Y ahora voy a hacerte un regalo (inconclusa)

aquí doy un gran salto, hasta 2013. Tras la publicación de mi primera novela, pensé en escribir, no una segunda parte, sino una historia paralela al desenlace. Lo pensé durante un tiempo. Me puse a ello, pero desistí. No sé si es porque no me veo escribiendo secuelas de mis libros o porque no cuajó la idea. Sea como sea, para los que gustaron de Un refugio para Clara, aquí os dejo el inicio de ese intento.

Inicio de la obra

Prólogo
Se hizo el silencio después del primer sorbo de café. No había ningún tipo de expresión que pudiera ser reveladora en su rostro cuando Carlos pronunció con solemnidad:
—Y ahora voy a hacerte un regalo.
El ambiente en el restaurante era suave y de una elegancia artificiosa, justo el tipo de escenario que Alicia detestaba. Había tenido que acostumbrarse a lugares como el Idyllic durante aquellos casi dos años de matrimonio. A Carlos le entusiasmaba el refinamiento de las decoraciones minimalistas que a ella le parecían tan frías y carentes de personalidad. Según el criterio de su marido, no había mejor modo de medir el buen hacer y el saber estar de quienes asistían a las cenas invitados por su selectiva y proverbial generosidad. Lo de selectiva y proverbial lo pensaba ella, por supuesto. Él defendía que, en un par de horas entre exquisiteces, a la indirecta luz de los apliques y con el constante desvelo de los camareros, podía descifrar sin ningún género de dudas de qué pie cojeaba un amigo, un rival o un familiar. Si era o no de fiar; si resultaba digno de conservar su amistad o si por el contrario, lo más conveniente era desecharlo. Para ella toda aquella teoría formaba parte de la peculiar doctrina de Carlos. Una doctrina con cuyos principios cada vez comulgaba menos, pero con los que tenía que convivir a diario.
Alicia jamás se habría atrevido a juzgar a nadie valiéndose del análisis de un comportamiento circunstancial. Pero Carlos era así. Quienes apenas le conocían le consideraban tremendamente carismático, un dechado de virtudes. Un hombre con una indiscutible seguridad en sí mismo. Gracias a estas supuestas capacidades cosechaba toda suerte de simpatías. Atento, generoso, cercano cuando convenía y educadamente distante cuando no. Siempre encontraba el punto exacto donde situarse para resultar convincente, ni demasiado accesible, ni demasiado inalcanzable.
El municipio del cual era alcalde le profesaba un respeto rayano en la reverencia, pero bien cierto era también que la inquina de sus enemigos políticos adquiría proporciones nada desdeñables. Carlos dominaba a la perfección el arte de equilibrarse en la inestable balanza de los afectos públicos, y se movía con innegable confianza en la marea de los que provocaba entre las personas más allegadas en su entorno privado. Sabía cómo meterse a la gente en el bolsillo. Él lo definía con estas palabras, mientras que ella, en su fuero interno, lo denominaba manipulación. A Alicia no siempre le parecían admisibles sus métodos, aunque por lo general acababa aceptándolos después de comprobar los resultados y, en honor a la verdad, hasta hacía relativamente poco, nunca se había detenido demasiado a reflexionar sobre ello. Sin embargo, los meses anteriores habían sido complicados y las últimas semanas, un suplicio de convivencia. Como consecuencia, todos sus esquemas y su sistema de convicciones se habían tambaleado. Y la sensación era muy inquietante, algo equiparable a estar de pie ante un precipicio sin tener mucha idea del punto exacto donde se inicia la caída.
Alicia se dejó arrastrar finalmente por la mirada de su marido. Estaba conmovida, casi conmocionada por todo lo que él le había contado mientras degustaban más que comían. La exposición de horrores sobre la situación de su hija Belén había sido detallada. Un listado de argumentaciones enumeradas en un tono profesional que a ella le había sonado a intento fallido por ocultar sus verdaderas emociones. Apenas podía creer todo aquello, pero la preocupación que Carlos parecía esforzarse en enmascarar había disipado sus dudas. Nunca lo había visto tan afligido. Miró las manos bien cuidadas de él sobre la mesa. Echó una fugaz ojeada a la americana que no se había quitado, preguntándose con solo una pizca de curiosidad dónde podría estar ocultando el mencionado regalo. En realidad, le molestaba que estuviese pensando en agasajarla después de cuanto le había desvelado. Aunque nunca lo admitiría en voz alta. La había dejado sumida en un estado de perplejidad del que no se había recuperado. De lo que menos ganas tenía en esos momentos era de recibir un obsequio que, atendiendo a las circunstancias, solo podía tratarse de otra joya o de algún pasaje de avión.
Faltaban pocos días para Navidad. Quizás lo único que Carlos pretendía era rebajar la tensión que se había apoderado de ambos una vez conocidos los resultados de las pruebas de fertilidad. Ella era estéril. Nunca podría engendrar un hijo, ni siquiera con la ayuda de la fecundación artificial. El diagnóstico la había deprimido en lo más profundo y había suscitado violentas discusiones entre ellos. Apartó los pensamientos de su mente y trató de mitigar aquel primer impulso de mala disposición.
—Sí, un regalo —repitió él, cogiéndole una mano con una sonrisa enigmática—. No me mires así, no es nada material. Para eso ya habrá ocasión en unos días.
Nada material. La frase quedó flotando entre ambos. Alicia parpadeó confundida y se sintió envuelta en un remolino de ansiosa anticipación. Algo cálido creció en su interior, una esperanza que encendió sus ojos con un brillo anhelante. ¿Era posible que Carlos fuera a retractarse de su férrea negativa a convertirse en padres adoptivos? Si de eso se trataba, ¿por qué le había revelado de aquel modo tan crudo la horrible situación de su hija Belén? Se estremeció al volver a dibujar en su mente el cuadro que Carlos le había pintado acerca de la incapacidad de su exmujer para ocuparse de la niña. A ella siempre le había parecido que Clara era una buena madre. No la conocía personalmente, pero atendía a Belén los miércoles por la tarde hasta el jueves por la mañana, y un fin de semana cada quince días, y jamás habría sospechado que aquella criatura podría estar viviendo un infierno de carencias.
A pesar de su paraplejia, Belén parecía feliz, con las rabietas y caprichos propios de cualquier niña de siete años. Era parlanchina, divertida, inteligente, y Carlos la mimaba con constantes regalos, premios al buen comportamiento, como los calificaba él. A Alicia apenas le permitía opinar o intervenir en las decisiones relativas a su hija. la apartaba con firmeza de todo cuanto no fueran los cuidados físicos. No obstante, ella encontraba resquicios por los que deslizarse para ocupar un pedacito del corazón de la pequeña, y lo había conseguido a fuerza de cariño y proximidad. Una canción compartida a media voz mientras la ayudaba a bañarse, un cuento susurrado antes de dormir si Carlos estaba distraído ante la televisión, un abrazo a oscuras cuando una pesadilla venía a turbar su sueño. Alicia era la aliada silenciosa, la amiga secreta, la defensora entre bambalinas. La madre en segundo plano. Quería a Belén, y pensaba con gratitud que era lo más parecido a un hijo que nunca podría llegar a tener.
Apartó los ojos de su marido, de pronto demasiado emocionada, y buscó serenidad en una rápida observación de cuanto la rodeaba. Las mesas engalanadas, los apliques que esparcían penumbra más que luz. Cuadros con imágenes supuestamente románticas y plantas naturales colocadas a lo largo y ancho del comedor. Los comensales medio ocultos por éstas hablaban en susurros, adecuando sus voces a la música que más que oírse se intuía en los rincones. Los camareros moviéndose con silenciosa sinuosidad. El restaurante no estaba mal, pero ella prefería los ambientes menos suntuosos, aquellos donde no la incomodase la sensación de poder llegar a infringir una regla elemental con solo levantar la voz. Carlos, sin embargo, era adicto a lugares como Idyllic y, aunque hacía mucho tiempo que no habían salido a cenar, sus reuniones de trabajo, los encuentros con clientes y posibles aliados políticos solían desarrollarse en locales parecidos.
Se acordó entonces de su primera cita. Transcurrió allí mismo, y en aquella ocasión sí había quedado deslumbrada. ¿La habría traído aquí influido por el recuerdo de su primera noche juntos? No lo creía. Él no era dado a este tipo de sentimentalismos, más bien los despreciaba, y apenas soportaba a quienes hacían excesiva gala de sus emociones.
Cuando devolvió la atención a su marido, Carlos seguía contemplándola fijamente, con una mirada como de ave, aguda y penetrante, esperando una respuesta. Había adelantado un inminente acontecimiento y ahora aguardaba a que ella diese el siguiente paso. Alicia sabía que sus expectativas en cuanto a las reacciones que exigía de ella eran siempre muy elevadas. Si no las cumplía, si se quedaba corta o si las echaba por tierra, las consecuencias eran imprevisibles. Más de una vez las había sufrido.
Carlos no destacaba precisamente por su paciencia, tampoco era comprensivo ni benevolente si se consideraba afrentado. Por un momento la asaltó un sordo temor que en los últimos tiempos trataba de vencer, sobre todo desde que había presenciado la reacción de su marido a la propuesta de adoptar un hijo. Había vislumbrado una parte de él que no conocía, y no le había gustado en absoluto. Podía justificarlo amparándose en la excusa del altibajo que había causado la noticia de su esterilidad, pero no estaba nada segura de que fuera suficiente motivo para comportarse como lo había hecho. Todavía le dolían sus palabras, aunque las hubiese catapultado al fondo de su mente.
—¿Y bien? –preguntó Carlos, con tono peligrosamente apremiante, retirando la mano que cubría la de ella y taladrándola con aquella mirada que podía pasar de amable a inquisitiva en una fracción de segundo—. ¿No dices nada? ¿No quieres saber de qué se trata?
Alicia esbozó una sonrisa.
—Perdona, Carlos, todavía estoy impactada por lo que me has explicado —admitió mientras luchaba por mostrar la debida impaciencia—. Me está costando asimilarlo, compréndelo. Jamás habría imaginado…
—Por supuesto que lo comprendo —la interrumpió sin miramientos—. Yo he necesitado tiempo para asumir que las cosas estaban así. Me duele reconocer que, por culpa de mi negligencia a la hora de aceptar los hechos, mi hija lo ha pasado mal durante todo este período desde el accidente. No sé si podré perdonármelo, pero lamentándome no consigo nada.
—¿Y qué piensas hacer? —inquirió ella, sorprendida por el explícito reconocimiento de un error.
—Solucionarlo —respondió con aplomo—. Clara ha admitido su incompetencia, su incapacidad para cuidarla. Tiene depresiones y no puede hacerse cargo de María Belén. No me hacen falta más motivaciones para tomar cartas en el asunto. Me he propuesto darle un breve lapso por si necesita reflexionar, pero la he visto muy convencida. Se ve superada por la situación y, mientras tanto, mi hija carga con las consecuencias.
—Vas…, ¿vas a solicitar la revisión de la custodia?
—Mejor que eso. —Levantó los pulgares en un gesto victorioso no exento de petulancia—. He dicho que iba a hacerte un regalo.
Ella lo miró indecisa, sin acabar de comprender adónde quería ir a parar.
—Por una puñetera vez en su vida, Clara se muestra razonable —continuó, disfrutando con la incertidumbre que se reflejaba en los ojos de Alicia. Hizo una pausa prolongada, bebió otro sorbo de café y se irguió más todavía—. Me cede la custodia de María Belén, y no voy a esperar mucho para llevarla a casa. Después de esas incongruentes colonias de invierno de la escuela.
Carlos observó complacido la reacción de su mujer. El respingo que dio en la silla, sus ojos de repente muy abiertos, incrédulos, un leve rubor tiñendo sus mejillas. Sabía que los latidos de su corazón se habrían acelerado y que estaría sintiendo una mezcla de consternación y esperanza. Conocía al dedillo las reacciones de las personas que pecaban de debilidad fuera por el motivo que fuese, y Alicia contaba con su propio talón de Aquiles. Era consciente de que por la mente de su mujer fluían imágenes de la niña colmando el vacío de ese estúpido instinto maternal que tantos problemas y molestias, además de gastos, les había causado. Patética era el único adjetivo que lograba aplicar a la situación en la que les había sumido el deseo frustrado de ser madre y el posterior diagnóstico de esterilidad de Alicia.
Se lo había dado todo: una hermosa casa, la sólida reputación que conllevaba ser su esposa, prestigio, dinero, joyas y viajes. Bien, la ostentación de su desahogada existencia había tenido que adoptar aires más discretos después de erigirse alcalde, y quizás, viendo el cariz que estaba tomando el panorama económico general, debería mostrarse más austero en adelante; pero eso no era óbice para seguir disfrutando de todas las comodidades en la intimidad. Y la muy pusilánime le había jurado y perjurado que preferiría tener un hijo, aunque vivieran de alquiler en el peor barrio de la ciudad.
Todas las mujeres sucumbían tarde o temprano ante el deseo de ser madre o, cuando menos, todas aquellas con las que él había mantenido una relación. Sus dos o tres primeras novias planificaban el momento en que una caterva de chiquillos llenaría su futuro hogar. Clara se había quedado embarazada en el momento más inoportuno de su carrera política, total para ocasionar la ruina de su hija, que jamás sería una mujer normal. Y luego ella, su segunda esposa. Esta mujer en la que él había depositado sus esperanzas, cegado por su serena belleza. Por su nivel cultural, ni muy elevado, para no hacerle sombra, ni demasiado escaso como para avergonzarlo. Dependiente de sus ingresos al carecer de empleo, dulce, abnegada ama de casa y exquisita anfitriona. Y todo se había malogrado por culpa del afán de ser madre. Bueno, tenía un punto de fortaleza y una cierta rebeldía que resultaban irritantes, pero nada que él no pudiera sofocar.
—¿Quieres decir que la niña vivirá con nosotros, que su madre accede a separarse voluntariamente de ella? —Las palabras le salieron atropelladas, casi en un jadeo—. Pero… ¿cómo es…?
—Incluso es muy probable que dentro de algún tiempo renuncie a la patria potestad y entonces… —Calló durante unos segundos, afectando una mueca entre cómplice y dolorida—. Tú podrías convertirte en su madre adoptiva.
Vio cómo el rostro de Alicia pasaba de la incredulidad al estupor para acabar iluminándose con una sonrisa radiante. Se dejó tomar las manos después de asegurarse de que nadie los miraba y aguantó estoicamente los titubeos emocionados y el conato de lágrimas que por fortuna ella supo contener. Estaba deseando abandonar el restaurante y terminar con aquella puesta en escena, necesaria, pero enojosa. No tenía por qué darle explicaciones a Alicia, si bien le convenía abonar su sensiblería para tenerla completa y abnegadamente volcada en su favor. Si creía todo cuanto le había explicado, contaría con su apoyo incondicional, no haría ningún movimiento para contactar con Clara, lo cual traducido a efectos prácticos significaba que no estorbaría ni dificultaría el proceso de quitarle la custodia a su exmujer. Por lo demás, una vez conseguido su objetivo, no habría de qué preocuparse. Alicia cuidaría de María Belén como si la hubiera parido, así de segura tuviera su candidatura al Parlamento.
—Oh, Carlos, no puedo ni llegar a expresar lo que esto supone para mí… pero ¿estás realmente convencido de que es lo mejor para la niña? Yo me moriría de pena si estuviera en el lugar de Clara.
Carlos contuvo un resoplido de fastidio y miró su reloj.
—Ya te he dicho que ella misma lo sugirió. ¿Crees que te mentía cuando me quejaba de lo mal atendida que estaba María Belén y de lo desnaturalizada que me parecía su madre? En cuanto tuvo a mi hija en una silla de ruedas se desmoronó, y su ya de por sí escasa capacidad de educarla y atender sus necesidades desapareció. Punto. No hay más. Hice todo lo que estuvo en mi mano y lo sabes. Le permití mantener el piso, le costeé los gastos de las obras de adaptación, renuncié a ver a mi hija a diario y a poder seguir de cerca su rehabilitación… ¿qué más se le puede exigir a un padre al que han privado de lo más querido y, sobre todo, teniendo en cuenta la enfermedad de la niña?
Alicia pensó durante una milésima de segundo que su marido nunca le había parecido especialmente abatido por estar alejado de la vida cotidiana de Belén. Por no poder verla a diario y permanecer al margen de sus cuidados, de sus problemas infantiles y de sus dificultades académicas. Sintió una rabia sorda y familiar contra él por el empeño que ponía en tildar de enfermedad la discapacidad de la niña. Habían discutido a menudo por aquella disparidad de criterios, y no había conseguido apearlo de su desafortunada concepción. Y lo peor de todo era que trataba a Belén como lo que él creía que era: una enferma. La llevaban los demonios cuando hacía mención de la discapacidad equiparándola con una tara, poco más o menos, sin importarle que Belén estuviera delante. Y cuando usaba su nombre completo, negándose a respetar la preferencia de la pequeña por su forma simple.
La invadió un sentimiento de deslealtad. No estaba siendo demasiado justa. En fin, tal vez ahora todo cambiaría. Si la niña iba a vivir con ellos, su papel de madre debería adquirir dimensiones más concretas. Sería imprescindible implicarse, no como hasta entonces, que había tenido que mantenerse oficialmente al margen. Algo en su interior, como una alarma en la lejanía, pareció querer advertirla de que todo aquello era una locura, pero se negó a prestarle oídos.
Carlos se levantó después de doblar cuidadosamente la servilleta. Estaba harto de aquella pantomima. Cuando el camarero volvió con su tarjeta de crédito, cogió a Alicia de la mano y la arrastró fuera a la noche fría en busca del coche. Y aparentó no darse cuenta de que ni siquiera le había dado la oportunidad de ponerse el abrigo.

1

Alicia recorrió la casa por segunda vez. Echó un vistazo a las habitaciones, los dos baños y el aseo, el cuarto de la plancha, la cocina, el comedor y el salón. Era un chalé adosado de dos plantas con un amplio jardín posterior y una terraza que se asomaba a la avenida. Un hogar acomodado, que no cómodo, cuando menos para ella, para sus sentimientos. Nunca se había sentido parte integrante de aquella casa que ya tenía identidad propia mucho antes de que traspusiese el umbral al casarse. Carlos llevaba unos meses viviendo allí. Se respiraba su esencia en todos los rincones. Ella hizo cuanto estuvo en su mano por imprimir su huella, por lo menos en el dormitorio, en el comedor…, y lo consiguió a duras penas, en pequeños detalles decorativos, conquistando algún que otro cambio insignificante. La casa entera estaba a su cuidado y al de la asistenta, pero no podía tomar decisiones sin consultar con su marido.
Él era dueño y señor de sus dominios y no soportaba injerencias. Arremetía contra la futilidad de los adornos, y sólo toleraba obras de arte para las que siempre tenía la tarjeta de crédito más que lista. Lujo y sobriedad eran su catecismo. A veces incluso daba miedo tocar los muebles, o pisar el suelo pulido y brillante. Ella habría dotado de calidez aquellos espacios tan ostentosos, con un retoque aquí, una modificación allá, con poco habría bastado. Sobre todo, haría tiempo ya que habría emprendido reformas para adaptar la vivienda a las necesidades de Belén. Pero no. Cualquier actuación se hallaba fuera de su alcance.
Entraba en las habitaciones, comprobaba que todo estaba en orden y volvía a salir. Lo hacía mecánicamente, consciente de lo absurdo de aquella inspección. Belén era una niña, no un comandante presto a pasar revista y, por si fuera poco, que ella supiera, tan sólo en una ocasión antes del accidente su marido le había dado permiso para subir a la segunda planta. Recordaba perfectamente el día, cuando Belén vio el jacuzzi del cuarto de baño grande y le suplicó a su padre que la dejase meterse allí, “una vez, papi, sólo una vez”. Además de negarse, Carlos la llevó castigada a su habitación por la insistencia en llamarlo papi, apelativo que detestaba. Alicia cerró los ojos, no quería rememorar esa escena, ni tantas otras y, a pesar de lo inútil que le parecía, se obligó a terminar el recorrido.
Se detuvo ante el despacho de Carlos cuyo acceso le estaba prohibido. Siempre pensó que se trataba de una puerta constantemente cerrada, hasta el día en que descubrió que su marido también echaba la llave. Procuró no tomárselo como algo personal. Carlos era muy celoso de su privacidad, sobre todo en lo que a su trabajo concernía. Pero aquella puerta al final del pasillo de la planta baja, solitaria y prohibida, a menudo se le antojaba ominosa. Como la de Barba Azul, o Barba Roja, había olvidado cuál era el pirata y cuál el señor del castillo del cuento.
Ahora, de pie frente a la puerta, extendió la mano, con un cierto regusto a temor en la garganta. La posó sobre el pomo, apenas un roce, un ademán vanamente furtivo teniendo en cuenta que estaba sola. Sintió un cosquilleo en el estómago, el mismo que la asaltaba cuando de niña planeaba una incursión a la despensa donde su madre guardaba el chocolate. La diferencia, sin embargo, era evidente. Lo de entonces nunca tenía consecuencias, aunque consiguiese encontrar el preciado dulce. Mientras tanteaba el pomo se decía, no sin experimentar ese rechazo íntimo que la embargaba desde hacía un tiempo y que a duras penas sofocaba, que Carlos no la perdonaría si algún día se enteraba de que había siquiera acariciado la idea de profanar su santuario. La pregunta era… ¿por qué? ¿Qué podía albergar aquel lugar que ella no debía ver?
Tenía una ligera idea del aspecto del despacho. Cuántas veces había acompañado a los visitantes de su marido hasta allí. Pero su obligación consistía en llamar a la puerta, anunciar un nombre, entreabrir la hoja y volverse por el pasillo antes de que la visita accediese al interior. Había vislumbrado una ostentosa alfombra de pura lana virgen y el filo de la mesa, tan encerada que parecía un estanque caoba al sol. Cuando le preguntó a su marido quién se ocupaba de mantener el despacho limpio, él se limitó a recordarle que ni ella ni nadie, y mucho menos la asistenta, debía poner los pies allí.
Giró el pomo y la puerta cedió. De inmediato lo soltó como si quemara y contuvo la respiración. No había tenido la intención de penetrar en el despacho, no, no en aquel momento, no en aquellas circunstancias tan especiales. Pero la puerta se había abierto. Llevaba dos años en la casa y jamás había pisado aquel terreno prohibido. Ella no podía tener ningún secreto con su marido, pero estaba claro que éste era libre de ocultarle cuanto le viniera en gana.
Miró el reloj con nerviosismo. Carlos tardaría todavía media hora como mínimo. Allí, plantada en el pasillo ante el despacho abierto, vestida con uno de sus mejores conjuntos para recibir a la niña, Alicia se sintió ridícula. Ella habría preparado una cena temprana con todas las chucherías que hacen las delicias de los críos. Se habría puesto ropa cómoda y habría llenado el comedor de globos, y tal vez algún regalo de bienvenida. En lugar de eso, allí estaba, elegante como si fuera a asistir a una convención, con los pantalones negros de lana de calidad superior y el jersey de cachemira de doscientos euros. Recién peinada en la peluquería, perfumada por Chanel y calzada por Versace. Y pulcramente maquillada. Sólo le faltaba colgarse el Vuitton, pensó con ironía. Por favor, iba a recibir a la hija de Carlos, no al primer ministro…, una niña de la que ya había cuidado en incontables horas a lo largo de dos años. Pero por supuesto, las normas que regían la vida de su marido se imponían en todas las ocasiones, sin excepción, y ella no había tenido agallas para romperlas, ni siquiera para criticarlas.
Volvió la atención a la puerta, que sin ser consciente había ido empujando hasta abrirla del todo. Metió la mano con cautela y encendió la luz.
La alfombra fue lo primero que ocupó su campo visual, tan espléndida, tan impecable, tan virgen, como una metáfora del espacio que no había que mancillar. No le cabía duda de que cualquier persona insegura, cualquier hijo de vecino con complejo de inferioridad, aunque fuese leve, se mostrarían intimidados a la hora de pisar aquel tramo de territorio impoluto. La mosca encaminándose a la telaraña. La primera victoria de Carlos sin haber despegado los labios. Había que dar unos pasos sobre ella antes de llegar a alguna de las dos sillas situadas delante de la mesa. Y durante todo ese trayecto, uno estaría pensando en no ensuciar, miraría de reojo sus zapatos, intentando recordar si tenían barro en las suelas, o peor aún, si había pisado alguna caca de perro ese día.
Alicia pudo imaginar perfectamente a Carlos aguardando impasible al otro lado, con los ojos clavados en el individuo, sus ojos de un verde pálido, escrutadores y fríos, o cálidos y sonrientes, según la naturaleza del visitante. Con cautela, entró en el despacho, bordeó la alfombra y fue observando los diplomas, las fotografías, todas ellas con un Carlos protagonista al lado de personalidades destacadas y otros personajes a los que no podía identificar. Nadie se atrevería a negar que aquello fuera un templo erigido para ensalzar el ego de su marido. Lo malo era que lo erigía él mismo.
En las estanterías al lado del ventanal que daba al pasillo lateral de la casa, los libros aparecían escrupulosamente colocados por tamaño y no por materias. Se dio cuenta de ello cuando descubrió el código civil junto al quijote en edición de lujo. No tocó nada. La ausencia de elementos decorativos era total. Libros, archivadores, carpetas. Sólo un reloj digital y un decantador de plata y cristal. Sobre la mesa, el portátil con la tapa entreabierta y suspendido. Lo estudió asomándose por encima del sillón giratorio de piel. Era negro y reflejaba la luz. Parecía una boca amenazadora.
Sin poder resistirse, tal como había hecho ante la puerta, tendió la mano y pulsó una tecla. El monitor cobró vida, y ella la perdió un poco.
La pantalla se llenó de imágenes ordenadas en una cuadrícula que ocupaba todo el ancho. En cada una de ellas se veía el bosquejo de un cartel publicitario electoral. Algunos en color, otros en blanco y negro. La mayoría exhibiendo sólo un eslogan, otros eslogan y fotografía de Carlos. Hasta ahí todo entraba dentro de lo normal. Pero en medio de los bocetos, en un recuadro central de doble tamaño, las letras formaban una frase alrededor de la imagen de su marido y de Belén en silla de ruedas. Alicia leyó en voz alta mientras se sentía desfallecer.
—Porque la vida sigue. Ella lo sabe, tú lo sabes.
La imagen mostraba un tachado en rojo, aunque la foto estaba resaltada, como si el eslogan no fuera del agrado de Carlos, pero sí lo que en ella se veía. Por unos minutos, no supo cuántos, fue incapaz de apartar los ojos de la pantalla. El corazón martilleaba en su pecho y sentía las manos frías y húmedas. ¿Podía ser que aquel hombre, su marido, el padre de Belén, estuviese pensando en utilizar a la chiquilla con fines electoralistas? Movió la cabeza con incredulidad. No, la frase aparecía tachada, o por lo menos daba la impresión de haber sido descartada. Quizás a alguno de sus consejeros se le había ocurrido aquella idea repugnante y Carlos la había rechazado. El resto de lemas no contenía elementos que dieran pista de cuál había sido su acogida, y el tono de todos ellos era esencialmente político. Tenía que ser eso. Pero, entonces, ¿por qué esa diapositiva en concreto ocupaba un lugar destacado en el centro de la presentación? ¿Acaso Carlos barajaba como buena la opción de articular su futura campaña alrededor de la discapacidad de su hija? El pensamiento le provocó un escalofrío.
Oyó un coche y se sobresaltó. Abandonó el despacho apresuradamente y cerró la puerta a sus espaldas. El golpe resonó en la casa silenciosa, y Alicia tuvo una premonición que enturbió la felicidad que debería estar sintiendo. Asomándose a la ventana del comedor, comprobó que el coche no era el de su marido. Permaneció un rato de pie mirando hacia fuera, a la noche prematura de enero.
Las escenas que habían tenido lugar en aquel mismo sitio después de conocer el diagnóstico de su esterilidad irreversible, cuando se le ocurrió proponer una adopción, volvieron a su mente con toda la fuerza de una pesadilla no olvidada. Los gritos, las sospechas, los reproches. Aquel raudal de incomprensión y desprecio por parte de Carlos la habían sumido en la depresión, mientras se preguntaba cuánto de desconocido tenía ese hombre que compartía sus días y habitaba sus noches. No menos descorazonador fue comprender que poco compartían, y que las noches eran de la televisión, o de la radio, o de las cenas con todo el mundo menos con ella. Tuvo que realizar un ímprobo esfuerzo para convencerse de que aquellas reacciones tan desmesuradas estaban provocadas por el dolor de no poder tener un hijo fruto de su unión. Y lo perdonó. Procuró comulgar con su dolor, a pesar de que él no parecía hacer suyo el de ella. Sabía que su marido muy pocas veces exteriorizaba sus emociones.
Cuando lo conoció, en él halló fuerza, carisma, una personalidad envolvente pero no invasiva, un hombre calladamente afligido por un matrimonio infeliz y más tarde destrozado por el accidente que había causado la paraplejia de su hija de cinco años. No obstante, los sentimientos, porque se suponía que debía de haberlos, se escondían tras una máscara de frialdad, bajo una apariencia de control y distancia. Hacía un ejercicio constante de concienciación para no perder de vista que su marido debía de sufrir por no tener la oportunidad de compartir el día a día con la pequeña. A ella nunca le parecía especialmente abatido, pero lo justificaba de mil diversas maneras.
Alicia llegó a imaginar que sólo en sus manos estaba el comprender cómo se sentiría un hombre que en lugar de llorar describía la situación por la que atravesaba; que en vez de dejar aflorar algo a sus ojos o su rostro, explicaba con palabras cuánto sufría o lo mucho que le dolía ver postrada a su hija. Todo sin variar un ápice la expresión de la cara. Más adelante, en otras ocasiones en las que la realidad ponía a prueba la fortaleza de su matrimonio, sobre todo cuando era ella la que intentaba rebelarse ante alguna de las injusticias que se atrevía a exponer, creía que la coraza de su marido se resquebrajaba, como la noche en que le acusó de coartar su libertad. Entonces vio empañarse sus ojos y escuchó disculpas pronunciadas con voz entrecortada. O cuando él le había expuesto la verdadera situación de Belén en el restaurante. En aquel momento creyó de veras que Carlos estaba luchando consigo mismo por no dejar traslucir sus sentimientos. Una chispa volvió a encenderse en su pecho, y recuperó la esperanza en el amor que creía profesarle. Ahora, de nuevo dudaba. Era difícil concebir los mecanismos por los que una persona se comporta de una forma cruel ante una situación, para convertirse después en paradigma de comprensión.
Alicia se apartó de la ventana con una extraña sensación en la boca del estómago. ¿Hasta dónde podía justificar los actos y reacciones de su marido? Ella era una mujer inteligente, formada, con experiencia suficiente para detectar los síntomas de una personalidad dominante y manipuladora. Y, sin embargo, siempre dudaba. Entonces se decía que las confabulaciones urdidas por Carlos se ceñían al terreno profesional. Lo poco que conocía de él en ese ámbito no le gustaba ni lo aprobaba; pero se mantenía al margen, no porque quisiera sino porque le estaba vedado inmiscuirse. ¿Qué la impulsaba a continuar esquivando determinados indicios? ¿Por qué se ocultaba bajo una apariencia de normalidad cuando cada día descubría cómo se iban deshilachando las costuras de lo que ella consideraba un sólido matrimonio?
Callaba y aguantaba. ¿Era eso? Se comportaba como él requería: abnegada esposa, eficaz anfitriona, sonriente compañera en eventos sociales. Cuidaba de su hija cuando la traía a casa y no se entrometía en su educación. Siempre fue una amante entregada, hasta que él dejó de tocarla con deseo y en sus manos sólo encontró la premura por acelerar sus encuentros íntimos. ¿Por qué lo aceptaba, o peor, por qué negaba las evidencias?
Se detuvo ante la puerta del cuarto de Belén sacudida por una súbita revelación. Nunca se había formulado estas reflexiones, no de un modo tan directo. ¿En qué momento se había producido el desgarro? La imagen en el ordenador había disparado de nuevo esa alarma en su cerebro, pero no podía ser el único motivo. Llevaba más de dos años con Carlos. ¿Por qué de repente se sentía como si él la hubiese mantenido encerrada en casa, alejada de todo, dedicada a cumplir con su papel? Basta, basta, se reprendió, no podía hacerse eso a sí misma, no en aquel momento, cuando estaba a punto de cumplirse su mayor anhelo. Procuró sonreír y entró en la habitación de la niña.
Encendió la luz y contempló el dormitorio. Los muebles, poco apropiados para la silla de ruedas que ni siquiera encajaba bien bajo el escritorio. La cama demasiado alta. Una mesilla de noche a la que Belén no podía acceder si no estaba acostada. Las estanterías desprovistas de la familia de peluches que la niña adoraba y que Carlos había hecho desaparecer, sustituyéndolos por libros y juegos didácticos.
Meneó la cabeza. Desde luego no se trataba de un espacio donde Belén pudiera sentirse cómoda y autónoma. Se negó a pensar que, en su malsana costumbre de considerar enferma a su hija, quizás lo que su marido pretendía era impedir que ésta se sintiera capaz de hacer las cosas sin ayuda. El supuesto era demasiado duro. Ahora ella sería su madre en la práctica. Tendría mucho que decir, y estaba convencida de que hallaría fuerza y ánimo para imponerse en lo que a Belén correspondiese. Carlos podría desgañitarse, pero ella se ocuparía de todo lo relacionado con la niña en adelante, tal como hacía él, y debería escucharla y tener en cuenta sus opiniones.
Sí, estaba dispuesta a darlo todo por ella, con o sin la buena voluntad de su marido. A partir de este día, en cuanto Belén entrara por la puerta, se dedicaría a ella en cuerpo y alma, y si para ello era preciso recuperar su individualidad, la recuperaría. Individualidad. La pregunta acerca de por qué de pronto pensaba en su individualidad asomó a su mente y faltó poco para verse devorada por la duda al intentar responderla. Pero oyó el ruido del coche, ahora sí, y corrió al vestíbulo.

2

Abrió la puerta antes de que Carlos llegase a lo alto de la escalera. Durante unos instantes no supo encajar lo que estaba viendo. No obstante, las lámparas iluminaban lo suficiente como para captar aquella imagen inaudita sin dar lugar a una mala interpretación. Tuvo que hacerse a un lado porque su marido irrumpió en el recibidor junto con una ráfaga de aire frío. Ni siquiera la miró.
Llevaba a Belén en brazos, desabrigada y sólo con una zapatilla. La chiquilla estaba muy despeinada y tenía la cara manchada de chorretones de lágrimas. Vestía un chándal y agarraba un peluche por una pata. Lo incongruente de aquella aparición frente a la expectativa de un acontecimiento tan deseado dejó a Alicia muda de estupor.
—Por culpa de esa imbécil he perdido media tarde —vociferó Carlos, añadiendo unos cuantos insultos más entre dientes—. Me cago en todo, en ella, en su puto amante borracho y en el perro.
Alicia necesitó unos instantes antes de ser capaz de reaccionar. Fue tanta su incredulidad que cuando acertó a moverse, Carlos ya había entrado en el comedor y acababa de lanzar a Belén en el sofá, como quien se desprende de un fardo. La pequeña cayó desmadejada sin soltar su peluche, mordiéndose el labio inferior. No profirió ningún lamento, ni una exclamación. Los ojos muy abiertos eran la única expresión de su espanto. Unos ojos verdes cuya mirada perseguiría a Alicia mucho tiempo después. Ésta corrió a su lado, pero Carlos la apartó de un empujón.
—Haz el favor de quitarle ese chándal asqueroso. Ponle el pijama y acuéstala porque no cenará con nosotros. Me ha desobedecido, y eso sí que no lo consiento. Voy a ver el final del partido.
—Por el amor de dios, Carlos, ¿estás loco? ¿Qué significa todo esto? —Se soliviantó mientras luchaba por no amilanarse—. Es muy pronto para acostarla…
—No me repliques, Alicia, no me repliques —dijo, esta vez sin levantar la voz, lo cual era infinitamente peor.
Carlos le lanzó una mirada reprobatoria y desapareció tras la puerta del salón donde estaba el televisor, cerrándola con violencia. La vidriera trepidó como si fuera a hacerse añicos. Un estrépito que cerraba algo más que una puerta. El golpe que sacude unos cimientos a punto de hundirse.
Alicia se pasó la mano por el rostro sin apartar los ojos de la cristalera. Estaba helada de asombro en tanto que la indignación bullía en su interior en un contraste difícil de soportar.
Tenía que ser un sábado dichoso, el día en que Belén iniciaría una vida más digna, en una familia que la amara y cuidase sin que ello representara una carga. No era un hito como para marcarlo en el calendario, por lo menos de su corazón hacia fuera. Ella anhelaba volcar en la hija de su esposo todo cuanto no podría ofrecerle a un hijo propio porque jamás lo tendría. Qué ilusa había sido. Había desestimado todas sus aprensiones. Cegada por su deseo egoísta, había ignorado unos síntomas que de ningún modo podían pasar desapercibidos.
No, no bastaba con pensar que Carlos se había vuelto loco. Había convertido un feliz acontecimiento en una ruina que se desmoronaba irremediablemente. Y lo había hecho con la carencia de escrúpulos que le caracterizaba en otros terrenos. Lo peor de todo aquello era que su marido debía de albergar la certeza de que ella aceptaría la situación y se doblegaría. Una vez más, se dijo. Suspiró para serenarse. No podía ocuparse del comportamiento de aquel hombre en esos momentos. Se sentó junto a Belén y la estrechó contra su cuerpo. La criatura temblaba, tal vez de frío, o tal vez de miedo.
—Oh, preciosa, mi pequeña… No pasa nada. Ya estás en casa. Papá está un poco nervioso, nada más.
Se sintió detestable al intentar justificar lo injustificable. Ninguna excusa valía para defender una actitud a todas luces irracional. Ignoraba qué había sucedido en casa de Clara, pero fuera lo que fuese, su marido no tenía derecho a tratar a su hija como lo había hecho, como si fuera un trapo. Aquello rayaba el maltrato. ¿Y dejarla sin cenar? ¿Qué salvajada era esa?
Belén seguía temblando sin pronunciar palabra. De tanto en tanto echaba una mirada de reojo a la puerta del salón, y había terror en sus ojos. Debía admitirlo, aunque una voz en su interior todavía le susurraba argumentaciones para disculpar a Carlos. Una escena desagradable con su exmujer, una riña con un amante borracho, el dolor de los últimos tiempos, el estrés. No, había llegado la hora de afrontar la verdad, a pesar de lo dolorosa que resultase. Sin red. Era terror en estado puro.
—Vamos a tu cuarto, tesoro —murmuró con dulzura—. Tengo un pijama nuevo que estoy segura de que te encantará.
La cogió en brazos con dificultad. Ella era más bien menuda y Belén con sus siete años pesaba bastante. Ya se preocuparía más tarde de comprobar si Carlos había traído alguna de las sillas de ruedas o también había preferido… olvidarla. Nunca había querido adquirir una para tenerla permanentemente en casa. ¿No era significativo?
Del salón llegaban los gritos de su marido insultando al árbitro. Por más que se lo propusiese, no podía comprender qué importancia tenía un Barcelona—Murcia, sobre todo teniendo en cuenta que sus simpatías estaban con otro equipo. Un partido sin interés ni trascendencia colocado por encima de la atención a su hija. Ni ese ni ningún encuentro.
Entró en la habitación y, con cuidado, dejó a Belén en la cama. Le partió el alma verla tan abatida, como si hubiese perdido una batalla. El terror se había tornado profunda desolación en sus ojos. Una tristeza tan desgarradora que tendría que estar prohibida en la mirada de cualquier niño. Seguía aferrada al lobito de peluche, lo apretaba contra su pecho, quizás como protección, quizás protegiéndolo. El cabello enmarañado le caía por la frente.
Alicia sacó el pijama del armario, pero no se afanó en animarla con el bordado de un gato y la suavidad del terciopelo. El estado de Belén distaba mucho de poder aliviarse con trivialidades, y no iba a cometer ese error.
—Me gusta que hayas traído al lobo —murmuró mientras iba desnudándola con la mayor delicadeza—. Sé que querías mucho a tus peluches. Verás cómo poco a poco conseguimos que vuelvan. Los buscaremos. Tendrás que ayudarme a recordar quiénes eran, ¿te parece? Los libros y los juegos están muy bien, pero te sentirás mejor con tus muñecos.
—Él no quiere. —Hipó Belén, y su vocecilla se quebró en un sollozo.
Alicia luchó por mantener la calma.
—Oh, mi cielo, ahora voy a ser como tu madre. Tú y yo decidiremos juntas lo que es mejor y lo que más nos gusta. Tu padre tiene mucho trabajo y sabe poquitas cosas de niños…
Al oír sus palabras, Belén había alzado la cabeza como impulsada por un resorte. Si hasta ese momento había tristeza en sus ojos, ahora reflejaban de nuevo un miedo sin paliativos.
—No quiero que seas mi madre. —Gimió dando manotazos a Alicia que se ocupaba en ponerle la chaqueta del pijama—. Yo ya tengo una madre, y una casa… ¡Quiero ir a mi casa! No quiero vivir aquí, no quiero un padre…
Los mocos y las lágrimas se mezclaban en su rostro, pero no hacía nada por limpiarse. Todo su empeño se centraba en alejarse de Alicia como si la amenaza proviniese directamente de ella. Se arrastró por la cama hasta enroscarse en el rincón de la pared a la altura de la almohada y allí, con la cara oculta entre los brazos y la chaqueta a medio vestir, continuó llorando. Alicia la miraba llena de confusión y desesperanza. Algo andaba terriblemente mal.
Si tenía una idea preconcebida sobre cómo iban a desarrollarse sus primeras horas juntas, desde luego no se parecía en absoluto a lo que estaban viviendo. Podía imaginar un cierto desconsuelo por parte de Belén, al fin y al cabo, Clara era su madre y el piso de Barcelona su casa. Ella la acompañaría quizás durante toda la noche, ayudándola a asimilar los sentimientos controvertidos que la asaltasen. Disiparía sus temores y dudas con paciencia, sin presionarla. Se tumbaría a su lado, la abrazaría y le haría sentir que con ella estaba segura. Los cambios siempre afectan a los niños, y uno como aquel por fuerza trastornaría a una chiquilla de siete años. ¿Qué había ocurrido para que las cosas se torcieran tanto?
De repente, la imagen en el ordenador de Carlos volvió a su mente con la violencia de una bofetada. Nunca había comprendido muy bien lo de que a alguien se le aflojasen las rodillas ante una impresión, pero ahora sintió que sus piernas flaqueaban, y tuvo que apoyarse en el armario. Un sudor frío le empapó el cuerpo bajo el jersey.
—Quiero ir con Linuc… Linuc… le ha hecho daño y es mi amigo… es malo… Éric… Éric… Él sí es bueno… Quiero ir con Éric y Linuc, y mamá…
La voz entrecortada de Belén la sacó de su aturdimiento y, obligándose a combatir la rigidez de los músculos, fue a sentarse en la cama. Tendió una mano y acarició con ternura la cabeza de la pequeña. Del salón llegó un improperio que provocó que ambas se encogieran.
—¡Hijos de puta! —bramó Carlos.
El llanto de Belén arreció. Se ahogaba con los mocos. La angustia de sus sollozos apenas le permitía respirar. Tosió y se atragantó. Alicia la tomó en sus brazos a pesar de la resistencia, terminó de colocarle la chaqueta y le limpió la cara con la punta de la sábana.
—No quiero vivir aquí… no quiero… ¡Quiero ir con mi madre!
—Mi cielo, tranquilízate, no tengas miedo… —susurró sin ninguna convicción, porque todo su mundo acababa de venirse abajo—. Mañana cuando sea de día podremos hablar de todo esto y estoy segura de que te sentirás mejor.
—¡No, no! –gritó belén—. ¡No quiero mañana, no quiero mejor, no quiero!

3

Fue como si algo absorbiese el oxígeno. Un matiz en el aire, una sombra imprecisa. Alicia se volvió y sus ojos tropezaron con Carlos que estaba de pie bajo el dintel de la puerta, inmóvil, mirándolas. Detrás de él sólo se veía un resplandor proveniente de algún punto del pasillo, y el efecto era inquietante.
—¿Qué significa este jaleo, Alicia? —inquirió en tono glacial—. ¿Qué son estos gritos?
—Carlos, es mejor que nos dejes solas —consiguió responder, tragando a duras penas el nudo que cerraba su garganta—. Belén está un poco trastornada…
Carlos dio un solo paso hacia el interior, aunque a Alicia le pareció que irrumpía en la habitación a viva fuerza. Al darse cuenta de su presencia, Belén abandonó sus brazos y se refugió de nuevo en el rincón. Estaba tan pálida que apenas se distinguía el cuello blanco del pijama.
—¿Qué has estado diciéndole, Alicia? —dijo Carlos mientras se acercaba a ella muy despacio.
—Nada, Carlos, nada. —Se puso en pie temblorosa, interponiéndose entre su marido y la cama—. Carlos, salgamos y hablemos de esto. Creo que estamos cometiendo un error.
—¿Un error? ¿Quién eres tú para juzgar mis decisiones? María Belén es mi hija. Me importa muy poco que se comporte como una malcriada consentida y que tú secundes sus berrinches.
—No comprendo cómo puedes hablar así…
Alicia empujó a Carlos fuera de la habitación. Fue un movimiento reflejo que jamás habría realizado de haberlo pensado conscientemente. Él la agarró de los hombros y apretó tanto que a Alicia se le escapó un gemido.
—Estoy harto de mujeres histéricas que pretenden darme lecciones. No tenéis dos dedos de sentido común. De ti esperaba algo más que de la imbécil de Clara, y eso sí es un error. Un grave error por mi parte. No sólo sois iguales, sino que encima tú te atreves a desobedecerme.
Alicia intentó zafarse de aquellas manos que la ceñían como garras. El miedo la atenazaba y una vez más las palabras se solidificaban en el fondo de su garganta. Entonces vio la luz que había olvidado apagar en el despacho de Carlos, y supo que estaba perdida. Porque él no hablaba sólo de la situación de Belén. No había borrado las huellas de su desacato. Se vio arrastrada por el pasillo hasta el final de éste.
—¿Por qué has entrado en el despacho? —Siseó muy cerca de su cara—. ¿Cuántas veces te advertí que no lo hicieras?
—Carlos… —murmuró—, no saques las cosas de quicio… Estamos hablando de Belén…
—¡Calla! —La arrojó contra la pared y se cernió sobre ella—. No tenías ningún derecho a entrar ahí, ¿me oyes? ¡Ninguno!
Alicia retuvo el aire y se irguió. Luego lo soltó envuelto en sonidos, antes de que las fuerzas pudieran escurrírsele por las grietas de su determinación.
—No me pongas las manos encima, Carlos… Eres un déspota… —Se le escapó un sollozo, pero lo mordió y siguió adelante—. Voy a llevarme a Belén a su casa. Aquí nunca podrá tener un hogar… Por favor, cómo he podido ser tan ingenua, cómo he podido creer que amas a alguien que no seas tú mismo…
—¿Que vas a hacer qué? —La sujetó de nuevo, esta vez de los brazos, y la zarandeó tan fuerte que Alicia temió descoyuntarse—. Tú vas a hacer lo que yo te diga, Alicia.
—¡Me estás haciendo daño!
—Te recuerdo que todo lo que tienes te lo he dado yo, amor, desafiarme no es lo más inteligente que puedes permitirte. Te dije que no te metieras en mis asuntos, y en cuanto dejo una puerta abierta te falta tiempo para chafardear como una cualquiera. Te hago el mejor regalo de tu vida, porque estás seca por dentro, y cuestionas mi decisión. Dime, Alicia, ¿qué has estado hurgando? ¿qué le has dicho a María belén?
Alicia descubrió que el miedo era viscoso y frío, que se deslizaba por su espalda como un reptil. Sintió la boca seca y las piernas flojas, el corazón en las sienes y una opresión en el bajo vientre, como cuando necesitaba ir al baño. Miró a Carlos, aquel rostro que en algún momento le había parecido atractivo, desfigurado ahora por una mueca de rabia. Sus ojos de un verde desvaído chispeaban coléricos. Tuvo la certeza de muchas cosas en ese momento. Supo que Carlos podría herirla de mil maneras diferentes, pero sobre todo con las palabras, aunque estuviera haciéndole un daño físico entonces mismo. Y supo también que no conseguiría huir de su influencia, porque en cierto modo ella había pasado a ser una sombra inexistente, y sentía que sin él nunca recuperaría su entidad. No tendría fuerzas suficientes para enfrentarlo. Pero eso sería después de llevarse a Belén fuera de allí.
—Carlos, suéltame… No he hecho nada, no le he dicho nada a la niña…
—Todo lo que tienes, todo, te lo he dado yo —repitió él, como si no la hubiera oído—. Esta ropa, estos pendientes, tu perfume…
Le había soltado un brazo y, según iba enumerando, acompañaba las palabras con gestos. Tironeó de su jersey, olisqueó su cuello e hizo saltar los broches de los pendientes al tirar de ellos, arrancándole un gemido de dolor.
—¡No le hagas daño! —gritó Belén, y los dos se sobresaltaron.
La pequeña estaba en el suelo, frente a la puerta de su habitación, con la chaqueta del pijama enredada a la altura del pecho y los pies apuntando hacia lados diferentes, como dos pajarillos indefensos. Se habría deslizado desde la cama con peligro de caer y hacerse daño por lo alta que era. Alicia aprovechó la distracción de Carlos para soltarse, correr hacia Belén y cogerla en brazos. Él no la siguió, y eso debería haberla puesto en guardia. Pero estaba demasiado conmocionada y lo único que quería era alejarse de sus manazas y dejar de oír sus acusaciones.
Se metió en el cuarto de la niña, la sentó en la cama y cogió alguna prenda con que abrigarla. Habría dado cualquier cosa por hallar palabras con las que consolarla, ofrecerle un poco de calma y prometerle la seguridad. Pero no fue capaz, la sensación de urgencia y la necesidad de huir se impusieron sobre todo empeño de poner un colchón para que los golpes a Belén no le dolieran. Belén no dijo nada, no abrió más la boca después de la exclamación que quizás había impedido que Carlos la lastimase.
Cuando Alicia se asomó al pasillo, Carlos había desaparecido. Con sigilo, conteniendo la respiración, se dirigió al recibidor, descolgó su abrigo del perchero y se lo puso. Una delincuente en su propia casa.
Volvió a buscar a la niña y con ella en brazos se encaminó de nuevo a la puerta. No habían pasado más de dos o tres minutos, pero la encontró cerrada, y sus llaves no estaban donde las guardaba habitualmente. Haciendo equilibrios rebuscó en el bolso y en los cajones del mueble. En vano. Se sintió atrapada, allí de pie, con Belén laxa en los brazos, un peso como el que la oprimía. Una cárcel, una jaula. Instintivamente tuvo la certeza de que tampoco podrían salir por el acceso al garaje. Ignoraba dónde podía estar su marido, no le oía, pero comprobó que alguna luz se había encendido en el piso de arriba.
Paralizada en medio del recibidor, intentó pensar en una solución. Estaba muy lejos de resignarse a convertirse en un ratón. Lo que ocurriera una vez deshiciera aquel tremendo despropósito, quedaba ahora fuera de sus preocupaciones. Tenía fuerzas suficientes para devolver la sonrisa a aquella chiquilla, restituirla a los brazos de su madre. Luego… no importaba luego.

4

Había un tráfico inusitado en la ciudad. El taxi se detenía una y otra vez y no parecía que fuesen a llegar nunca. Alicia había tardado en conseguir uno, todos los que pasaban por la carretera estaban ocupados. Coger el coche de Carlos, que continuaba frente a la casa y con las llaves puestas, era una opción que descartó incluso antes de considerarla. Mientras esperaba una lucecita verde entre tanto vehículo, el frío y el peso muerto de Belén se convirtieron en una tortura que soportó en silencio. La niña permanecía sumida en un mutismo hermético que ninguna muestra de cariño había logrado penetrar, y se sentía preocupada por ello. Pero no podía detenerse a pensar, de lo contrario, las fuerzas la abandonarían. El agotamiento se abatía sobre ella en oleadas casi dolorosas.
Salir de la casa se había convertido en una odisea. Por momentos habría podido reír, tan absurdo y ridículo le había resultado todo el proceso. Lo único que Carlos había conseguido escondiendo las llaves era que una mujer hecha y derecha se comportara como una adolescente que se va de casa a hurtadillas para acudir a un botellón. Eso sí, con el agravio de llevar consigo a una niña de siete años que no podía moverse ni saltar para facilitar las cosas.
Suspiró sin hacer ruido. Belén a su lado seguía callada, con la mirada perdida. El taxista las había mirado con cierto recelo, pero no había puesto objeciones. Y ahora aparcaba frente al portal. Alicia conocía la dirección, alguna vez había acompañado a su marido a recoger a la niña, aunque nunca había bajado del coche. Volver a cogerla en brazos fue un esfuerzo que terminó de dejarla exhausta, pero no se dio por vencida, y se acercó a la puerta con pasos vacilantes. No sabía qué botón pulsar y respiró aliviada cuando Belén alargó el dedo y presionó el tercero. Tronó una voz fuerte al otro lado:
—¿Quién?
—Soy Alicia… belén viene conmigo, por favor, abre.
No sabía quién podía ser aquel hombre, y tampoco le importaba. Todo fue muy rápido. En lugar de franquearle la entrada, el desconocido colgó el telefonillo, y al poco se oyeron unos pasos precipitados en el interior de la escalera. La puerta se abrió y apareció un hombre que rondaría los cuarenta, despeinado y vestido formalmente, pero con la camisa hecha un arrugón. Sin mediar palabra le arrebató a Belén. Tampoco la niña dijo nada, pero su gesto al acurrucarse en el pecho del hombre bastó para comprender que en aquellos brazos se sentía a salvo. Quizás era el Éric que la chiquilla había mencionado en su llanto.
—No sé a qué coño viene todo esto —soltó abruptamente—. Supongo que eres la mujer de Carlos, y por todos los demonios que no sé a qué estáis jugando.
—Soy Alicia, sí, la mujer de Carlos. Necesitaría hablar con clara… yo…
—Clara no está, joder, ha ido a enfrentarse con Carlos… me cago en todo. Tengo que llamarla antes de que se metan en un lío.
Estaba a punto de cerrar, pero Alicia se lo impidió.
—Por favor, déjame subir… De verdad que necesito hablar con ella. No molestaré mientras llega…
El hombre la miró por unos segundos, fue una mirada intensa que no dejó ni un solo milímetro de su cara indemne. Por fin se hizo a un lado y la dejó entrar. Se metieron juntos en el ascensor en un silencio tenso y receloso que se podía cortar.
—Ale peque, ya estás en casa —dijo él con una ternura que no parecía posible—. Ahora llamo a tu mami y en un pis pas vuelve con Éric y Linuc.
Dejó a Belén con mimo en el sofá. Alicia lo contemplaba desde el recibidor sin atreverse a ir más allá. Permaneció allí, inmóvil e indecisa, pero reconfortada por la calidez del piso, mientras él cogía un móvil y hablaba con Clara.
—¿Quién conduce, Clara? Vale, nada, tranquila, niña. Si no habéis llegado aún, dile que tenéis que dar la vuelta, Belén está en casa. —Escuchó unos instantes, meneando la cabeza a uno y otro lado—. Clara, cálmate, hazme el favor. Explícale a Éric lo que está pasando, seguro que le has hecho salirse de la carretera y el pobre no debe tener ni idea de por qué. Belén está bien, un tanto desorientada y asustada, pero está bien, ¿vale? —Volvió a escuchar—. Carlos no ha venido. No quieras que te lo explique todo por teléfono. No estando tú, Belén me necesita a su lado. Tranquilizaos los dos y volved en cuanto podáis.
Colgó y resopló. Le hizo unas carantoñas a Belén, la cubrió con una mantita y sólo entonces reparó de nuevo en ella.
—Mira, ven a la cocina. Te sientas ahí, te preparo un café y esperas. Yo no tengo intención de hacerte compañía.
Alicia se sorprendió por la acritud de aquel hombre, pero por supuesto no replicó. Le siguió y, después de quitarse el abrigo y colgarlo del respaldo de una silla, se dejó caer en ella. Intentó rechazar el café, no le apetecía en absoluto, pero él se lo sirvió de todos modos.
—Hace frío y estás pálida como una muerta, seguro que te vendrá bien. —Lo depositó en la mesa con un golpe seco. Luego la dejó sola y volvió al comedor.
Desde luego estaba muy disgustado y no hacía nada por disimular. Alicia rodeó la taza con sus manos heladas y se sumergió en la espera. Ahora ya todo daba igual. Se disculparía con Clara y después… volvería a casa, no tenía otra opción. Allí estaba su vida.