Un corazón sin lugar para el amor

Aquí tenéis mi tercera creación, escrita del 21 al 25 de junio de 1980. Un dramón con todos los componentes, alguno tan exagerado que no sé si me pone los pelos de punta o me llama a la risa. No os perdáis el paso del tiempo… si es que con trece años yo ya sabía que transcurría tan rápido que una no se daba ni cuenta. Fijaos también en los estereotipos… muy propios de la época y de la educación que recibíamos así como de cuanto veíamos a nuestro alrededor.

Inicio de la obra

CAPÍTULO 1

San Juan Pescador era un pueblo de gente pobre; de gente que luchaba por seguir adelante; de gente que se esforzaba y trabajaba por conseguir el pan de cada día. Al atardecer, las pequeñas casas blancas relucían a la luz de la luna y de las estrellas y, los ancianos pescadores, aquellos que habían pasado su vida en el mar, con la caña en la mano, explicaban a sus nietos viejas fantasías marineras y antiguas leyendas de ogros piratas y gigantes submarinos. Durante el día, las madres fregaban la ropa y dejaban las casas relucientes. Los niños ayudaban a sus padres en las faenas marinas y otros trabajaban en el puerto.
Aquella mañana, los viejos lobos de mar se habían reunido en una taberna y batallaban por conseguir solución a un grave problema.
—¡Lo sabemos, lo sabemos! –repetían una y otra vez.
—Entonces, dejad que yo os explique el problema: el alcalde y las demás autoridades de Lorenzo nos prohíben pescar en sus aguas y anclar en sus puertos. Pues bien, lo único que tenemos que hacer es irrumpir en ese territorio y no retirarnos.
—¡Eso no es solución!
—Pues si no es solución, mañana nos reuniremos de nuevo y ya me la daréis.
El viejo Cristóbal, jefe del puerto de San Juan, salió irritado de la taberna y se dirigió a su casa.
—Nunca están de acuerdo y siempre tienen soluciones. Cualquier día de estos, me retiraré y entonces se las tendrán que arreglar ellos solos.
Al llegar a su casa, su mujer, Elisa, mucho más joven que él, no le esperaba como de costumbre en la puerta. Cristóbal se alteró y corrió hacia el porche.
—¡Elisa, Elisa!
Pero a sus gritos sólo acudió un gran perro seguido por un hombre.
—¿Qué ocurre? ¿Dónde está mi mujer?
—Tranquilo, tu mujer está bien y con una preciosa criatura.
—¿Cómo? ¿Ya ha tenido un niño?
—Sí, y un niño muy guapo.
Cristóbal entró en su casa y corrió a la habitación de su mujer.
—¡Elisa, un niño!
—No chille tanto –advirtió el hombre que momentos antes había salido al encuentro suyo.
Cristóbal se sentó al lado de su mujer que todavía se quejaba de los dolores del parto.
—¿Cómo le llamaremos?
—Daniel, como su abuelo. Siempre deseé que si alguna vez tuviera un hijo, se llamase así.
—¿Y por qué no le ponemos mi nombre?
—NO, es preferible que se llame Daniel; ese nombre da suerte a los que han de ser marineros.
—Está bien. Toda tu vida has sido supersticiosa; no podrías romper la tradición.
—Bueno –interrumpió el doctor—, yo me tengo que ir. Si surge algún problema no dude en llamarme.
El doctor salió de la casa y pensativo se dirigió a su casa.
—Una nueva criatura –suspiró—. Parece que no se dan cuenta de que en este pueblo somos pobres y que apenas pueden comer los habitantes que hay actualmente. Pero este niño, por el día y por la hora en que ha nacido, en el futuro será algo grande.
Con las predicciones metidas en la cabeza, Manuel llegó a su casa.
—¡Buenos días, mujer!
—Hola, viejo, ¿qué tal ha ido hoy?
—No me hables…
—¿Por qué, qué ha pasado?
—Ya tenemos una nueva boca que alimentar.
—¿Cómo? ¿Quién ha sido el afortunado?
—¿El afortunado? Llámalo como quieras. Han sido Cristóbal y Elisa.
—¡Oh, qué ilusión! Toda su vida habían deseado un niño.
—Y se han salido con la suya. Ahora que pesquen y trabajen más.
—No seas tan avaro; si traer un niño al mundo es lo más bello. ¿Y cómo se llamará el niño o la niña?
—Daniel; y predigo que en el futuro será algo importante.
—Entonces, ¿de qué te quejas?
—Bueno, dejemos este caso.
—¡Qué ilusión! Esta tarde iré a verle y le llevaré una tontería.
—¡Y para el colmo de los males, te vas a gastar dinero, el poco que tenemos, para darle una tontería!
—¡Cierra el pico, Manuel! Por algún lado tiene que verse nuestra cortesía.
Dora salió de la sala donde se encontraba Manuel y se dirigió a la cocina para preparar algo de comer y entregárselo a los hombres que, a mediodía, saldrían de nuevo a la mar.
El sol salió de lleno al caer el mediodía. En las calles no circulaba ya nadie. El fuerte olor a pescado se paseaba por las pequeñas avenidas por las cuales se hallaban detenidos blancos caballos que tiraban de los viejos carros del mercado. En la casa de Cristóbal, los curiosos y los amigos iban llegando poco a poco para ver a Daniel.
Por la mañana, muy temprano, Cristóbal salió de su casa para ir a aquella reunión que el día antes había quedado cortada debido a unos malos entendidos.
—¿Tenéis ya la solución?
—¡Vaya manera de entrar en una taberna, sin dar los buenos días!
—¡Os he hecho una pregunta! No tengo tiempo para vuestras idioteces.
—En vista de que hoy también vienes terco y, además, con un niño, te damos la razón. Métete en las aguas de Lorenzo y no te muevas de ahí hasta que consigas lo que quieres.
—Habláis como si no fuerais a venir conmigo.
—Pero ¿qué dices? ¡Eso son tonterías! Mira que decir que nosotros, tus fieles marineros, no vamos a ir contigo…
—¡Basta de burlas! Me voy.
Y llegó el día en que Cristóbal hubo de partir hacia Lorenzo para estarse allí los años muertos.
Mientras, Daniel fue creciendo y descubriendo los secretos de aquel pueblo. Tenía siete años cuando se dio cuenta de que algo le faltaba. Al contrario de otros niños, no tenía a nadie que le contase viejas leyendas por la noche. No tenía a nadie que le enseñase los misterios del mar, tampoco su valor y riquezas. Daniel se fue dando cuenta de que no tenía padre, de que no le conocía.
—Mamá, ¿por qué todos mis amigos tienen un padre que les cuenta leyendas e historias por la noche y yo tengo que irme a la cama antes de que salga la luna?
—Mira, Daniel, ahora no tengo tiempo de explicarte esas cosas,,, estoy fregando y tengo que preparar la comida.
—Peeero…
—Ya te he dicho que me dejes, que tengo trabajo.
—Está bien, no te molestaré.
Daniel salió a la calle y se sentó a la sombra de un viejo sauce.
—Nunca he entendido a los mayores: les pides una explicación sobre cualquier cosa y siempre tienen faena.
—¡Buenos días, Daniel!
—Hola, señora Dora.
—¿Qué te ocurre, pequeño?
—No, nada, estaba tomando el aire.
—¿Está tu madre en casa?
—Sí, pero no podrá hablar con usted.
—¿Y por qué, tiene faena?
—Sí. Creo que si no puede hablar con su hijo, tampoco podrá hablar con usted. Está demasiado ocupada.
—Me duele mucho que un niño de tu edad tenga que decir eso de su madre. ¿Por qué no vienes a mi casa a comer? Te lo pasarás bien con Pedrito.
—No creo que me deje mi madre. Se lo preguntaré —y con paso inseguro entró en su casa—. Madre, ¿me dejas ir a comer a casa de la señora dora?
—Claro, así no tendré que ir tan deprisa.
—¿Me dejas?
—Pues sí, y vete ya que tengo que terminar esto.
Con alegría y pena a la vez, Daniel salió a la calle y se aferró al brazo de la señora Dora.
—¿El doctor Manuel es el padre de Pedrito?
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Vaya suerte que tiene; al menos conoce a su padre.
—Oh… con las prisas he olvidado decirle a tu madre que esta tarde regresa tu padre de Lorenzo.
—¿De Lorenzo?
—Sí, es un pueblo a diez Millas de aquí y tu padre había ido a ver si podían pescar en ese territorio.
Y tanto tiempo para preguntar si podían pescar en ese pueblo?
—Me temo que no lo has entendido. Pero eso ahora no importa. Viene tu padre y debes estar contento.
—No puedo estar contento porque no le conozco.
—No debes preocuparte por eso. Cuando le veas, él te reconocerá y te llevará al mar para que descubras sus misterios.
—Eso espero.
Durante el camino no se dirigieron la palabra y Daniel se sentía incómodo ante el pensamiento de que aquella tarde iba a conocer a un hombre que decían que era su padre. Al llegar a casa de Dora, Pedrito estaba sentado en el portal jugando con una pequeña flota de madera.
—¡Hola, Daniel!
—Hola, ¿qué haces?
—Mira, me distraigo con esto que me ha hecho mi padre.
Daniel tomó uno de los barquichuelos que había en la flota y preguntó:
—¿Lo ha hecho tu padre
?
—Sí, ¿por qué te extraña tanto?
—No, no es por nada.
—Pedrito, guarda esa flota y vete a jugar con Daniel al puerto o al prado.
—Sí, mamá.
Pedrito tomó a Daniel de la mano y se lo llevó al puerto donde multitud de gente esperaba la llegada de los barcos que venían de Lorenzo.
—¿Tu padre llega en los barcos que están a punto de llegar?
—Creo que sí, pero yo no le conozco y no sabré reconocerle.
—No te preocupes, yo te lo presentaré.
—Fíjate, es mi padre y tú me lo has de presentar.
—Hablas como si fueras un viejo de noventa años. Si no le has conocido, tu padre te conocerá a ti y no debes de avergonzarte por eso.
Andando, se acercaron a un muro desde el que se veía el mar en sus cuatro puntos.
—¿Por dónde vendrán los barcos?
—Creo que por ahí –y señaló con el dedo la parte occidental del mar.
Daniel se puso de pie sobre el muro y levantó sus manos.
—Papá, ¡por fin te voy a conocer!
Y terminada esta frase vio en el horizonte una flota de seis pequeñas barcas y un navío pesquero que se acercaban al puerto con gran rapidez.
—¡Ya vienen, ya vienen!
La gente, allá abajo sacudía sus papeles de color y sus pañuelos blancos. Pero cuanto más se acercaban los barcos, más decaía el ánimo de Daniel.
—Creo que ha llegado la hora de que vayas a conocer a tu padre.
—Sí.
Los barcos anclaron en el puerto y Cristóbal bajó a tierra con un gran grito de alegría.
—¡Tierra mía, por fin!
La gente le rodeaba y le hacía un sinfín de preguntas.
—Por favor, dejadme en paz, estoy cansado y necesito una ducha inmediatamente.
A grandes pasos se alejó del gentío y se tropezó con Daniel y Pedrito.
—¡Buenos días señor Cristóbal! Espero que todo le haya salido bien. Me gustaría presentarle a una persona que…
—Pero es que…
—Otro día, quizás mañana, ¿de acuerdo? –y con estas palabras se alejó de Pedrito y también de Daniel a quien no había reconocido.
—¡Hola, Elisa, mujer mía!
—¡Cristóbal!
—Hola, ¿cómo estás?
—No sabía que veníais hoy, no me habían informado…
—Oh…, cada vez estás más guapa…
—Será de tanto tiempo, tantos años que no me ves. Ahora ven, está la comida puesta y te prepararé una ducha bien fresca.
Al cabo de media hora, Cristóbal se sentó en la mesa frente a su mujer.
—Cuéntame, ¿os costó mucho convencer a esa gente?
—Ya ves, siete años y a duras faenas de supervivencia.
—Pero, ¿os dejan pescar ahora en sus aguas?
—Me temo que para toda la vida.
—¡Oh, eso es estupendo! Se ha de celebrar con un buen vino.
Elisa bajó a la bodega y cogió una botella del mejor vino que se cultivaba en el pueblo.
—¡Bebe!
—Uuuum… esto está buenísimo.
—¿Has visto a tu hijo?
—¡Oh, Daniel!… Me había olvidado de él… ¿Cómo está?
—Bien. Ha ido a comer a casa de Dora, la mujer del doctor.
—Entonces… ¿era él quien iba con Pedrito?
—Si iba con Pedrito, sería él. ¿No le has reconocido?
—No, y tengo que ir a verle inmediatamente.
—Pero, termina de comer…
Cristóbal salió de su casa y se encaminó hacia la casa de Manuel. Cuando estaba cerca, se sonrojó y se avergonzó de no haber reconocido a su hijo. Daniel estaba sentado en un sillón, pensativo, encerrado en sus pensamientos infantiles:
“Ya sabía yo que mi padre, si es que lo es, no se acordaría de mí. Ni siquiera me miró, ni me dirigió la palabra”.
En esas, llegó Cristóbal.
—Buenos días, Dora.
–Hola. Debería darle vergüenza; su hijo está triste porque usted ni siquiera le ha mirado.
—Hay que reconocer que ha cambiado mucho: de pequeño era rubio como el sol; sin embargo, ahora tiene el cabello negro como el azabache. Y los ojos azules. Ahora tiene la pinta de un gran marinero.
—Pero mi hijo le quería presentar a esa persona que era su hijo y usted no le hizo ni caso.
—Dejemos ese accidente y lléveme donde está mi hijo.
Cristóbal se acercó poco a poco donde estaba Daniel y se sentó a su lado.
—Hola, hijo mío, yo…
—Se equivoca, señor, yo no soy su hijo.
—Sé que ha sido una equivocación pero no era mi intención herirte.
—¡Usted no es mi padre!, ¡yo nunca he tenido un padre, nunca! –y salió de la habitación sin mirar por donde iba.
—¡Daniel, vuelve!
Cristóbal se derrumbó sobre un sillón y estuvo a punto de soltar sus lágrimas. Pero estaba tan cansado que no gozó estallar y esperó a calmarse para salir de la habitación.
—Adiós, Dora, hasta mañana.
—Lo siento, Cristóbal. Será mejor que se quede a dormir aquí esta noche; no creo que le guste ir a casa con lo que ha pasado.
—Muchas gracias –y con la cabeza baja salió de la casa y, por el bosque, se dirigió al portal de su vivienda.
—Hola, Cristóbal, ¿qué ha pasado?
—Algo muy grave. Daniel no ha querido reconocer que yo soy su padre y afirma que nunca lo ha tenido.
—Ya se le pasará. ¿No le has traído contigo?
—No; la señora Dora cree que lo mejor es que se quede ahí toda la noche.
—Está bien; pero lo mejor será que mañana temprano le vayas a buscar y le lleves contigo a la mar para que se reconcilie contigo.
—¿Reconcilie, dices? Si nunca ha estado conmigo y nunca me ha conocido.
—Perdona, no era mi intención herirte. Pero lo mejor será que te vayas a la cama y mañana será otro día.
Al caer la noche todo el pueblo apagó las luces y los abuelos contaban a sus nietos las antiguas leyendas que eran ansiadas durante todo el día.

CAPÍTULO 2

A la mañana siguiente en el puerto, los marineros ya estaban preparando las redes y lavando las cubiertas de las barquichuelas. Cristóbal se dirigió a casa del doctor y, tras saludar a Dora, salió a la terraza donde jugaban Pedrito y Daniel y se acercó al último para darle los buenos días.
—Hola, ¿qué tal has pasado la noche?
—Bien, señor.
A Cristóbal le dolía mucho oír en boca de su hijo “señor” en vez de “padre”, pero tenía que agarrarse a las circunstancias.
—¿Quieres venir conmigo a pescar?
—Sí, me gustaría.
—Entonces, date prisa o los barcos se irán sin nosotros.
—Sí, señor.
Cuando Daniel estuvo arreglado partieron hacia el puerto y subieron a las barcas.
—Espero que te lo vas a pasar bien, hijo.
—¡No me llame hijo porque yo no soy su hijo! ¡Yo no tengo padre!
—Perdona.
Al llegar el mediodía, las barcas ya habían hecho una gran pesca. Un marinero joven, hijo del ayudante de Cristóbal, se acercó a Daniel.
—Hola, Daniel. Dile a tu padre que si nos vamos ya o si todavía quiere pescar más.
—Mi padre no trabaja en este barco; yo no tengo padre.
—Escúchame, pequeño: cuando yo tenía tu edad mi padre era el jefe de estas barcas y tampoco le conocí. Ahora tengo veintidós y trabajo y vivo con él, y él me ha perdonado, porque yo mismo me he propuesto conocerle.
—Tú le has conocido, pero yo no. Ni siquiera él me ha conocido y eso no es tener un padre.
—Escucha, Daniel, abre tu corazón; tienes tan sólo siete años, y parece que tengas veinte. Hablas como si fueras una persona que ha tenido mucha experiencia en la vida. Hablas como…, como si hubieras tenido una enseñanza en el seno de tu madre.
—Hablaré como quieras, pero en mi corazón no hay lugar para ese amor que se da a una persona que se hace llamar padre.
—Creo que no me he explicado bien: tu padre no tiene la culpa de que a la hora de tu nacimiento tuviera que partir lejos de aquí.
—¡Yo no tengo padre!
Daniel se alejó de David y se dirigió a la popa del barco para contemplar sus penas a la luz del sol. En efecto, Daniel no había conocido a su padre y debido a que se había tenido que defender con sus pequeños problemas porque nadie tenía tiempo para él, había adquirido una experiencia muy superior a la de un niño de su edad.
Al regresar a casa, su madre les esperaba con la cena preparada.
—¿Qué tal ha ido hoy?
—Bien, como cada día: unos cuantos kilos de pescado y unas sofocantes horas de sol.
—¿Te ha gustado, Daniel?
—Sí, pero no quiero volver. En ese barco parece que me tienen que dar clases de todo y para todo. Sobre todo, David, que me quiere hacer creer cosas que nunca han existido.
—Daniel, él sólo quería hacerte comprender que yo soy tu padre…
Daniel no dijo nada y se marchó a su habitación. Pasó la noche en vela y así una y otra vez durante mucho tiempo.
Aquellos últimos años Daniel había asistido a la escuela pero sin sacar provecho, quizás queriendo, para repetir una y otra vez el curso y no tener que asistir a su casa tan a menudo. Tenía diez años cuando hacía tercero y los profesores estaban algo preocupados por su comportamiento. A las horas de recreo, siempre tenía los mismos problemas con sus compañeros.
—¿Vienes a jugar, Daniel?
—No tengo ganas, dejadme en paz.
—Pero necesitamos a un chico como tú para sostener la piedra…
—Yo no juego a esas cosas.
—Eres un niño insolente, antipático y despreciable.
Daniel no hacía caso y se alejaba de sus compañeros. Hasta que un día la profesora le llamó para hablar con él:
—Daniel, ayer estuve hablando con David, ¿te acuerdas de él?
—Creo que sí.
—Bueno, me habló de tu problema, ese que te afecta desde que tenías siete años. Creo que tus compañeros no te conocen bien y deberías explicarles tu problema.
—Yo no tengo ningún problema. Eso son cosas que se inventan los mayores.
—Entonces explícame qué nombre le pones a lo que te pasa. Tu padre está sufriendo mucho y tú sigues sin reconocer que eres hijo suyo.
—¡Estoy harto de repetir que yo no tengo padre!
—Por favor, Daniel, sé razonable. Escucha, siéntate a mi lado y deja que te explique una cosa.
—¡No quiero oír más cosas! ¡No quiero oír más consejos! No quiero ir más a la escuela…
—Daniel, vuelve!
Pero Daniel no regresó y corriendo llegó al pueblo.
—No quiero ver más a nadie, ¡no quiero!
—Escucha, pequeño, ¿qué te ocurre?
—¿Quién es usted?
—Soy el dueño de esa barca, ésa que ves ahí.
—¿Y qué quiere?
—Podríamos ser amigos y tú podrías venir a pescar.
—¿Cuánto tiempo está fuera de casa?
—Cuanto más, dos o tres meses.
—Está bien, acepto.
—Pero primero tienes que pedir permiso a tus padres.
—Yo no tengo padres, así que puedo venir con usted.
—Bueno, esta tarde zarparemos.
Daniel creía haber encontrado a un buen amigo con quien contar. Aquellos tres últimos años había vivido con Dora y su familia y no se le había permitido ver a sus padres para nada. Por eso, al encontrar a aquel hombre que parecía que iba a ser un buen amigo, se fue con él.
—¿Cómo se llama usted?
—Andrés, ¿y tú?
—Yo me llamo Daniel.
—Oh, qué nombre tan bonito; todos los grandes marineros han llevado ese nombre.
—¿De verdad?
—Sí, mi abuelo se llamaba así, y mi hijo también.
—¿Se ha muerto su hijo?
—No se ha muerto pero se ha ido muy lejos.
—¿Y por qué?
—Es una historia muy larga pero si quieres te la contaré. —Cuando mi hijo nació yo me tuve que ir muy lejos de aquí y al cabo de varios años regresé y fue cuando mi hijo me conoció. Pero como yo no había estado con él, no me admitió como padre. Huía de mí. Siempre que le decían si yo era su padre, él decía que no tenía padre.
—¿Sufrió usted mucho?
—Sí, hijo, sí, sufrí muchísimo; pero mi hijo no me reconocía como padre.
—¿Y qué pasó?
—Pues que mi hijo creció y creció y sólo me reconoció cuando se puso muy enfermo y no tenía a nadie que pagara los gastos del hospital.
—Qué interesado, ¿no?
—No es que fuera interesado, es que se arrepintió de lo que había hecho y se dio cuenta del daño que había hecho a su padre, o sea, a mí.
—Qué triste…
—Sí, es muy triste…
—Podré vivir con usted estos años, ¿verdad?
—No me hables de usted, por favor. Si tienes que vivir conmigo aprenderás a pescar y cuando regreses a tu casa estarás hecho un hombre.
—Yo no iré más a mi casa. Si estuviera mi madre sola, iría; pero hay un hombre que dice ser mi padre y ese hombre no tiene nada que ver conmigo.
—Ese hombre te quiere y…
—¿Acaso le conoce?
—No estoy seguro pero creo que es Cristóbal, el jefe del puerto.
—Eso parece.
—¡En fin! Olvidemos este tema y vayamos a trabajar. Todavía tienes mucho que aprender.
Todas las tardes Daniel y Andrés fregaban la cubierta del navío y quitaban el polvo, el poco que había en los muebles. Por las mañanas lanzaban las redes al agua y las recogían al mediodía, cuando ya todos los peces habían picado o caído en las endiabladas redes. Poco a poco, Daniel se fue olvidando de su familia, de aquel hombre que para él sólo era el señor Cristóbal.
Una mañana…
—¡Daniel, Daniel, despierta!
—¿Qué ocurre, Andrés, a qué viene tanta prisa?
—Creo que va a caer una gran tormenta; debemos regresar o el mar abrirá su boca a nuestra vida.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues que tenemos que ir al puerto inmediatamente.
—Maldita sea, hoy que quería pasar un feliz día de mi cumpleaños pescando en popa y observando el sol…
—Lo siento. ¿Cuántos cumples?
—Creo que trece.
—Parece mentira, hace tres años que estás conmigo y has crecido, te has hecho un hombre.
—Y tú te has hecho viejo.
—Anda, déjate de bromas y vete al timón si no quieres ser engullido por el mar.
—¡Qué divertido! Esto parece una historia de cuentos de marinos.
—Parecerá lo que quieras pero date prisa.
Y a gran velocidad, Daniel cogió el timón y viró hacia el oeste para navegar hacia el puerto. Cuando hubieron entrado la tormenta empezó a caer sin compasión arrastrando las pequeñas barquichuelas que reposaban en el muelle. Todo había cambiado en esos tres años de vida marina. Las casas habían aumentado, el puerto había recobrado mayor pujanza industrial; hasta el mercado había crecido. Todo estaba tan cambiado que ni Daniel ni Andrés supieron regresar a sus casas, no sin la ayuda de un viejo amigo del último.
—Y ahora, Daniel ¿vas a regresar a tu casa?
—Sí, no tengo otro remedio.

CAPÍTULO 3

Daniel se despidió de Andrés y, andando sin rumbo por las pequeñas calles llegó a un puente. Se sentó en uno de los lados apartados de la gente y cogió un puñado de piedras para lanzarlas al agua mientras pensaba.
“Vaya vida, encuentras a una persona que te cuida, que te da de comer, que te enseña los secretos de la pesca, los misterios del mar, después, una tormenta, una tormenta caprichosa, se echa todo abajo y ¡hala! A empezar de nuevo. Y ahora yo aquí solo otra vez, sin nadie que me dé de comer, sin nadie que me cuide. Porque si vuelvo a mi casa, no me dejarán en paz, como cuando era pequeño”.
Se levantó y otra vez anduvo y anduvo sin rumbo, sin destino. En una orilla donde ya el pueblo no extendía su jaleo, Daniel encontró una barca y la tomó.
—Esta chatarra me llevará a algún sitio. El viento de la tormenta que acaba de cesar me arrastrará a alguna parte. No importa donde sea ni donde vaya a parar.
Se sentó en uno de los banquillos y no tardó en dormirse. Y toda la tarde y toda la noche de aquella dura jornada la pasó durmiendo. Y la barca con la cual viajaba se mecía entre las olas dejándose llevar por el viento.
Cuando despertó estaba en una orilla llena de algas y cubierta de cáscaras y almejas.
—¿Dónde debo estar?
Sin saberlo, se sentó en la arena y miró el mar.
—Hola, niño, ¿vives por aquí?
—Ssss… sí.
—¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?
—No es eso, es que me he asustado.
—Lo siento.
—No tiene importancia.
—Hace un tiempo que estoy buscando un chico como tú, fuerte, para que trabaje en mi fábrica.
—¿De qué es su fábrica, señor?
—De redes. Te pagaría bien y tendrías algo que hacer.
—¿Cuánto me daría usted a la semana—Depende de la jornada y también de tu trabajo.
—¡Acepto!
—Buen muchacho.
—Pero, ¿dónde dormiré?
—En tu casa.
—Es que mis padres viven lejos de donde se encuentra su fábrica y no puedo ir y venir cada día…
—Bueno, pues puedes dormir y comer en mi casa y te lo descontaré un poco de tu sueldo.
—¡De acuerdo!
Y desde aquel día, Daniel trabajó, comió y durmió en la fábrica y la casa del señor Pablo.
Todos los días era lo mismo: se levantaba a las siete de la mañana para estar en la fábrica a las ocho en punto; durante toda la mañana trabajaba barriendo las salas de la fábrica; a mediodía iba a casa del señor Pablo donde una sirvienta le tenía la comida preparada; y por la tarde, de nuevo a la fábrica donde ayudaba a enrejar los hilos de las redes y poner los corchos para su flote.
Cierto día, al llegar a casa de su amo…
—Buenas noches, Daniel.
—Hola, ¿quién eres tú?
—Soy Ana, la hija del jefe de la fábrica en que trabajas.
—No te había visto nunca.
—Es que he estado dos años en Nueva York, en casa de una tía. Fui para terminar mis estudios.
—Nueva York debe caer muy lejos de aquí, ¿no?
—Sí, tanto que parece que nunca has de llegar.
Para Daniel aquello era una nueva experiencia, encontrarse con una chica más o menos de su edad a quien no había visto nunca.
—¿Por qué me miras así?
—No, por nada, es que…
—Anda, no seas tan tímido, que parece que nunca hayas visto a una chica de tu edad. Y tú, con lo atractivo que eres, no podrás negar lo que te acabo de decir.
—Pues, aunque te parezca mentira, con mis quince años, nunca he visto a una chica.
—¡Oh, no me hagas reír! ¿Sabes que eres muy divertido y muy chistoso? Mira que decir que nunca has visto a una chica…
—¡No te burles de mí, ya estoy harto! –y salió corriendo de la sala para dirigirse a su habitación. Se echó en su cama y agarró fuertemente la almohada—. ¡No quiero vivir más, no quiero! –y tomó un cuchillo de abrir cartas y se lo llevó al corazón.
Cuando se lo iba a clavar, Ana irrumpió en la habitación.
—¡No, Daniel, no lo hagas!
—¡Vete, no te quiero ver más!
—Daniel, por favor, perdóname…
Daniel soltó el cuchillo y lo lanzó a los pies de Ana. Ésta se acercó atemorizada y se sentó a su lado. —No te disculpes más y vete.
—No me iré si antes no me prometes que no intentarás más lo que ibas a hacer.
—Sí, prometido…
—Muchas gracias, Daniel.
—Pero que conste que no lo hago por ti.
Ana salió de la habitación pensando en la última frase: ”no lo hago por ti”. Esa frase la sobrecogía. Ana conocía la triste historia de Daniel. Sabía que no había sido prudente con lo que había dicho momentos antes.
Daniel no sabía que se encontraba en Lorenzo; pueblo donde su padre había asistido una y otra vez. Y Ana no se atrevía a decir nada sobre la identidad de Daniel a quien conocía desde pequeño por labios de Cristóbal. Tenía miedo de herirle otra vez, no quería hacerle daño.
A la mañana siguiente, Daniel bajó al comedor a la hora de cada día.
—¡Buenos días, Ana!
—Buenos días, Daniel. Siento lo de anoche.
—He dicho que no quiero disculpas.
—Hoy no tienes que ir a trabajar.
—¿Por qué?
—Es tu cumpleaños y tienes que celebrar los dieciséis sin ir a trabajar.
—¿Y tú cómo sabes que es mi cumpleaños?
—Verás, cuando naciste, como en tu familia tenéis cargos muy destacados en San Juan, la noticia corrió por todos sitios.
—Eso quiere decir que tú eres mayor que yo.
—No, cuando tú naciste, yo estaba todavía en el seno de mi madre. Me enteré en una de esas historias que se suelen contar.
—Vaya, todo el mundo me conoce.
—Sí, Daniel. No te importaría venir conmigo unos momentos, ¿no?
—Por supuesto que no.
Ana se llevó a Daniel al jardín y ambos se sentaron en un pequeño banco.
—Quiero hablarte muy en serio.
—Te escucho.
—Hace tres años que vives con nosotros. En esos tres años, me he ido dando cuenta de lo que siento por ti.
—¿Qué es lo que sientes por mí?
—Lo que yo siento por ti es lo que toda mujer siente por un hombre cuando le quiere.
—¿Qué tratas de decirme con eso?
—Escucha, Daniel, lo que te ruego ante todo es que me escuches y no cierres tus oídos y tus ojos ante la verdad. ¿Te acuerdas de Andrés?
—Sí, aquel pobre hombre que me recogió un día.
—Bueno, tú me has dicho antes que te conocían en todas partes. Sé que no concuerda mucho pero, si a ti te conocen en todas partes y te conocen como un niño, hijo del jefe de un puerto, ¿por qué no quieres tú conocer a tu padre, a ese hombre que ha sufrido tanto y sigue sufriendo por ti?
—¿Por qué me has preguntado antes si me acordaba de Andrés?
—Tu padre y yo enviamos a ese hombre para que viviera contigo unos cuantos años y a ver si, con la historia de que tenía un hijo que, al igual que tú, no quería reconocerle a él como padre, se te emblandecía el corazón y te dabas cuenta de lo que estabas haciendo.
—¿Tratas tú de convencerme ahora de que el señor Cristóbal es mi padre?
—Sí, Daniel. Y te juro por el amor que siento por ti, que es cierto.
Aquella frase había hecho pensar a Daniel. “El amor que siento por ti”.
—¿Has querido decir con eso que me quieres?
—Sí, te quiero.
Daniel cogió a Ana y la estrechó entre sus brazos. Al cabo de un rato, derramó sus lágrimas sobre la cabeza de Ana.
—¡Soy un idiota! Tanto tiempo para ver que Cristóbal era mi padre, tanto tiempo…
—No porque yo haya dicho que te quiero tienes que cambiar tu impresión y hacerte creer, aunque no quieras, que Cristóbal es tu padre.
—No, en eso te equivocas. Me acuerdo del día en que fui a recibir a mi padre al puerto. Él no me reconoció quizás por eso creí que esa persona no era nada para mí.
—Me alegra que seas comprensivo.
—Tengo que ir rápidamente a mi casa y ver a mi padre, ¡a mi padre!
Daniel repitió una y otra vez la palabra “padre”. Todo lo que había reprochado a su padre, todas las veces que le había negado, todo cuanto había hecho; de todo se iba arrepintiendo.
Mientras corría hacia el puerto, Ana sonreía de pie en el portal de su casa.

CAPÍTULO 4

La travesía hasta San Juan fue larga, casi infinita debido a las ansias de la llegada. Ana acompañaba a Daniel y ambos iban abrazados en la barca.
—Escucha, Daniel, yo te he dicho todo, todo lo que sentía por ti; pero tú no me has confesado tus sentimientos.
—Ana, tú me has hecho ver la verdad, tú me has abierto los ojos, ¡te quiero!
Las barcas que se cruzaban con ellos parecían navegar más angelicalmente, como si se dieran cuenta de la felicidad que vivía en ese momento la joven pareja. Al llegar a San Juan, Daniel ya no se mostraba tan ansioso.
—Anda, Daniel, no te avergüences ahora, no te acobardes; sé valiente.
Andando, camino de su casa, Daniel se encontró con Dora.
—¡Oh, Daniel, hijo mío, qué grande te has hecho y qué guapo!
—Hola, Dora, qué alegría…
—Veo que todavía te acuerdas de mí.
—Pues claro, cómo me iba a olvidar de mi segunda madre.
—Ve a tu casa, tus padres se alegrarán mucho de verte.
—¡Sí, ahora mismo iba! –y corriendo, se acercaba cada vez más a su casa.
—Ana, hazme un favor, entra tú primera.
—Está bien.
Daniel se armó de valor y llamó a la puerta. El sudor corría por su frente. Tenía miedo de enfrentarse con su padre. ¿Y si era él ahora el que no quería reconocerle como hijo? ¿Qué haría entonces? ¿Suplicar? ¿Huir? ¿Quedarse en su casa? Se abrió la puerta. Daniel sudaba de nervios.
—¿Vive aquí el señor Cristóbal?
—Siento no poder ayudarte pero el señor Cristóbal hace tres años que me vendió esta casa y marchó, no sé dónde. Creo que me dijo que se iba a vivir con su mujer, lejos de aquí. Recuerdo que habló de una montaña.
—Muchas gracias.
Daniel se apartó de la puerta y se dirigió hacia Ana quien esperaba triste.
—Lo siento Daniel, yo no sabía nada de esto.
—No te preocupes, los encontraremos.
Sin decir nada más, tomó a Ana por el brazo y se la llevó calle arriba para dirigirse al monte que frecuentaba su padre cuando no tenía trabajo. Anduvieron mucho rato. El camino se les hacía infinito. Y cada vez, los nervios de Daniel estaban más a flor de piel. Cada vez el paso era más ligero; cada vez, la mirada más airada; cada vez, el puño más tenso. Al llegar a la cima, la noche había caído. El bosque había recibido su manto negro y húmedo.
—¿Por qué esa maldita mujer no me dijo que mis padres ya no vivían allí?
—Tranquilízate, Daniel, a lo mejor esa mujer no se ha acordado de anunciártelo, no es culpa suya.
—¿Y tú, tú tampoco sabías que mis padres no vivían allí? ¿No hablabas con ellos por todos los planes que tramabais con Andrés?
—¡Cállate, yo no sabía nada!
—Lo siento, Ana, estoy muy nervioso y no sé lo que digo.
Ana no dijo nada pero se abrazó a Daniel y lo llevó a una casa, la única que había.
—Esta vez –dijo Ana—, entraré yo primera. No quiero que tus padres te vean tan nervioso.
Daniel asintió con la cabeza y aguardó a que Ana fuera hasta la puerta. Llamó con mano segura y, con gran sorpresa de los dos, Elisa salió al umbral.
—¡Ana, hija! Pasa…
—Buenas noches, siento molestarles a estas horas…
Ana miró a Daniel que aguardaba de pie en un sitio donde no le pudieran ver, y entró. Cristóbal, ya viejo, dormitaba en un sofá y, al notar la presencia de Ana, se levantó y corrió a ella.
—Hola, Ana, ¿traes noticias de mi hijo?
—Sí.
—Habla.
—Daniel está ahí fuera y…
—¿Cómo, mi hijo ahí fuera?
—Sí, pero, aguarde un momento. Daniel está muy arrepentido de lo que ha hecho y viene a pedir perdón por todo lo que ha cometido.
—¡Oh, santo cielo! –gritó Elisa.
—Así que ruego –continuó Ana— que le atiendan y no le reprochen nada. Está muy cansado y muy nervioso, nerviosísimo.
Cristóbal y Elisa se quedaron de pie delante de la mesa y Ana fue a buscar a Daniel. Éste estaba todavía de pie en el mismo sitio, con las manos sobrepuestas y mirando las estrellas.
—Daniel, ya puedes venir, tus padres te esperan.
Daniel pidió a Ana que no lo acompañara. Cuando estuvo en el umbral, miró a sus padres. Elisa no cabía en sí de alegría y desconcierto. Lo mismo le ocurría a Cristóbal que miraba a su hijo fijamente. Ninguno de los tres hacía ningún movimiento. Ninguno abría la boca. Todos esperaban a que alguien hablara o se moviera. Pero nadie lo hizo. Daniel, harto del silencio, que le ponía más nervioso todavía, dijo:
—¿Es que ahora sois vosotros los que no me conocéis?
Entonces fue cuando la madre se lanzó a sus brazos.
—¡Daniel, hijo mío, qué grande y qué guapo te has hecho!
Pero Daniel no hacía caso de las palabras de su madre. Él miraba fijamente a aquel hombre que hasta hacía poco era para él el señor Cristóbal. Soltándose como pudo de los brazos de su madre, anduvo lentamente hasta su padre.
—Hola, padre… Sé y reconozco el daño que te he hecho, pero…
A Cristóbal no le valían explicaciones. Le bastaba con haber oído de boca de su hijo la palabra “padre”.
—¡Daniel, hijo mío!
Y ambos se abrazaron y lloraron mientras que Ana, en el umbral de la puerta, sonreía dulcemente al ver la felicidad no conocida por Cristóbal desde hacía tantos años, tantos años.