Crónica de un viaje vocacional

Tradicionalmente, solo la docencia, la llamada religiosa y la medicina, quizás con algunas excepciones poco arraigadas en lo profundo del sentir familiar eran profesiones que se relacionaban con la vocación. No me iré demasiado atrás en el tiempo puesto que, en los albores de la caspa de muchas culturas, más que una vocación se trataba de una obligación, sin olvidar lo militar.

 

Es evidente que, hoy en día, cualquier persona aspira a cumplir su vocación, ya sea profesional, artística, deportiva, religiosa y un largo etcétera y, por supuesto, si vocación y sustento económico coinciden, como dirían mis amigos vascos: ni tan mal.

 

 

Después, existe otro tipo de vocación que se extiende allende la satisfacción de dedicarse a lo que sacia los gustos o aficiones más personales, en mi caso, la escritura. Escribir, sin duda alguna, es un placer (siempre que no se sufra el temido síndrome de la hoja en blanco), una potente conexión con lo más íntimo y escondido de nuestra mente creadora y creativa. Con cada nuevo esfuerzo literario me convenzo más de que crear trasciende las fronteras de lo personal, que creamos porque queremos, necesitamos o nos hace falta complementarnos con quienes recibirán el mensaje de la obra terminada, sea la que sea.

 

En este punto es donde comienza la peripecia de los escritores independientes. En algunas ocasiones he hablado  de la fatiga que supone publicar, del desembolso inherente a cualquier tipo de promoción y un abultado etcétera de grandes y pequeños escollos que hay que salvar para llegar a los lectores. Sé que queda feo mencionar todo esto, pero es la realidad.

 

 

Y aquí el ejemplo de uno de esos escollos, pero de los que se salvan con empeño, con una expectante anticipación, con la ilusión de saber que, pese al nerviosismo y ciertas dificultades, lo que aguarda al final merece la pena.

 

 

Hablo de la presentación en Portugalete de Mester de brujería el miércoles pasado.

 

Salí de mi casa a las siete menos diez de la mañana. Cercanías hasta Barcelona Sants, un rato de espera en la oficina de asistencia a personas con movilidad reducida (o lo que es lo mismo PMR) y media hora antes de la de salida, subida en el tren destino Bilbao. En el viaje ocurrió de todo. El vagón no iba muy lleno, a mi lado no se sentó nadie. A veces se agradece, sobre todo si cargas con kilos de sueño (aunque soy incapaz de dormirme en cualquier vehículo) o tienes intención de leer o ver alguna serie, que es lo que fui haciendo durante el trayecto.

 

Hasta Zaragoza, todo bien. Luego, con el cambio de ancho de vía, el viaje se vuelve más lento y traqueteante, esto último un peligro si estás tomando café muy caliente en vasito de papel o si estás en el baño. Ahí tuve que agradecerle a la monitora de pilates las palizas a sentadillas que nos infringe porque a las tres horas y pico de recorrido, mejor no sentarse en la taza, si una aguanta la tensión en esa postura.

 

En Calahorra comenzaron los retrasos. Más de cuarenta minutos detenidos por avería en las redes de señales eléctricas y es que, claro, llovía a cántaros, y lo menos que se le puede pedir a la RENFE es que no manche su reputación.

 

Superado el trance, tuvimos un capítulo en directo de las discrepancias sociales que se generan gracias a la pandemia, el virus, las normativas y demás malas hierbas que crecen por todas partes y en todos los jardines. Os dejo un audio que ilustra la causa del nuevo retraso que, kilómetros más lejos, en Logroño, sumó minutos a la duración del viaje.

 

Conflicto en el coche 8 (voces retocadas por privacidad).

 

Lo del nuevo retraso fue porque al final la policía se subió al tren y, después de intentar razonar con el sujeto en cuestión, lo bajaron del convoy. El Covid19, sea un virus modificado genéticamente, se haya escapado de un laboratorio, de un bicho cualquiera, lo hayan esparcido mediante avionetas de fumigación o haya surgido por generación espontánea, existe y está matando gente. Respeto todas las posturas, pero no comparto la del chico porque pone en riesgo mi salud. Me guste o no que alguien no use mascarilla cuando estamos como estamos y es obligatorio en transportes públicos, el muchacho, pese a su discurso estilo predicador y algo repetitivo y deslavazado por momentos, no se metió con nadie, cosa que sí hizo la señora a la que más se escucha, que terminó insultándolo explícitamente. Así no, señores.

 

En definitiva: ocho horas y cuarto de viaje, apenas sin tiempo para comer. Lluvia, mucha lluvia. Metro, mucho viaje en metro. Montones de tornos. Calles empinadas. Partido del Atletic. Pese a todo, allí estuve y allí estuvieron los lectores, los amigos, gente nueva y gente conocida, con su calidez, su cercanía, su buena vibración y sus ganas de compartir esos momentos tan especiales con Pedro de Andrés, mi coautor de la novela y una servidora. Una cena entre amigos, una noche corta, una mañana con prisas por no llegar tarde al tren de vuelta… y siete horas de Alvia, más el camino de regreso a casa.

 

Ahora os pregunto: ¿Es o no es vocación?

 

Mi respuesta no incluye un simple sí. La respuesta está en lo maravilloso que es, al final del recorrido, encontrarse con gente como la que me recibió en Portugalete. Solo así, el esfuerzo merece la pena. Mil gracias. Eskerrik asko.

 

 

¿Qué opinas?