedar así! –gritó Kati—. ¿Si la Joyass le tiene tanto afecto, por qué no habla él con ella?
—¡Buena idea! –dijo Dinamita.
—Creo que será inútil –dijo David.
—Aún tenemos algunas esperanzas. Hablaré con Joseph –dijo Kati.
Kati salió de la habitación y se dirigió a la de Joseph.
—¿Puedo pasar, Joseph?
—¡Hola, Kati!
—¡Hola Joseph, hola Andy!
Andy era el joven compañero de Joseph; tenía tan sólo trece años.
—¿Podría hablar a solas contigo, Joseph?
—Pues claro que Sí.
—Vayamos al jardín.
Cuando llegaron al jardín…
—Oye, Joseph, lo que te quiero decir es muy serio.
—Te escucho.
–Siento no habértelo dicho antes. ¿Te acuerdas cuando fuimos a la ciudad para celebrar el aniversario de bodas de mis padres?
—Pues claro.
—No fuimos a celebrar el aniversario de bodas.
—¿Ah, no? –preguntó Joseph extrañado—. ¿Entonces?
Kati le explicó todo lo que había sucedido. Joseph no comprendía por qué no habían recurrido a él.
—¿Entiendes la situación? Ahora David está expulsado de aquí.
—Cuenta conmigo, Kati. Hoy mismo iré a hablar con esa urraca.
—¡Muchas gracias, Joseph! Que tengas suerte.
La entrada inesperada de Joseph en el despacho de la señora Sara produjo en ésta una reacción brusca.
—Ho… hola… Joseph… No te esperaba.
—Lo sé, he venido a hablarle en serio. Quiero un porqué a la expulsión de David.
—¡Escúchame, Joseph! No porque sea tu tía tienes derecho a levantarme la voz –gritó molesta.
—¿Qué, mi tía?
La señora Sara se mordió los labios.
—Sí, hijo mío, tu tía.
—Nunca pude imaginar que tuviera una tía tan cruel con sus alumnos.
—No expulsaré a David pero, por favor, ¡no digas nada a nadie! –suplicó.
Joseph no escuchó y salió de la sala.
—¡Desgraciado de mí!
Joseph no entendía por qué su familia no le había hablado de esta relación entre la Joyass y él. A pesar de todo se sentía contento; gracias a su relación familiar, David no iba a ser expulsado.
Se dirigió a la habitación de las chicas.
—¡Hola! –gritó Karen, que fue la primera en advertir su presencia.
—Hola.
—¿Qué tal te han ido las cosas?
—No muy bien, pero al menos David no será expulsado.
Al oír esas palabras, Kati lanzó un grito de alegría.
—¿Cómo lo has conseguido? –preguntó seguidamente.
—Por favor, no me hagáis preguntas; lo importante es que David no se vaya.
Las chicas se extrañaron un poco pero, aunque ardían de curiosidad, no hicieron más preguntas a Joseph.
Kati salió de la habitación y se dirigió a la de David para darle la buena noticia. Al llegar delante de la puerta, se armó de valor y llamó. Una voz apagada contestó:
—Adelante.
Kati entró en la habitación.
—Hola, Andy, ¿dónde está David?
—No lo sé pero, en estas circunstancias ¿qué mejor sitio que el jardín para reflexionar?
Kati dio las gracias a Andy y se deslizó como un cohete por las escaleras.
Al llegar al jardín, vio a David sentado bajo un sauce, apoyado en el tronco del mismo, y con las manos en la cara. Kati se acercó, le acarició sus rubios cabellos y le miró a los ojos apartándole las manos del rostro.
—David, no llores.
David le miró y sollozando dijo:
—Será, será muy difícil olvidaros. Cuando me vaya de aquí, en mi corazón quedará un notable vacío, y yo no quisiera… yo…
Kati no le dejó terminar.
—David, no vas a tener que olvidarnos, ni en tu corazón quedará un vacío ir restaurable. No te vas.
David se levantó asombrado.
—¿No será una broma, verdad?
—Con esas cosas no se bromea.
—Y, ¿y cómo lo habéis conseguido?
—Eso no importa; lo que importa ahora es que no te vas.
—¿No habréis dicho ninguna mentira para que no me vaya, y después que os culpen a vosotras?
—No, no, nada de eso; anda, ¿me acompañas?
—¡Pues claro! –contestó él dando un grito de alegría.
Corriendo, cruzaron el jardín y a su paso se cruzó la señora Sara.
—¡Hola, David! Supongo que estarás contento; creo que obré mal al querer expulsarte, lo siento.
Y diciendo esto, se alejó.
Al llegar a la escalera, disminuyeron el paso. Fue entonces cuando David preguntó:
—¿Tenéis planes para la investigación de lo que ha ocurrido?
—No, te esperábamos a ti.
Llegaron a la habitación donde las compañeras habían preparado unas pastas y unas bebidas.
—Sentaos y comed, bebed; se ha de celebrar –gritó Dinamita.
Después de comer algunas pastas, David preguntó:
—¿Habéis pensado más sobre el águila?
—¡No!, lo habíamos olvidado –dijo Elisabeth.
—Pues habrá que reflexionar.
—¿Cómo podríamos volver a salir de este cementerio? –preguntó Karen.
—Sería bastante difícil esta vez.
Entonces, Joseph dijo:
—Os he de confesar algo muy importante.
—¿De qué se trata?
—Sé que será un poco difícil que lo entendáis; a mí también me costó. Soy el sobrino de la Joyass.
—¿Queeeeé? –preguntaron a coro.
—Por eso David no ha sido expulsado. Y ahora, si hablo otra vez con ella, quizá os deje salir.
—Pero, ¿por qué no nos lo dijiste antes? –preguntó Kati.
—Lo siento. Yo también me enteré esta mañana.
—¿No lo has sabido hasta entonces?
—No.
—Quizá ahora sea más fácil la investigación –dijo David.
—Haré lo posible.
Y dicho esto, Joseph se retiró.
—¡Qué raro! –dijo Dinamita.
—Olvidemos este caso y salgamos a tomar el sol –propuso Karen.
Y así lo hicieron.
Una vez en el jardín…
—¡Mirad ese hombre! –dijo Elisabeth—. No lo había visto por aquí.
Todos dirigieron su mirada hacia aquel hombre que pasaba por el bosque. Era un tipo alto y tenía cara de pocos amigos.
–Este hombre no me gusta nada –dijo Kati bajando la voz.
—Aguardad aquí –dijo David—. Me acercaré a él y le diré algo.
—Ten cuidado.
David se alejó de las muchachas. Dio la vuelta al bosque para llegar por detrás y no mostrar a primera vista el desprecio que le producía ese hombre.
—¡Hola, señor! ¿Tiene hora?
El hombre se giró bruscamente y agarró a David por el brazo.
—¡Suélteme, asesino!
El hombre le dio una bofetada en la cara y David se cayó.
—Como digas algo o chilles, te arrancaré el cuello.
David miró su hombro desnudo y cuál fue su sorpresa al ver un águila tatuada en su piel. Pero no dijo nada.
Entonces, al girar por un atajo que conducía a las piscinas, Kati se plantó delante del hombre y dijo:
—¡Suelte a ese chico!
El hombre miró a Kati extrañado.
—¿Cómo te atreves a levantarme la voz, muchacha?
Y tomó a Kati con su otro brazo. Entonces David aprovechó la oportunidad para soltarse y, corriendo hacia las demás chicas les dijo:
—¡Venid a ayudarme, ese hombre es Jack el Destripador! Lleva la marca del águila en el hombro izquierdo.
Las chicas corrieron hacia el hombre… pero éste ya se había llevado a Kati.
—¡Maldición! –gritó David.
—¡Se la ha llevado! –gritó Dinamita.
—No debemos alarmarnos –dijo David—, a lo mejor conseguimos alcanzarla.
Corrieron hacia la carretera y cuando hubieron llegado vieron el coche que días antes encontraron en la montaña.
El hombre estaba dentro con Kati y la frente de ésta estaba amenazada por la punta fría de una pistola. En el techo del coche había un altavoz que iba a ser conectado.
Kati no manifestaba ningún miedo. El hombre hablaba con ella pero sin apartar el cañón de la pistola de su frente.
—Vamos a pedir una gran cifra por tu rescate, chiquilla; pero presta atención, si ese chico dice algo a la policía, este gatillo que ahora reposa, será pulsado por mi propio dedo.
Cuando el hombre giró la cara vio a una chica que se acercaba palpando el aire. El hombre extrañado, preguntó:
—¿Hay chicas ciegas en este colegio?
—Sí –dijo Kati dándose cuenta de que Dinamita estaba tramando algo.
Dinamita chocó con el coche justo al lado de la puerta donde se encontraba Kati y, tocándose la pierna como si se hubiera hecho daño, gritó:
—¿Hay alguien en este coche?
El hombre abrió la puerta del coche y dijo:
—¡Hola, pequeña! Soy el marido de… de… la señora Sara.
—¡Tanto gusto en conocerle! ¿Le importaría acompañarme? Es que no sé dónde estoy.
El hombre dijo algo al oído de Kati y salió del coche. Cogió la mano de Dinamita y se dispuso a llevarla hacia la carretera donde estaba la puerta de entrada. Entonces, de una esquina salieron David y las chicas que se lanzaron sobre el hombre.
Dinamita cogió la pistola que fue disparada al aire. Entonces llegó Kati que también tomó parte en la batalla. Al fin el hombre cayó al suelo sin ánimos de pelear.
Al ruido del tiro llegaron los demás alumnos.
—¿Qué ha ocurrido? –preguntó la señora Sara que llegó más tarde con Joseph.
Al ver al hombre tendido en el suelo, gritó:
—¡Jack el Destripador!
—Así es –dijo Kati—, supongo que ahora nos creerá.
La señora Sara se sonrojó.
Claro, claro… Fui una estúpida al no creer lo que me contabais.
La señora Sara llamó a la policía. Ésta no tardó en aparecer y se llevó al hombre.
Kati iba con ellos para ser juzgada pues fue ella la elegida. Por el camino preguntó al comisario:
—¿Por qué esa marca del águila?
—Mira, cuando Jack y el señor Bouster se unieron para formar un complot decidieron hacer esta señal. Ello era debido a que si uno de ellos, por mil cosas, acudía a la policía para denunciar al otro, el denunciado podría justificar la culpa del otro por esa marca hecha con fuego. ¿Entiendes?
—Sí, pero ¿por qué hay esa señal en la puerta de la pastelería, en el interior del coche, y también en la casa de la montaña?
—No se sabe, creemos que era para disimular.
Kati ya no dijo nada más hasta llegar a la pastelería.
Cuando estuvieron allí…
—¡Maldito Jack! ¡Dije que no lo hicieras! Ahora te ha cogido la policía y mi hijo sigue allí esperando noticias –dijo el señor Bouster.
—¿Quién es tu hijo? –preguntó el comisario.
Como ya no había nada que hacer, el pastelero dijo:
—Albert, Albert Winter.
—¿Queeeé? –gritó Kati.
Entonces comprendió todo lo que había pasado. Albert desapareció porque daría noticias a su padre y a Jack de lo que ella y sus compañeras estaba planeando.
La policía se llevó a los dos hombres a la cárcel y después fue juzgada Kati. Cuando salieron del juicio la policía fue en busca de Albert.
Kati explicó a sus compañeras lo que había pasado, todo lo referente a la desaparición de Albert etc.
—¡Estupendo! –gritó Elisabeth.
—Ahora ya falta menos para el concurso de alpinismo –murmuró Karen.
Al decir esto, Kati bajó los ojos y se entristeció.
—¿Qué ocurre? –preguntó David.
—Que nosotras estamos hablando tan tranquilas del concurso de alpinismo y tú no puedes concursar.
—No me importa –sonrió David.
Joseph salió apresuradamente de la habitación y se dirigió al despacho:
—¡Tía, tía! Tengo que decirte algo…
—¿De qué se trata?
–Tú castigaste a David sin participar en las competiciones de alpinismo. ¿Por qué no le perdonas?
—Eso Sí que no; ya hice bastante con no expulsarle.
—Pero…
—No se hable más.
Llegó el día del concurso. Los participantes estaban ya preparados.
—¡Atención! –gritó la señora Sara por un altavoz—. ¡Todos los participantes que se sitúen al pie del monte! ¡Dentro de breves instantes empezará el concurso de alpinismo! Ya sabéis que el primero que llegue deberá agitar la bandera del instituto en la cima.
Había gran expectación. El pito de salida sonó.
Todos se daban prisa en forzar sus cuerdas y ganchos para llegar los primeros. Kati estaba en cabeza y detrás iban Joseph y Karen.
Al final Kati pisó la cima. Llena de alegría agitó la bandera gritando:
—¡Gané, gané!
Gritos de hurra brotaban de todas las bocas. David, aunque triste, estaba contento por la victoria de su mejor amiga.
Un “jeep” subió a la montaña por la carretera. Cogieron a Kati y la bajaron donde estaba todo el mundo. David la subió a sus hombros ayudado por otros chicos.
Kati recibió una gran copa de plata con un grabado en oro que decía: “Instituto Sara Inger. Concurso de alpinismo 8—VII—1980”.
Por la tarde se celebró un gran banquete y todas las bocas gritaban:
—¡Que hable Kati!
Y así lo hizo:
–Sólo tengo que deciros a todos que esta copa no me pertenece.
Todos se quedaron asombrados.
—Si David Hansen hubiera participado, él habría ganado. Por lo tanto, ¡se la entrego a él!
Joseph y Andy alzaron a David y lo pusieron sobre la mesa.
—Yo, yo estoy muy agradecido pero esta copa no me pertenece –dijo David.
Pero Kati le puso la copa en los brazos y besó sus mejillas.
—¡Quédatela!
David se sonrojó. De sus bellos ojos azules, brotaron lágrimas de alegría.
—¡Gracias, gracias! Nunca podré olvidar este día. ¡Un hurra por Kati!
Con toda la fuerza de sus pulmones los compañeros gritaron:
—¡Hurra, Kati!
Sant Pere de Ribes, 8 de marzo de 1980.