Bebés… niños

Prometí dos reflexiones al hilo del tema embarazos e hijos. Ahí va la segunda, que más que una reflexión es una encíclica (por lo de papal, o mamal… o lo larga).

Ay, los bebés, los niños pequeños… Nunca me preocupó en exceso no ser capaz de cuidar de ellos, supongo que algo instintivo en mi interior me tranquilizaba al respecto. Bien cierto es que, como en todo, y como todas y todos, al principio andaba un poco perdida. Sin embargo, no recuerdo que este período se alargase demasiado. Pronto acumulé recursos, trucos y habilidades que me permitieron desempeñarme casi con toda normalidad. Digo casi porque siempre existe esa situación en la que no queda más remedio que buscar la ayuda de un vidente, y no pasa nada.

El tacto es un gran aliado en la comunicación con el bebé, no sólo por el beneficio que supone para él tocarlo, acariciarlo, masajearlo, ponerlo en contacto con la piel, sino porque mientras se hace, se recibe mucha información acerca de su estado. Se sabe si tiene frío, si está demasiado caliente, si el pañal está mojado, si se siente inquieto (cuando mueve mucho manos y cabeza, o aprieta los puñitos). Si le caen mocos, si está contento o tiene miedo (abre mucho brazos y patalea, o se cierra sobre sí mismo en el segundo caso).

El oído es vital a su vez: se percibe si duerme pacíficamente o si se agita. Si está feliz o no, se comprende cada tipo de llanto porque no queda más remedio que interpretarlo. Se capta si se ha atragantado porque deja de respirar. Una se da cuenta de que en lugar de tragar escupe la comida porque deglutir y rechazar el alimento suenan diferente. La alarma se enciende cuando de repente no se le oye y queda claro que ha dejado de gatear o corretear… qué estará haciendo…

Y el olfato. Mmm… no huele igual una caca normal que otra producto de alguna infección intestinal, ah, la escatología del mundo infantil. Se sabe si ha vomitado, si va sucio, si lleva un exceso de ropa (no huele igual un bebé acalorado que otro que se siente confortablemente vestido). Si su ropa está limpia o manchada de leche, o restos de papilla o fruta. No huele igual un bebé sano que un bebé enfermo, afiebrado.

Al mismo tiempo que los sentidos se adaptan para una total comunicación con el bebé (hablo de bebé porque en cuanto éste empieza a ser mayorcito se establecen otros canales en los que él empieza a cobrar protagonismo), se desarrollan todo tipo de artimañas que facilitan el día a día a su cuidado.

Yo sabía la cantidad de leche que había dejado de comer por el peso del biberón (si eran 30 ml, o 50) y no me preguntéis cómo pero lo cierto es que casi nunca me equivocaba.

La medicación tampoco era problema, bastaba con hacer una muesca en el émbolo de las jeringuillas y llenarlas de jarabe hasta la marca que determinase la cantidad necesaria. Otra cosa eran los cuentagotas cuando esta cantidad era muy pequeña, en ese caso sí pedía que me preparasen algunas tomas para poder administrárselas.

Cortar las uñas… un cortaúñas para bebés es fantástico pero si se trata de uñitas muy blandas y con peligro de pellizcar la carne, los dientes son estupendos, y gracias al tacto de los labios no existe riesgo de lastimar los deditos.

Darle de comer con cuchara… Mientras es demasiado pequeño lo más sencillo es sentarlo sobre el regazo, apoyado en el brazo izquierdo (soy diestra) o en el torso. La mano izquierda es el detector de bocas: se abraza suavemente la cabeza del niño y se coloca el índice en la comisura del mismo lado. La mano derecha es la que va a la boca guiada por el tacto de ese índice que marca el camino. Claro, cuando en el justo momento de la arribada a puerto el bebé decide girar la cabeza, zas, la papilla va directa a la oreja. Luego está la operación potito (o cualquier otro alimento que sea demasiado líquido)… veamos, pongámonos el impermeable, las botas de agua, y vistamos al niño con un babero plastificado de pies a cabeza. ¡Ni Dalí pintaba cuadros mejores que la apariencia de un bebé después de esas comidas! Así que un bonito recurso era espesarlas con algo de cereal. Bueno bueno, la práctica al final permitía que pudiera quitarme las botas de agua. Exagero y bromeo, claro está, pero a menudo el lío era tremendo en estas ocasiones. Luego llegó el día en que ya no era yo la que iba a buscar su boca sino el bebé el que adelantaba la cabeza para ir al encuentro de la cuchara o bien cogía mi mano para guiarla. Hasta que al fin comió solo.

Sacar al bebé de paseo… A un bebé muy bebé se le puede llevar en su cochecito. Vivo en un pueblo así que hablo desde la perspectiva de un lugar más o menos tranquilo. Pasear alrededor de la manzana para tomar el sol no revestía mayor problema. El mismo cochecito me hacía de bastón, sólo tenía que estar pendiente del sonido para girar las esquinas o chaflanes. Cuando no era cochecito sino sillita, el mismo niño daba alaridos de alegría si veía que nos íbamos a chocar y me avisaba aunque fuera gorgoteando, o ponía los pies en la pared. Se trataba de hacer del paseo un juego que él comprendiera sin asustarse. Pero existen otros medios más seguros: la mochila al pecho si el bebé es muy pequeño, o a la espalda cuando ha crecido un poquito. En este último caso yo sabía que, aunque el angelito iba haciéndome la permanente o arrancándome cabellos, participaba del control de la situación y sólo debía prestar atención a sus reacciones más o menos involuntarias para captar determinadas cosas. Y cuando ya caminaba, el niño era muy consciente de que tenía que ir tomado de mi  mano.

Fue necesario entender que para el bebé yo era su madre y su madre era como era, lo supo desde que nació y para él esa madre representaba la normalidad. Con nueve meses uno de mis hijos me cogió el dedo para mostrarme una heridita que tenía en la rodilla. El niño había interiorizado que para enseñarme algo tenía que ponérmelo en la mano o señalarlo con mi propio dedo, como la famosa babosa. No sé otros pero mis hijos nunca han desarrollado la picardía de aprovecharse de mi ceguera salvo en insignificantes momentos carentes de importancia. Fijaos si eran bobalicones que por ejemplo cuando cogían algo que sabían que estaba prohibido, decían: “No estoy tocando el cuchillo, ¿eh?”. Ya con una cierta edad, si los llevaba al parque tenía la seguridad de que no se alejarían demasiado sin volver al poco para que yo supiera que seguían ahí, y si se iban de mi entorno me lo comunicaban.

Por supuesto hay ocasiones en que una situación en concreto se te escapa de las manos. Mi hijo pequeño tenía dos años cuando su padre salió por la puerta del jardín de casa y se la dejó abierta. Reaccioné enseguida, pero para cuando salí precipitadamente del garaje el niño ya estaba en la calle corriendo acera abajo felizmente. Si no hubiese cerrado la cancela detrás de él seguramente le habría alcanzado, pero no fue así. En un momento ya no le oía. No había nadie, ningún vecino. Me resistía a entrar en la casa, pero al final tuve que hacerlo. Llamé a tres personas antes de localizar a alguien que pudiera acercarse a buscar al niño. Y mientras, allí, sin poder hacer nada, mi impotencia era tan grande que los minutos se me hicieron eternos. No se lo deseo a nadie. Después de una eternidad, apareció un señor por el lado contrario de aquel por el que se había ido mi hijo con este de la mano. Lo había encontrado ya junto a la carretera y, reconociéndolo de haberle visto conmigo, me lo trajo a casa. Soy incapaz de explicar el cúmulo de sensaciones, el alivio, la rabia por aquellos minutos, la alegría…

(P.s. 2021: Esta experiencia quedó plasmada en Yo te cuidaré).

 

Otro tema interesante es el de la conexión madre/hijo a través de la mirada a la que tanta importancia se da. Bueno, con mi primer hijo lo pasé mal al principio, me negué a que nadie le diera el biberón porque temía que ese famoso vínculo se estableciera con otra persona que no fuera yo. No sé qué de científico haya en esa aseveración, pero el caso es que mis bebés jamás tuvieron problema para reconocer a su madre y su relación conmigo fue total. Supongo que para suplir la mirada, siempre les hablé muchísimo, les canté y murmuré. Quizá por ello ambos cotorreaban como loros antes del año y han sido niños con una gran capacidad de expresarse, en todo momento superior a la propia para su edad. Otra ventaja que creo que han heredado de mi ceguera es que jamás han tenido miedo de la oscuridad. Nunca encendí luces cuando acudía a su llamada por las noches, se acostumbraron a caminar a oscuras para ir al baño y a buscar a tientas el vaso de agua o el peluche de turno.

 

Al final, la clave radica en confiar en ellos. No podía estar todo el día tocando a ver qué se llevaban entre manos o preguntando qué hacían. Estado de vigilancia, pero no de alerta constante. Había que dejarles bajar las escaleras pese a que fueran trastabillando cuando ya podían hacerlo, aunque temiera que llegaran rodando al final y yo no atinara a rescatarlos antes de la caída. Tenía que decirles que el castillo de troncos, puentes y cuerdas del parque era un poco peligroso y que debían tener cuidado, pero si se metían en él, no coartaba su iniciativa sólo porque no pudiera controlarlos y sujetarlos en el aire si caían. Tocó confiar, tragar y confiar.

2 comentarios en «Bebés… niños»

  1. Es interesante lo que dices al final de la entrada. Eso de confiar… Creo que hace a los niños mas responsables.
    Normalmente los padres tienen la costumbre de estar encima o proteger.

    Creo que aunque es difícil, es algo muy bueno para el niño, aunque a veces para los padres sea duro.

    Responder
  2. Es realmente duro. Confiar no es sencillo, la voz de alerta siempre está ahí para tratar de incitarnos a controlar, porque al fin y al cabo hablamos de control.

    Es importante que el niño sienta que no le amparas bajo un ala protectora. Si en los padres que ven, la confianza es necesaria, en los que no, adquiere rango de imprescindible, porque para vigilar, la mayoría de las veces hay que tocar,preguntar e inmiscuirse, y no hay nada peor que invadir el territorio de libertad de tu hijo, sobre todo cuando por lo general, no está haciendo nada peligroso ni reprensible.

    Responder

¿Qué opinas?