Uvas, campanas y deseos. 2022 será un buen año

Se asoma a la ventana de la habitación, una mosquitera entre su rostro y el exterior. Hace frío, un frío vivificante que la envuelve. En la mano, el tarro de cristal con doce uvas. Es la primera vez en mucho tiempo que se mantiene despierta y en pie, dispuesta a recibir el año nuevo. Igualmente sola, pero dispuesta.

 

Suenan los cuartos de las campanas de la iglesia. La noche es apacible, no hay viento que se lleve o meza los sonidos, así que se escuchan como si tañeran para ella. Piensa que, seguramente, cuando terminen de tocar las doce, el griterío en alguna calle o en alguna casa la hará sentirse acompañada. Se acuerda un poco tarde de los deseos, alrededor de la cuarta o quinta uva. Comienza a formularlos, pensando que quizás no habrá fruta suficiente para cubrir sus anhelos. Pero sí la habido. En realidad, sus deseos para el año que comienza, para sus seres queridos, para sus proyectos y los de quienes necesitan un aliento de calma y una sonrisa por parte de la vida le han cabido en la boca y en el alma, y con menos uvas.

 

Las doce. No hay griterío, quizás unas voces lejanas. Algún petardo. Bueno, no importa. Le corta el paso a un par de lágrimas. Cierra la ventana y se acuesta.

 

Un mensaje en el móvil. Lo lee: «Te quiero un mundo». Su hijo ausente. Sonríe y se arropa. Será un buen año.

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